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«Un extraño sueño»
Un rico aroma a café recién hecho nos despertó. Para sorpresa de todos, Yerai se había levantado el primero y había preparado el café en aquella cazuela de cobre que, con el fuego de los troncos de olivo le daba un aroma muy especial. Juan lo bautizó con el nombre de CAFÉ OLIVADO.
-Vaya sorpresa que nos has dado, -comento Juan al ver a Yerai ya levantado. Por lo que vemos has dormido muy bien y tu despertar ha sido tranquilo después de la noche que has pasado.
-Sí, -dijo Yerai, me he despertado a las siete. He tenido un extraño sueño durante la noche y como lo recordaba al despertar, mientras se hacía el café lo he escrito en mi libreta para que no se me olvidara nada: todo punto por punto, y la verdad es que es un tanto…
– ¿De qué va el sueño? -dijo Pepe, con cara de intriga.
-Es un sueño muy especial, muy diferente a los que suelo tener, -dijo Yerai, sin quitar el ojo de su libreta, y por ser tan especial, lo he escrito tal y como lo he vivido.
– ¿Lo podemos leer? -dijo Paco, a la vez que intentaba meter sus ojos en la última hoja escrita.
-Mejor será que nos lo lea Yerai, -dijo Pablo. Nadie mejor que él para relatarlo, pues por lo que veo lo ha escrito muy deprisa y su letra es muy…
-Sí, sí, pero primero tomemos ese aromático café que Yerai nos ha preparado, -dijo Anselmo. Tiene un aroma muy peculiar, un aroma a café olivado, como bien ha dicho Juan.
-Presiento que mi sueño os ha picado la curiosidad y el apetito, -comentó Yerai. Tomemos ese café olivado y unas tostadas de pan con aceite y mientras os voy leyendo lo que he escrito sobre mí sueño.
Mientras tomaban el café olivado y las tostadas, Yerai repasaba su escrito. Corregía algunas palabras y daba forma a otras. Se notaba que lo había escrito muy deprisa y era necesario matizar algunas frases para darle mayor sentido.
-Bueno, vamos a comenzar, -dijo Yerai. Seguro que os impactará el relato:
– “Cuando pude quedarme dormido, pasé un buen rato inmerso en un devenir de túneles de diversos colores y tamaños. Mi cuerpo flotaba… Era como si estuviera sentado en una nube que me llevaba de un lado para otro… iba a merced de su antojo”.
– “Desde lo más profundo de un túnel de luz de color verde, escuché una tierna voz de mujer que me llamaba. Quise bajarme de la nube y correr hacia el túnel, pero algo me lo impedía: era como si una extraña fuerza me sujetara y no me dejaba bajar”.
– “…En otro túnel se escuchaba el armonioso canto de unos niños. Sin poder distinguir con claridad qué cantaban, me acerqué sigilosamente sin bajarme de la nube, y a decir verdad, lo que se escuchaba, más que cantos parecían lamentos… llantos, lloros desconsolados…”
-Esto se pone interesante, -dijo Paco.
– ¡Cállate, hombre! –exclamó Iñaki. Deja que siga Yerai con su relato, no le cortes el hilo.
-Como decía, -prosiguió Yerai, esa fuerza que me sujetaba me habló y me dijo:
– “…No me tengas miedo, no te voy a hacer nada malo, no estoy aquí para eso. Nos hemos visto antes… en la casa de los Guzmán. Soy la sombra que viste hace unas noches en la cocina, mi nombre es Verónica y soy un espíritu bueno. Soy la hermana de Margarita, la mujer de Luis Guzmán y la tía de Luis, Margarita, Elena, Evaristo, Monserrat y Lucas, que así se llamaban mis sobrinos.
Te he elegido a ti de entre todos tus amigos, porque he visto que eres diferente a los demás, eres sensible y trasmites confianza.
Necesito que me hagáis un favor muy especial y sé que puedo confiar en vosotros, especialmente en ti. Necesito que busques en el sótano de la casa de mi hermana, en una estantería que te indicaré, mi diario. En él encontraréis respuestas a las preguntas que os hacéis todos.
Está en una de las estanterías que hay detrás de la puerta. Sé de tu buen hacer y escribir. Ese diario será una excelente novela que contar y seguro que ganarás reconocimiento cuando la publiques.
Lo que le pasó a mi hermana, su marido y sus hijos, no debe quedar en el olvido. Debe conocerse para que todo el mundo sepa por qué a la casa de los Guzmán le llaman la casa embrujada… la casa malvada…”
-Ya os podéis hacer una idea de cómo estaba yo, -comentó Yerai, a la vez que tomaba un poco de agua y respiraba profundamente.
-Ahora se entiende esa intranquilidad tuya y esas voces de anoche mientras dormías, -dijo Pepe. Y voy entendiendo lo que debiste pasar en tu sueño.
-Mis… ¿qué?, -exclamó Yerai, con cara de extrañeza.
-Tranquilo, -dijo Juan, luego te lo contamos. Sigue con tu relato que es muy interesante y por lo que deduzco no ha terminado.
-Como decía, -dijo Yerai con voz potente, me dijo el espíritu que su hermana Marga le había escrito una carta en la que decía, entre otras cosas, que no se fiaba de los hermanos Ronlasco Brosceau que había contratado Luis, su marido, para que le ayudaran en las labores del campo. Eran unos hombres de mirada desconfiada, sucia y viciosa. Sus miradas eran maliciosas, especialmente cuando miraban a Margarita, Elena y Monserrat, sus sobrinas. Las miraban con ojos de lujuria y con deseos de poseerlas… como así llegó a suceder.
Verónica, -prosiguió Yerai relatando, cuando pudo venir a ver a su hermana y familia, ya era demasiado tarde. Lo inevitable ya había pasado: se encontró con la dantesca y trágica escena que no imaginaba pudiera haberles sucedido. Toda la familia había sido asesinada: degollados todos sus sobrinos en el sótano por los hermanos Ronlasco Brosceau. Los habían matado a todos y habían abusado sexualmente de todo ellos. A las niñas las habían violado y a los niños los habían sodomizado en presencia de sus Padres sin que éstos pudieran hacer nada.
Marga y Luis, los Padres, amordazados y colgados de los brazos de una soga a una de las vigas del techo del sótano presenciaron la brutal agresión a la que fueron sometidos sus hijos.
Presenciaron cómo los iban desnudando, uno a uno. Violaban a las niñas y a todos los sodomizaban sin contemplación, poco les importaba a esos mal nacidos verlos llorar, y sufrir…
Tuvieron que presenciar semejante salvajada de aquellos inhumanos seres que, borrachos como cubas, se divertían con mis sobrinos.
En un descuido de los agresores, mi hermana pudo soltarse y salir corriendo para pedir ayuda, pero no lo consiguió porque uno de los hermanos le dio alcance y lanzándole un cuchillo por la espalda se lo clavó y cayó muerta en las escaleras.
Ante la presencia de Luis, mi cuñado, estos desalmados mataron a mis sobrinos, uno a uno. Les iban degollando, de menor a mayor. Les cortaban el cuello y los dejaban desangrarse hasta que sus cuerpos convulsionaban por la falta de sangre y morían asfixiados. Los cuerpos los amontonaron como si de animales se trataran.
Desatando a Luis, le obligaron a que hiciera una fosa en el mismo sótano para enterrar él mismo a sus hijos. Tuvo que armarse de valor y resignación y fue colocando a cada uno de sus hijos en la fosa llorando amargamente sin que los hermanos Ronlasco Brosceau tuvieran ninguna consideración. Es más, cada vez que tomaba en sus brazos a uno de sus hijos, los hermanos se mofaban recordando lo que le habían hecho. Eran unos seres desalmados y unos degenerados.
Después de dejar los cuerpos de sus hijos en la fosa, le obligaron a que les echara la tierra encima y asegurarse que estaban bien cubiertos. Estos malnacidos saltaron después sobre la fosa hasta que la tierra quedó bien aplastada.
Cogieron a Luis y lo sacaron del sótano llevándolo al patio donde está el pozo y le obligaron, a punta de escopeta, a cavar una nueva fosa, esta de mayor tamaño, que por lo que imaginó Luis, sería para enterrar a su mujer que había quedado muerta en el rellano de la escalera del sótano, y que pudo ver cuando salió de enterrar a sus hijos: Tenía un cuchillo atravesando su espalda.
Pudo observar cómo habían abusado sexualmente de ella mientras agonizaba. Las ropas las tenía destrozadas y estaba desnuda de cintura para abajo.
En un descuido de los hermanos Ronlasco Brosceau, Luis salió corriendo por el callejón, quiso avisar a alguien de lo que había pasado con su familia, pero cuando estaba llegando al viejo molino de agua, dos tiros de su escopeta le alcanzaron de lleno por la espalda, uno a la altura de la cintura y el otro en la cabeza. Lo mataron de dos tiros sin que nadie pudiera hacer nada.
A Marga y a Luis los enterraron en el patio interior, en la fosa que Luis había cavado, la que está junto al pozo de agua.
– ¡Qué horror!… ¡Qué historia tan espantosa! -exclamó Anselmo.
– Sí, lo es, -dijo Yerai, secándose las lágrimas de sus ojos con un pañuelo.
– Y ¿qué pasó para que Verónica muriera? –preguntó Paco, con cara de intriga.
-Cuando Verónica llegó al pueblo, -dijo Yerai, a los pocos días de recibir la carta, ya todo había sucedido. Todo había terminado. Las fosas estaban tapadas. Los hermanos Ronlasco Brosceau no estaban en la casa. Nadie había escuchado nada y nadie sabía lo que había sucedido.
Verónica preguntó a la gente por su hermana, por su cuñado y sus sobrinos, pero nadie supo darle razón porque no sabían dónde estaban. Unos decían que, si habían marchado a la casa del campo, otros que si a la ciudad porque una de las niñas enfermó… pero nadie pudo decirles con certeza dónde estaban.
Sospechando que algo había podido pasar a su hermana, entró en la casa y pudo ver restos de los charcos de sangre seca que había en las escaleras, en el sótano y en la cocina.
De la escalera que venía del sótano se podía apreciar un reguero de manchas de sangre que bien daba a entender que un cuerpo había sido arrastrado por ella hasta la cocina, y de allí al patio trasero, y que, al llegar a la tierra, se perdía el rastro.
Salió en busca de los hermanos Ronlasco Brosceau para que estos le dieran explicaciones de dónde estaba su hermana, los niños y su cuñado Luis. Marchó a la casa de campo, pero estaba cerrada y no había signos de que hubieran estado por allí recientemente.
Volvió a la casa del pueblo con la intención de averiguar lo que había podido pasar y al ver el piso del sótano removido y algunos restos de manchas de sangre en el suelo intuyó que algo macabro había sucedido en la casa. Quiso abrir el suelo que estaba removido, pero algo le decía que no debía hacerlo. Que lo dejara como estaba. Que era mejor dejarlo así…
Con lágrimas en los ojos Verónica salió de la casa en busca de los Hermanos Ronlasco Brosceau con la esperanza de que los encontraría en la taberna de la posada, pero no estaban por allí.
Para no levantar sospechas entre las gentes del pueblo y valiéndose de que nadie sabía quién era ella, se pasó por la posada y haciendo creer al posadero que era la hermana de estos desaprensivos, éste le dijo que los encontraría en el viejo molino de agua que estaba cerca del riachuelo.
-Y ¿qué paso?, -preguntó Paco con cara de intriga…
-Pues que los encontró donde le dijo el posadero, -comentó Yerai.
– ¿Y?… Sigue: no nos tengas en ascuas… -dijo Juan. ¿Los denunció?
-No, no los pudo denunciar –dijo Yerai. Según el relato de Verónica, en mil novecientos trece no había medios suficientes para denunciarlos sin pruebas. Nada apuntaba a que estos desaprensivos hubieran cometido los asesinatos. Ellos no tenían marcas ni manchas de sangre cuando Verónica los localizó.
-Pero tú dices que Verónica sabía que habían sido ellos los asesinos, -comentó Anselmo.
-Sí, es cierto, -dijo Yerai. Así me lo contó. Pero ella se enteró de la verdad cuando murió.
– ¿Murió?… –preguntaron todos a la vez.
-Sí. Ella murió a consecuencia de un fortuito accidente, -dijo Yerai.
– Pero ¿cómo murió Verónica? ¿Te lo contó? –preguntó Pepe, a la vez que mirando a los demás, estos asentaban con la cabeza a su pregunta.
-Verónica murió al caer por un acantilado, al ser empujada por uno de los dos hermanos antes de que éstos dieran en su último aliento, -dijo Yerai.
-No entiendo… ¿Qué le pasó? –preguntó Iñaki.
-Verónica mató a uno de los hermanos con una barra de hierro mientras este dormía su gran borrachera, -dijo Yerai.
– ¿Barra de hierro?… Como ¿de dónde la sacó? –preguntó Anselmo muy intrigado.
-Según contó Verónica, cuando llegó al viejo molino de agua vio a los dos hermanos cantando y bailando por lo que habían hecho mientras se tomaban unas botellas de Ron.
Tuvo que esperar a que se durmieran para hacer justicia a su hermana, a su cuñado y a sus sobrinos.
Tomó una barra de hierro, y la clavó fuertemente en la cabeza a uno de ellos partiéndole el cráneo. Y al otro, lo golpeó repetidas veces en el estómago, una y otra vez, dejándolo inconsciente… o eso creyó ella, -comentó Yerai, mientras repasaba sus escritos.
– ¿Y qué pasó para que Verónica cayera por el acantilado? –preguntó Iñaki. ¿Resbaló?
-No, no resbaló… Cayó. Porque a quien había golpeado en la barriga y pensaba que había matado, en realidad estaba inconsciente… y en un descuido de Verónica, se levantó y la empujó contra el suelo, la cogió por los pelos y la arrastró hasta el acantilado: la lanzó al vacío y con tan mala fortuna para éste, que Verónica tuvo tiempo de cogerlo por los pantalones y hacer que ambos cayeran a la vez por el precipicio.
CONTINUARÁ
Javier Martí, escritor y colaborador de ONDAGUANCHE