miércoles, 28 febrero, 2024

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«Cualquier parecido con Telde es pura coincidencia»

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En política, cuando el raciocinio se ve superado por acciones encaminadas a encandilar a las masas sin más intención que el golpe de efecto, el riesgo de caer en el populismo es alto. Hablamos de medidas insustanciales que buscan persuadir al populacho (lamentablemente, el segmento social más amplio). De esta manera, en teoría, se desarrollan planteamientos a favor de la gente más humilde con propuestas idílicas.

Los populistas exaltan y movilizan a las masas, su mensaje se llena de fuerza estigmatizando a un rival (político, social o cultural), a batir. La consigna “conmigo o contra mí”, es clave para polarizar a la gente y conseguir su apoyo politizando temas que no eran considerados hasta entonces importantes. Sucumbir al populismo es terriblemente negativo, supone un retroceso democrático de décadas. Un riesgo que amenaza con hacer saltar por los aires los equilibrios políticos y sociales más elementales.

La radicalización del discurso sin consenso se traduce en una sociedad fracturada que obligaría a varias generaciones a pagar las consecuencias de una mala praxis política. Representa el principal desafío que enfrenta la sociedad moderna. La clave está en alertar sobre las causas y causantes que lo originan para reforzar los mecanismos de detección que puedan prevenir su expansión y posterior consolidación. Cuidado con el estilo de retórica política vinculada a la demagogia que propone una redefinición propia de la figura de «el pueblo». 

Este fenómeno político busca delimitar las fronteras de aquellos que son dignos de integrar “el pueblo” que han construido ante un orden social entendido como injusto. Para completar el círculo, es necesaria la exclusión de un enemigo (político, social o cultural), que no es merecedor de pertenecer a ese “pueblo puro y unificado” que han inventado. Por lo tanto, es sólo aquel sector de la sociedad reconocido como “el pueblo legítimo” el que forma la única autoridad política creada para tal menester.

Para los populistas, el objetivo de la política pasa a ser entonces la realización de la voluntad general de quien se haya constituido previamente como “el pueblo”. La exclusión de los que no sean merecedores de tal estatus los deja desprotegidos (simbólicamente hablando). El desafío no consiste en luchar contra el populismo, sino en consolidar las instituciones de la democracia que permiten condicionar su capacidad de acción y estar despiertos. Está todo inventado, lo demás es populismo.

Florentino López Castro, posee estudios de periodismo por la Universidad Internacional Isabel I de Castilla y es director de ONDA GUANCHE

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