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«Era imposible salir de la casa»
A las cinco de la madrugada Iñaki se despertó notando frío y al ver que sólo quedaban brasas en las chimeneas avivó el fuego con varios troncos de olivo y encina y, cómo no, haciendo una de las suyas… Sin que nadie se percatara de sus intenciones, echó un poco de incienso en las brasas que rápidamente llenaron todo el salón de un intenso humo oloroso que nos recordaba a las procesiones de Jueves y Viernes Santo.
– ¡Joder!, -exclamó Pepe, abriendo los ojos y oliendo aquel penetrante incienso que ya cubría buena parte del salón.
– ¡Despertad! Que Iñaki ha vuelto a hacer de las suyas, -dijo Pepe, mientras iba despertando a los demás. Despertad, que como se os meta el humillo del incienso en los pulmones os vais a asfixiar.
Ya todos en pie, abrimos las ventanas para que el denso humo desapareciera, no así el olor que quedó impregnado por todo el salón, por la cocina, e incluso por el piso superior.
Empezaba a amanecer. Los primeros rayos del sol hacían su aparición entre las densas nubes que cubrían el cielo del pueblo.
Fuimos recogiendo todo el salón y preparando un buen café para entrar en calor. Anselmo y Juan se encargaron de abrir la puerta de la casona y las demás ventanas para ver cómo estaba la calle.
Quedaron asombrados al ver que la nevada en la noche había sido muy copiosa. La nieve alcanzaba tal altura que era imposible salir de la casa si no retirábamos la nieve que había en la puerta, que era más de un metro y medio. No estábamos acostumbrados a ver tanta nieve junta.
-Tendremos que hacer algo. La nieve nos ha bloqueado la salida y no disponemos de palas para retirarla, -comentó Paco, mirando el nivel de la nieve que había en la puerta y las estalactitas que se habían formado en el altillo de la puerta y de las ventanas.
-Seguro que Roque viene a rescatarnos, -dijo Pablo. Cuando se percate de lo apurados que estamos, vendrá con sus perros y nos sacará.
– ¿Nos sacará? –dijo Juan, señalando la altura de la nieve y de las estalactitas que colgaban.
-Se me ocurre una idea, -dijo Pepe, mirando los calderos y el fuego.
– ¿Qué idea se te ha ocurrido? –preguntó Paco con cara de intriga.
– ¿Qué es lo que puede derretir la nieve y dejarnos el paso libre? –preguntó Pepe, volviendo a mirar los calderos y el fuego.
-Tú dirás… que eres Químico, -dijo Anselmo, encogiéndose de hombros y con cara de sorpresa.
-Pues de la forma más primitiva que existe, -comentó Pepe. Llenado los calderos de nieve y derritiéndola en el fuego, con lo que conseguimos agua y ésta se sigue calentando al fuego. La dejamos caer por encima de la nieve y conseguimos que se derrita y… ¡ya está!: abrimos un túnel para salir.
-Pues manos a la obra, -dijo Anselmo, a la vez que cogía calderos para llenarlos de nieve.
-Primero vamos a poner sobre el fuego ese caldero que tiene un caño y termina en un grifo, -dijo Pepe. Nos servirá para que, cuando la nieve se convierta en agua caliente, podamos llenar los calderos y no quemarnos.
– ¡Excelente idea! –exclamó Iñaki. Empecemos canto antes, que el frío está entrando y nos vamos a quedar helados.
Sobre un trípode de hierro colocamos el caldero del caño largo y comenzamos a echarle la nieve dentro y avivando el fuego conseguimos que en pocos minutos tuviéramos el caldero caliente y, con el máximo cuidado posible, fuimos vertiendo el agua en los peroles y cazuelas que había en la despensa de la cocina y echándolos desde las ventanas vimos cómo la nieve se derretía convirtiéndose en islotes que fácilmente podríamos mover con las manos.
En cuestión de minutos teníamos un hueco lo suficientemente grande como para poder salir de la casa hasta la calle y tener las ventanas despejadas del hielo acumulado.
Anselmo inmortalizaba aquellas imágenes con su cámara. Era un paisaje nada habitual y seguro que ganaría algún concurso de fotografía con ellas.
Bien abrigados y tomando las precauciones oportunas fuimos en busca de Roque que seguro tendría lo necesario para poder quitar toda la nieve que cubría el techo y la fachada de la casona.
La estampa en la calle era digna de ver: metro y medio de densa nieve cubría todas las calles del pueblo, los tejados con un manto blanco y muchas estalactitas colgaban de los pretiles de las casas que, más que un pueblo abandonado, bien parecía un pueblo típico de los Alpes Suizos.
Al otro lado de la calle se escuchaban los ladridos de “Sultán y Tara” y podíamos ver como la nieve volaba de un lado a otro de la calle: era Roque con la segadora de trigo que la utilizaba para arremeter contra la nieve y abrirse camino. Los más de tres metros de ancho de la trilladora eran suficientes para dejar un gran pasillo en la nieve.
– ¡Qué alegría me da verlos a todos! –exclamó Roque, desde lo alto de la segadora. Es la única forma que tengo para abrir paso entre mi casa y el granero, y coger el alimento que guardo allí las cabras.
– ¡Excelente idea! -exclamó Pablo. No se me hubiera ocurrido a mí. Es genial. Nos unimos para ayudarle, si le parece.
La segadora llevaba un remolque para cargar el grano de millo, sacos de harina, y otros menesteres para avituallar la casa y el corral.
-Es lo mejor que tengo, -comentó Roque. Me ayuda a llevar todo de una vez. Antes utilizaba la carretilla y tardaba horas en hacer lo mismo. Así, ahora, se hace de una sola vez y todo resuelto.
Montó Pablo con Roque en la segadora y llegaron al granero que estaba cerca de la Capilla, a escasos trecientos metros, pero a casi un kilómetro del corral.
Juan, Pepe y Yerai fueron detrás del remolque, jugando con la nieve y haciendo figuras.
Anselmo, como siempre, con su cámara de fotos inmortalizaba todo cuanto veía y le llamaba la atención. El granero era muy grande. Veinte metros de largo por cuatro metros de alto y casi seis de ancho: contaba en su interior con espacios bien dispuestos para almacenar hierbas, sacos de pienso, sacos de harina, de trigo, de millo, de alfalfa y semilleros de todo tipo de hortalizas, así como de árboles frutales. También tenía un pequeño tractor y piezas sueltas para acoplar a la segadora que sólo se utilizaban en épocas de la recolección.
En menos de lo que imaginaba Roque y con nuestra ayuda, el remolque estaba cargado y dispuesto para volver al corral.
Pepe y Yerai iban en el remolque, clasificando los sacos y revolcándose entre la húmeda hierba para las cabras y ovejas que Roque tenía en el corral y también algunos sacos de harina y millo para “La Trini” y los animales de su corral.
Al paso por delante de la misteriosa casa de Los Guzmán pudimos sentir unos golpes que provenían del interior. Eran tan fuertes que nos llamó poderosamente la atención. Roque detuvo la segadora y sin pensarlo dos veces, entramos para ver qué sucedía.
Juan tomó en sus manos un azadón, Pepe una pala y Yerai una de las cadenas del carro.
Entramos con algo de intranquilidad y vimos que los golpes provenían de una de las ventanas de la cocina que estaba abierta y que con los remolinos de aire que entraban por la puerta del patio trasero, hacían que ésta golpeara repetidamente contra sí misma.
-Menudo susto nos hemos llevado, pensé que eran los espíritus de Los Guzmán que estaban golpeando la ventana, -dijo Juan, con una sonrisa forzada.
Yerai, que estaba por salir de la casa, notó la presencia de algo tras de sí, y sin girarse, salió de la casa tan rápido que de un salto se sentó en la húmeda hierba mientras decía… ¡vámonos de aquí!
Al oír lo que decía Yerai, giramos la cabeza para ver lo que había visto y quedamos helados al contemplar como una extraña sombra salía rápidamente de la casa y se dirigía hacia el callejón que había entre la casa de Los Guzmán y un huerto contiguo.
Nadie daba crédito a lo visto. Nadie dijo nada. Pero todos vimos lo que pasó por delante de nosotros y no era un sueño… Era real.
-A plena luz del día, así, sin más… -dijo Paco. ¡Qué fuerte!
Sin pensarlo dos veces, saltamos del remolque y corrimos por el callejón con la intención de ver por dónde había ido “la sombra”, pero nuestros esfuerzos por darle alcance fueron inútiles, había desaparecido ante nuestros ojos, se había esfumado ante nuestras narices.
El callejón no tenía salida y no había puerta alguna por la que hubiera podido salir, sólo un viejo árbol que daba al huerto y éste estaba vallado con alambre de espino y sin paredes donde poder ocultarse.
Anselmo pudo hacer algunas fotos de “la sombra” con su cámara de infrarrojos y curiosamente pudo fotografiar unas marcas en el árbol que bien pudieran ser hechas con unas largas y afiladas uñas.
-Esas marcas del árbol no son de ningún oso, -comentó Roque. Yo las he visto recién hechas y son más profundas y desgarradoras. Esas marcas no sé de qué animal pueden ser… son muy finas.
Examinamos el lugar y vimos unas pisadas en la nieve que, por su forma y tamaño no eran pisadas de ningún oso de los que habitaban en las montañas cercanas al pueblo. Bien pudieran ser de…
Roque nos confirmó que en el pueblo sólo vivían “La Trini” y él, y que esas pisadas eran recientes y no podían ser de ellos.
También nos dijo que esa zona no la frecuentaban por miedo a los espíritus, pues para ellos la leyenda era real: la creían y creían en la existencia de los espíritus de Los Guzmán.
Recuperados de la carrera por alcanzar a “la sombra”, regresamos al remolque y marchamos al corral donde las cabras y ovejas esperaban impacientes su comida.
Descargamos el remolque y ayudamos a Roque a colocar todos los sacos en su lugar, según nos iba indicando. La fresca hierva en un altillo, para que las cabras no la alcanzaran y se la comieran toda de una vez. Los sacos de millo, de harina y de maíz en los estantes, lejos del rebaño.
Llevamos a la casa de “La Trini” dos sacos de harina, uno de millo y otro de maíz, así como dos carretillas de hierba para sus animales.
Al entrar en la casa de “La Trini” nos llamó poderosamente la atención el buen olor de uno de sus guisos que estaba preparando para todos.
Le comentamos lo que nos había sucedido y signándose, rezó ante la imagen de una pequeña Virgen de Lourdes que tenía en un pedestal de piedra junto al hallar.
Salió al huerto y regresó con unas ramitas de romero, tantas como éramos nosotros y pasándolas por su Virgencita de Lourdes, por lo menos tres veces, nos las entregó diciéndonos:
-Este romero llevadlo siempre con vosotros, os protegerá de todo mal, porque así lo quiere la Virgen.
Pepe, que no creía mucho en esas cosas, fue el primero en coger el romero y lo guardó en el bolsillo de su camisa. Los demás hicimos lo propio.
-Es muy raro que a estas horas de la mañana se haya dejado ver “la sombra”, -comentó Roque con cara de asombro a la vez que miraba por la ventana por si la volvía a ver.
-No lo creas, -dijo “La Trini”, mirando por la puerta la calle. Como tú no sueles estar en el pueblo durante el día, no la has visto nunca. Yo sí… La he visto en alguna ocasión… Pasa frente a la casa, se para un momento como si quisiera decir algo y desaparece velozmente y no la vuelvo a ver en días.
Roque salió de la casa y marchó al corral, se había dejado abierta la puerta y tenía que asegurarse que ningún animal se hubiera escapado.
-Y ¿qué forma tiene, si es que la ha podido ver? –preguntó intrigado Anselmo.
-Su silueta es la de una joven mujer, -comentó “La Trini”. En una ocasión, no hace mucho, se paró frente a mí. Yo venía de pasear con los perros y apareció de la nada, se paró frente a mí, a tan solo diez pasos y yo hice lo mismo. No le tengo miedo a nada ni a nadie. Fueron unos intensos instantes, los suficientes para fijarme bien en su silueta que era, como digo, de una joven mujer.
-Y ¿cómo está tan segura de que era una joven mujer? -preguntó Paco con cara de incredulidad.
-Porque era una joven mujer -dijo “La Trini”, con voz enérgica mientras cerraba la puerta de la casa. Las mujeres tenemos un don especial para poder distinguir a un hombre de una mujer con sólo ver su figura, aunque ésta sea un espíritu.
Nadie se atrevió a decir nada. Nos miramos sin saber qué decirle y guardamos silencio. “La Trini” siguió con el guiso y le ayudamos a preparar la mesa, a la espera de que Roque viniera a comer.
Tan concentrados estábamos con lo que nos había relatado “La Trini” que nos olvidamos de que Roque había ido a ver sus animales y, cuando más tranquilos estábamos en la casa, dos suaves golpes en la puerta nos hicieron saltar del susto.
Abrimos la puerta y no había nadie. Yerai se inquietó y se puso muy nervioso. Todos lo mirábamos sin saber qué decirle y, por si acaso, cerramos la puerta esperando ver qué pasaba.
Al momento, dos fuertes golpes sonaron nuevamente en la puerta: “toc – toc… Tal fue el susto que nos llevamos que sin dudarlo abrimos la puerta para ver lo que sucedía.
Era Roque que venía a avisarnos que una de sus ovejas estaba pariendo y necesitaba la ayuda de Pablo porque el animalito venía con dificultad y la oveja estaba sufriendo mucho.
Salió Pablo de la casa tan rápido que parecía llevar un cohete pegado en el culo. Roque, que corría lo que podía, casi no le daba alcance.
Pasados unos minutos, nuestros nombres, a gritos, se escuchaban desde la otra parte de la calle.
-Pepe, Anselmo, Yerai, Juan, Iñaki, Paco, venid corriendo, no os vais a creer lo que acaba de ocurrir, -gritó Pablo, como quien tiene delante de sí al mismísimo diablo.
CONTINUARÁ
Javier Martí, escritor y colaborador de ONDAGUANCHE