ROSANNA ROMERO: «COMPARTO UNA MARAVILLOSA EXPERIENCIA PERSONAL DE TRANSFORMACIÓN»

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Mi camino comenzó con mi propia transformación. A través de experiencias personales, formación y procesos de conciencia, comprendí que el cuerpo guarda historias que necesitan ser escuchadas y liberadas.                                 

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Hoy acompaño procesos de desbloqueo emocional y energético desde una mirada integrativa y consciente.

Trabajo con exploración energética mediante péndulo, armonización y trabajo corporal con imposición de manos, permitiendo que cada sesión se adapte a lo que la persona necesita en ese momento.

Atiendo de forma presencial en Las Palmas de Gran Canaria, con posibilidad de atender en las demás islas, también ofrezco sesiones online sin importar de donde seas.

Mi intención es ofrecer un espacio seguro, profundo y respetuoso donde cada persona pueda reconectar con su energía, comprender sus bloqueos y abrir nuevos caminos en su vida.                   

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La sanación comienza cuando nos atrevemos a mirar aquello que evitábamos ver

Cada sesión puede incluir:

✨ Exploración energética con péndulo Identificación de bloqueos, cargas emocionales o energías densas.

✨ Limpieza y armonización energética Liberación inicial para facilitar claridad y descanso.

✨ Trabajo en camilla con imposición de manos . El cuerpo expresa memorias y emociones que necesitan ser comprendidas y transformadas.

✨ Acompañamiento consciente. Guío el proceso para que la persona pueda ver, sentir y resignificar aquello que estaba bloqueado.

✨ Limpieza y armonización de casas, negocios, mascotas.

✨ Acompaño también procesos de duelo y transición, ofreciendo un espacio de aceptación, comprensión y paz interior.

✨ Mi acompañamiento no sustituye tratamiento médico, o psiquiátrico. 

🍀Muchas personas experimentan después:

Mayor claridad mental

Sensación de descanso profundo

Recuperación de energía

Impulso para iniciar cambios

Comprensión de patrones que las frenaban.

Rosanna ROMERO 

RELATO CORTO (SÉPTIMA PARTE): «NUEVE VIDAS. UN MISTERIO» POR JAVIER MARTÍ

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Lea el anterior capítulo aquí

«Era imposible salir de la casa»

A las cinco de la madrugada Iñaki se despertó notando frío y al ver que sólo quedaban brasas en las chimeneas avivó el fuego con varios troncos de olivo y encina y, cómo no, haciendo una de las suyas… Sin que nadie se percatara de sus intenciones, echó un poco de incienso en las brasas que rápidamente llenaron todo el salón de un intenso humo oloroso que nos recordaba a las procesiones de Jueves y Viernes Santo.

– ¡Joder!, -exclamó Pepe, abriendo los ojos y oliendo aquel penetrante incienso que ya cubría buena parte del salón.

– ¡Despertad! Que Iñaki ha vuelto a hacer de las suyas, -dijo Pepe, mientras iba despertando a los demás. Despertad, que como se os meta el humillo del incienso en los pulmones os vais a asfixiar.

Ya todos en pie, abrimos las ventanas para que el denso humo desapareciera, no así el olor que quedó impregnado por todo el salón, por la cocina, e incluso por el piso superior.

Empezaba a amanecer. Los primeros rayos del sol hacían su aparición entre las densas nubes que cubrían el cielo del pueblo.

Fuimos recogiendo todo el salón y preparando un buen café para entrar en calor. Anselmo y Juan se encargaron de abrir la puerta de la casona y las demás ventanas para ver cómo estaba la calle.

Quedaron asombrados al ver que la nevada en la noche había sido muy copiosa. La nieve alcanzaba tal altura que era imposible salir de la casa si no retirábamos la nieve que había en la puerta, que era más de un metro y medio. No estábamos acostumbrados a ver tanta nieve junta.

-Tendremos que hacer algo. La nieve nos ha bloqueado la salida y no disponemos de palas para retirarla, -comentó Paco, mirando el nivel de la nieve que había en la puerta y las estalactitas que se habían formado en el altillo de la puerta y de las ventanas.

-Seguro que Roque viene a rescatarnos, -dijo Pablo. Cuando se percate de lo apurados que estamos, vendrá con sus perros y nos sacará.

– ¿Nos sacará? –dijo Juan, señalando la altura de la nieve y de las estalactitas que colgaban.

-Se me ocurre una idea, -dijo Pepe, mirando los calderos y el fuego.

– ¿Qué idea se te ha ocurrido? –preguntó Paco con cara de intriga.

– ¿Qué es lo que puede derretir la nieve y dejarnos el paso libre? –preguntó Pepe, volviendo a mirar los calderos y el fuego.

-Tú dirás… que eres Químico, -dijo Anselmo, encogiéndose de hombros y con cara de sorpresa.

-Pues de la forma más primitiva que existe, -comentó Pepe. Llenado los calderos de nieve y derritiéndola en el fuego, con lo que conseguimos agua y ésta se sigue calentando al fuego. La dejamos caer por encima de la nieve y conseguimos que se derrita y… ¡ya está!: abrimos un túnel para salir.

-Pues manos a la obra, -dijo Anselmo, a la vez que cogía calderos para llenarlos de nieve.

-Primero vamos a poner sobre el fuego ese caldero que tiene un caño y termina en un grifo, -dijo Pepe. Nos servirá para que, cuando la nieve se convierta en agua caliente, podamos llenar los calderos y no quemarnos.

– ¡Excelente idea! –exclamó Iñaki. Empecemos canto antes, que el frío está entrando y nos vamos a quedar helados.

Sobre un trípode de hierro colocamos el caldero del caño largo y comenzamos a echarle la nieve dentro y avivando el fuego conseguimos que en pocos minutos tuviéramos el caldero caliente y, con el máximo cuidado posible, fuimos vertiendo el agua en los peroles y cazuelas que había en la despensa de la cocina y echándolos desde las ventanas vimos cómo la nieve se derretía convirtiéndose en islotes que fácilmente podríamos mover con las manos.

En cuestión de minutos teníamos un hueco lo suficientemente grande como para poder salir de la casa hasta la calle y tener las ventanas despejadas del hielo acumulado.

Anselmo inmortalizaba aquellas imágenes con su cámara. Era un paisaje nada habitual y seguro que ganaría algún concurso de fotografía con ellas.

Bien abrigados y tomando las precauciones oportunas fuimos en busca de Roque que seguro tendría lo necesario para poder quitar toda la nieve que cubría el techo y la fachada de la casona.

La estampa en la calle era digna de ver: metro y medio de densa nieve cubría todas las calles del pueblo, los tejados con un manto blanco y muchas estalactitas colgaban de los pretiles de las casas que, más que un pueblo abandonado, bien parecía un pueblo típico de los Alpes Suizos.

Al otro lado de la calle se escuchaban los ladridos de “Sultán y Tara” y podíamos ver como la nieve volaba de un lado a otro de la calle: era Roque con la segadora de trigo que la utilizaba para arremeter contra la nieve y abrirse camino.  Los más de tres metros de ancho de la trilladora eran suficientes para dejar un gran pasillo en la nieve.

– ¡Qué alegría me da verlos a todos! –exclamó Roque, desde lo alto de la segadora. Es la única forma que tengo para abrir paso entre mi casa y el granero, y coger el alimento que guardo allí las cabras.

– ¡Excelente idea! -exclamó Pablo.  No se me hubiera ocurrido a mí. Es genial. Nos unimos para ayudarle, si le parece.

La segadora llevaba un remolque para cargar el grano de millo, sacos de harina, y otros menesteres para avituallar la casa y el corral.

-Es lo mejor que tengo, -comentó Roque. Me ayuda a llevar todo de una vez. Antes utilizaba la carretilla y tardaba horas en hacer lo mismo. Así, ahora, se hace de una sola vez y todo resuelto.

Montó Pablo con Roque en la segadora y llegaron al granero que estaba cerca de la Capilla, a escasos trecientos metros, pero a casi un kilómetro del corral.

Juan, Pepe y Yerai fueron detrás del remolque, jugando con la nieve y haciendo figuras.

Anselmo, como siempre, con su cámara de fotos inmortalizaba todo cuanto veía y le llamaba la atención. El granero era muy grande. Veinte metros de largo por cuatro metros de alto y casi seis de ancho: contaba en su interior con espacios bien dispuestos para almacenar hierbas, sacos de pienso, sacos de harina, de trigo, de millo, de alfalfa y semilleros de todo tipo de hortalizas, así como de árboles frutales. También tenía un pequeño tractor y piezas sueltas para acoplar a la segadora que sólo se utilizaban en épocas de la recolección.

En menos de lo que imaginaba Roque y con nuestra ayuda, el remolque estaba cargado y dispuesto para volver al corral.

Pepe y Yerai iban en el remolque, clasificando los sacos y revolcándose entre la húmeda hierba para las cabras y ovejas que Roque tenía en el corral y también algunos sacos de harina y millo para “La Trini” y los animales de su corral.

Al paso por delante de la misteriosa casa de Los Guzmán pudimos sentir unos golpes que provenían del interior. Eran tan fuertes que nos llamó poderosamente la atención. Roque detuvo la segadora y sin pensarlo dos veces, entramos para ver qué sucedía.

Juan tomó en sus manos un azadón, Pepe una pala y Yerai una de las cadenas del carro.

Entramos con algo de intranquilidad y vimos que los golpes provenían de una de las ventanas de la cocina que estaba abierta y que con los remolinos de aire que entraban por la puerta del patio trasero, hacían que ésta golpeara repetidamente contra sí misma.

-Menudo susto nos hemos llevado, pensé que eran los espíritus de Los Guzmán que estaban golpeando la ventana, -dijo Juan, con una sonrisa forzada.

Yerai, que estaba por salir de la casa, notó la presencia de algo tras de sí, y sin girarse, salió de la casa tan rápido que de un salto se sentó en la húmeda hierba mientras decía… ¡vámonos de aquí!

Al oír lo que decía Yerai, giramos la cabeza para ver lo que había visto y quedamos helados al contemplar como una extraña sombra salía rápidamente de la casa y se dirigía hacia el callejón que había entre la casa de Los Guzmán y un huerto contiguo.

Nadie daba crédito a lo visto. Nadie dijo nada. Pero todos vimos lo que pasó por delante de nosotros y no era un sueño… Era real.

-A plena luz del día, así, sin más… -dijo Paco. ¡Qué fuerte!

Sin pensarlo dos veces, saltamos del remolque y corrimos por el callejón con la intención de ver por dónde había ido “la sombra”, pero nuestros esfuerzos por darle alcance fueron inútiles, había desaparecido ante nuestros ojos, se había esfumado ante nuestras narices.

El callejón no tenía salida y no había puerta alguna por la que hubiera podido salir, sólo un viejo árbol que daba al huerto y éste estaba vallado con alambre de espino y sin paredes donde poder ocultarse.

Anselmo pudo hacer algunas fotos de “la sombra” con su cámara de infrarrojos y curiosamente pudo fotografiar unas marcas en el árbol que bien pudieran ser hechas con unas largas y afiladas uñas.

-Esas marcas del árbol no son de ningún oso, -comentó Roque. Yo las he visto recién hechas y son más profundas y desgarradoras. Esas marcas no sé de qué animal pueden ser… son muy finas.

Examinamos el lugar y vimos unas pisadas en la nieve que, por su forma y tamaño no eran pisadas de ningún oso de los que habitaban en las montañas cercanas al pueblo. Bien pudieran ser de…

Roque nos confirmó que en el pueblo sólo vivían “La Trini” y él, y que esas pisadas eran recientes y no podían ser de ellos.

También nos dijo que esa zona no la frecuentaban por miedo a los espíritus, pues para ellos la leyenda era real: la creían y creían en la existencia de los espíritus de Los Guzmán.

Recuperados de la carrera por alcanzar a “la sombra”, regresamos al remolque y marchamos al corral donde las cabras y ovejas esperaban impacientes su comida.

Descargamos el remolque y ayudamos a Roque a colocar todos los sacos en su lugar, según nos iba indicando. La fresca hierva en un altillo, para que las cabras no la alcanzaran y se la comieran toda de una vez. Los sacos de millo, de harina y de maíz en los estantes, lejos del rebaño.

Llevamos a la casa de “La Trini” dos sacos de harina, uno de millo y otro de maíz, así como dos carretillas de hierba para sus animales.

Al entrar en la casa de “La Trini” nos llamó poderosamente la atención el buen olor de uno de sus guisos que estaba preparando para todos.

Le comentamos lo que nos había sucedido y signándose, rezó ante la imagen de una pequeña Virgen de Lourdes que tenía en un pedestal de piedra junto al hallar.

Salió al huerto y regresó con unas ramitas de romero, tantas como éramos nosotros y pasándolas por su Virgencita de Lourdes, por lo menos tres veces, nos las entregó diciéndonos:

-Este romero llevadlo siempre con vosotros, os protegerá de todo mal, porque así lo quiere la Virgen.

Pepe, que no creía mucho en esas cosas, fue el primero en coger el romero y lo guardó en el bolsillo de su camisa. Los demás hicimos lo propio.

-Es muy raro que a estas horas de la mañana se haya dejado ver “la sombra”, -comentó Roque con cara de asombro a la vez que miraba por la ventana por si la volvía a ver.

-No lo creas, -dijo “La Trini”, mirando por la puerta la calle. Como tú no sueles estar en el pueblo durante el día, no la has visto nunca. Yo sí… La he visto en alguna ocasión… Pasa frente a la casa, se para un momento como si quisiera decir algo y desaparece velozmente y no la vuelvo a ver en días.

Roque salió de la casa y marchó al corral, se había dejado abierta la puerta y tenía que asegurarse que ningún animal se hubiera escapado.

-Y ¿qué forma tiene, si es que la ha podido ver? –preguntó intrigado Anselmo.

-Su silueta es la de una joven mujer, -comentó “La Trini”. En una ocasión, no hace mucho, se paró frente a mí. Yo venía de pasear con los perros y apareció de la nada, se paró frente a mí, a tan solo diez pasos y yo hice lo mismo. No le tengo miedo a nada ni a nadie. Fueron unos intensos instantes, los suficientes para fijarme bien en su silueta que era, como digo, de una joven mujer.

-Y ¿cómo está tan segura de que era una joven mujer? -preguntó Paco con cara de incredulidad.

-Porque era una joven mujer -dijo “La Trini”, con voz enérgica mientras cerraba la puerta de la casa. Las mujeres tenemos un don especial para poder distinguir a un hombre de una mujer con sólo ver su figura, aunque ésta sea un espíritu.

Nadie se atrevió a decir nada. Nos miramos sin saber qué decirle y guardamos silencio. “La Trini” siguió con el guiso y le ayudamos a preparar la mesa, a la espera de que Roque viniera a comer.

Tan concentrados estábamos con lo que nos había relatado “La Trini” que nos olvidamos de que Roque había ido a ver sus animales y, cuando más tranquilos estábamos en la casa, dos suaves golpes en la puerta nos hicieron saltar del susto.

Abrimos la puerta y no había nadie. Yerai se inquietó y se puso muy nervioso. Todos lo mirábamos sin saber qué decirle y, por si acaso, cerramos la puerta esperando ver qué pasaba.

Al momento, dos fuertes golpes sonaron nuevamente en la puerta: “toc – toc… Tal fue el susto que nos llevamos que sin dudarlo abrimos la puerta para ver lo que sucedía.

Era Roque que venía a avisarnos que una de sus ovejas estaba pariendo y necesitaba la ayuda de Pablo porque el animalito venía con dificultad y la oveja estaba sufriendo mucho.

Salió Pablo de la casa tan rápido que parecía llevar un cohete pegado en el culo. Roque, que corría lo que podía, casi no le daba alcance.

Pasados unos minutos, nuestros nombres, a gritos, se escuchaban desde la otra parte de la calle.

-Pepe, Anselmo, Yerai, Juan, Iñaki, Paco, venid corriendo, no os vais a creer lo que acaba de ocurrir, -gritó Pablo, como quien tiene delante de sí al mismísimo diablo.

CONTINUARÁ

Javier Martí, escritor y colaborador de ONDAGUANCHE

JUAN ANTONIO PEÑA, ANTE EL ESPEJO DE SU PROPIA HEMEROTECA EN ‘EL PULSO’ DE ONDAGUANCHE

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El programa de Juan Santana en Onda Guanche reabre el debate sobre la distancia entre el concejal combativo que prometía cambiar Telde y el alcalde que, casi tres años después, sigue sin resolver muchos de los problemas que denunció desde la oposición. Y en medio de esa reflexión, emerge una lectura simbólica: el libro que Juan Antonio Peña debería tener en la mesa de noche.

La entrevista realizada al alcalde de Telde, Juan Antonio Peña, en el programa El Pulso, el jueves de la pasada semana dirigido y presentado por Juan Santana Hernández en la plataforma digital Onda Guanche, ha dejado tras de sí una reflexión política que no ha pasado desapercibida entre vecinos, analistas y compañeros del ámbito periodístico. Más allá de las respuestas del regidor, el programa volvió a poner sobre la mesa una cuestión que cada vez resuena con más fuerza en la calle: qué ha cambiado realmente entre aquel Juan Antonio Peña enérgico, incisivo y muy crítico desde la oposición, y el alcalde que hoy gobierna la ciudad.

Durante el espacio, Juan Santana recordó que la labor del periodismo no consiste en aplaudir relatos oficiales, sino en preguntar y confrontar el discurso político con la realidad que viven los ciudadanos cada día. Y esa fue precisamente la línea que marcó el análisis: una cosa es la versión institucional, otra la propaganda, y otra muy distinta la verdad que encuentran los vecinos cuando salen a la calle, circulan por sus barrios y esperan soluciones que no terminan de llegar.

En ese contexto, la entrevista con el alcalde sirvió para revisar algunas de las grandes cuestiones que durante años formaron parte del argumentario político de Juan Antonio Peña cuando ocupaba la oposición. Problemas como el mercado municipal, el estado del polideportivo Paco Artiles, los aparcamientos de Arnao, San Juan y San Gregorio, el deterioro del asfaltado en numerosos barrios, la situación de Melenara o los conflictos con empresarios de la ciudad fueron algunos de los asuntos que estuvieron presentes en el análisis del programa.

La reflexión central no fue tanto si el alcalde tiene explicación para cada uno de esos temas, sino si después de casi tres años de mandato los ciudadanos pueden apreciar una transformación real en aquellos asuntos que él mismo denunciaba con contundencia cuando no gobernaba. Porque si algo quedó flotando en el ambiente de El Pulso fue la sensación de que, en demasiados casos, los problemas siguen prácticamente donde estaban, mientras el discurso institucional insiste en vender avances que muchos vecinos no terminan de percibir en su vida cotidiana.

El programa también se hizo eco de la lectura que algunos compañeros de profesión han hecho de la entrevista. Entre ellas, la del periodista Antonio Sánchez, quien resumía el fondo del debate con una frase tan sencilla como demoledora: “una cosa es pregonar y otra dar trigo”. Una expresión que en política resume a la perfección la distancia que a veces existe entre la palabra y la gestión, entre el compromiso proclamado y los resultados visibles.

En el análisis emitido por El Pulso, se deslizó además una crítica de fondo al estilo político que parece imponerse en muchas administraciones: el de la comunicación permanente, la imagen, el titular, el vídeo para redes y la construcción del relato, frente a una gestión menos vistosa pero mucho más necesaria. Porque los ciudadanos no viven en los eslóganes ni en la propaganda, sino en calles con baches, en instalaciones pendientes, en proyectos sin terminar y en promesas que se eternizan.

Y fue precisamente en ese punto donde el programa enlazó con una idea tan simbólica como certera. En una jornada radiofónica en la que también se habló del libro de Luis EliCuando me permití ser yo: de la herida a la luz, quedó sobre la mesa una reflexión con evidente carga política: ese puede ser perfectamente el libro que Juan Antonio Peña debería tener en la mesa de noche. No como simple adorno literario, sino como recordatorio de algo esencial en política y en la vida: detenerse, mirar hacia adentro, reconocer lo que falla y recordar quién era uno cuando empezó.

Porque a veces da la impresión de que el poder no solo cambia los despachos, sino también los discursos. Y ahí es donde ese libro adquiere un sentido casi metafórico. Cuando me permití ser yo habla de autenticidad, de heridas, de verdad interior y de la necesidad de dejar atrás personajes para reconciliarse con lo que uno realmente es. Una lectura que, vista la evolución política del alcalde de Telde, no le vendría nada mal tener a mano cada noche antes de dormir.

Pero además, el programa dejó otro aviso político que en Telde no debería pasar desapercibido. La alcaldesa de Mogán, Onalia Bueno, ha impulsado la marca “Bueno para…” con la idea de extender su modelo a otros municipios de Gran Canaria de cara al próximo ciclo electoral, abriendo la puerta a fórmulas como un eventual “Bueno para Telde”

Y ahí aparece una incógnita que empieza a sobrevolar la conversación política local. Si ese proyecto termina aterrizando en Telde, habrá que ver quién le pone cara. En ese tablero, el nombre del exalcalde Paco Valido podría entrar perfectamente en las quinielas: no solo por su conocimiento de la ciudad, sino porque sigue teniendo presencia en el debate público local como exregidor, como portavoz de Tertuliando para la Resistencia en Telde y como voz activa en espacios recientes de análisis político y social. 

De momento, más que una certeza, es una hipótesis política. Pero no una hipótesis menor. Porque cuando un proyecto nuevo busca implantación municipal, suele mirar perfiles con experiencia, implantación y capacidad de agitar el tablero. Y en una ciudad donde el desgaste del actual gobierno empieza a abrir huecos, el nombre de Paco Valido ya no sonaría como una ocurrencia aislada, sino como una posibilidad a seguir de cerca, siempre dentro del terreno de la especulación política y no de la confirmación oficial. La inferencia se apoya en la expansión pública de la marca de Onalia Bueno y en la visibilidad actual de Valido en el debate teldense. 

La gran pregunta, por tanto, no es sólo si Juan Antonio Peña sigue siendo el mismo político que prometía cambiar Telde, sino si el poder ha terminado alejándolo de aquel tono combativo que lo hizo conectar con muchos ciudadanos. El paso del tiempo, lejos de disipar esa duda, parece haberla agrandado. Y cuando el mandato entra ya en su recta final, comienza a imponerse una evaluación inevitable: la del contraste entre las expectativas generadas y los resultados conseguidos.

En ese sentido, El Pulso planteó una idea que resume bien el espíritu del debate: la hemeroteca también gobierna. Y a veces lo hace con más dureza que la oposición. Porque cuando quien hoy dirige una institución fue ayer uno de sus más duros críticos, cada incumplimiento, cada demora y cada contradicción pesan el doble. No sólo por lo que no se ha hecho, sino por todo lo que se prometió hacer con contundencia.

La conclusión del programa no fue una sentencia cerrada, sino una invitación a la reflexión ciudadana. Juan Santana preguntó, el alcalde respondió y ahora son los vecinos quienes deben valorar hasta qué punto la ciudad que pisan se parece a la ciudad que les cuentan. Ahí está la clave de todo. Porque en política, como quedó claro una vez más en Onda Guanchelas palabras pueden sostener un relato durante un tiempo, pero al final son los hechos los que terminan hablando por sí solos.

Y en Telde, a medida que se acerca el final del mandato, la pregunta sigue más viva que nunca: ¿es Juan Antonio Peña el alcalde que prometió ser o se ha quedado en el camino aquel concejal que decía venir a cambiarlo todo? Quizá la respuesta no esté en una rueda de prensa, ni en un vídeo institucional, ni en una campaña de imagen. Quizá empiece, simplemente, por abrir el libro que Juan Antonio Peña debería tener en la mesa de noche y atreverse, de una vez, a mirarse de frente.