-¿Qué ha encontrado fray Jago? -preguntó Adriano…
-Una agenda fechada en mil novecientos noventa y nueve -comentó fray Jago, el secretario personal de fray Filippo, el Procurador de la Orden.
-¿Contiene algo de interés que se pueda saber? -preguntó nuevamente Adriano…
-No veo nada escrito -dijo fray Jago. Pero está muy usada, como si la hubiera utilizado durante muchos años.
-¡Y…! -exclamó Adriano. No me deje en ascuas…
-Pues no veo nada escrito -comentó fray Jago, y es muy raro porque el Pater lo dejaba todo escrito en esta agenda… y lo sé porque lo observaba sin que él se diera cuenta…
-Pero… la carta que ha recibido ¿qué es lo que dice? -preguntó Adriano…
-Esta carta tiene dos partes -comentó fray Jago. Una sí que la puedo leer… la otra es personal y no debo contar nada hasta que no compruebe ciertos asuntos que, por el momento, a usted no le conciernen.
-Bueno, pues lea sólo lo que puede leer… -dijo Adriano muy intrigado…
-Le digo… -comentó fray Jago. La carta dice así:
Querido Jago: Si lees esta carta y te llega por correo es porque yo estaré ya muerto.
-Y… ¡Ya está! ¿No hay nada más que leer? -exclamó Adriano
-Es todo lo que le puedo decir -dijo fray Jago con lágrimas en los ojos.
-Pero… hay algo más escrito… lea -insistió Adriano.
-El resto de la carta está escrita en “clave” que tengo que descifrar -dijo fray Jago. Necesito tiempo para ello y ahora no es el momento.
-En clave… ¿Qué clave? -preguntó Adriano muy sorprendido e intrigado por saber el contenido secreto de la carta.
-Es una clave que el Pater se inventó hace muchos años y sé que sólo tres personas conocemos la forma para descifrarla -comentó fray Jago.
-¡Sólo tres personas! -exclamó Adriano.
-Sí, sólo tres… bueno, ahora sólo dos -dijo fray Jago alzando la mirada al cielo y signándose.
-Y… ¿Quién es la otra persona que sabe la clave? -preguntó intrigado Adriano.
-Eso no lo puedo decir porque no lo sé -dijo fray Jago. Filippo me comentó que esa clave la inventó hace años para poder cartearse con un familiar cuando entró en el Seminario de Bolonia.
-Y no sabe quién era ese familiar -insistió Adriano.
-La verdad es que no… -replicó fray Jago. Demos tiempo al tiempo que seguro que alguien aparecerá reclamando sus pertenencias y seguro que ese familiar será el tercero.
-Por el matasellos de la carta bien se puede deducir que vive en Innsbruck -dijo Adriano mirando el sobre detenidamente…
-Sí, viene de Innsbruck (Austria) -comentó fray Jago. Deme el sobre y marche a su trabajo…
-¿Lo sabe ya fray Benedetto? -preguntó Adriano
-¡Cómo lo va a saber si usted me acaba de entregar la carta! -exclamó fray Jago. Se lo diré en cuanto me deje y yo descifre la otra parte de la carta. Marche… marche a su trabajo y cierre al salir.
-Si quiere le acompaño… -replicó Adriano.
-¡No! -exclamó fray Jago. La trágica noticia se la daré yo al Prior… esa no es su competencia. Regrese a su portería y no comente nada con nadie. Guarde absoluto silencio: le prohíbo que diga nada.
-Como mande su paternidad -dijo Adriano. Guardaré silencio…
Bien sabía fray Jago que Adriano era un cotilla y que todo cuanto escuchaba o sabía lo comentaba entre el personal del convento: auxiliares de cocina y Adelaida, la cocinera, que era la mayor alcahueta de todas…
Jago dejó que Adriano saliera del despacho y lo siguió para ver dónde iba… si a la portería o a las cocinas…
Poco tardó en descubrir el paradero de Adriano… En la portería no estaba… tampoco en el patio… menos aún en la capilla… y el único lugar que le quedaba era, ¡cómo no!, la cocina…
Desde el pasadizo que comunicaba el Coro de la Iglesia con el Refectorio había un ventanal por el cual se veían las ventanas de la cocina y… como era de esperar, Adriano estaba allí… en medio de todo el personal…
Las auxiliares y la cocinera lo rodeaban, hasta el jardinero que, con los chillidos y exclamaciones de Adelaida lanzaba, había entrado para ver qué sucedía…
Después de tres timbres cortos sonaron dos timbres cortos y dos largos… era el aviso para que Adriano acudiera a su puesto de trabajo, a la portería.
Tan concentrado estaba en contestar a cuantas preguntas le hacían en la cocina que no escuchó las tres llamadas de aviso que Jago le mandó desde la portería hasta que fray Pepetto, el Sacristán, le llamó al orden para que acudiera a la portería…
-Adriano… No oye que le están llamando -dijo fray Pepetto muy enojado. Déjese de chismorreos y acuda a la portería…
-Perdone fray Pepetto, no escuché los timbres -dijo Adriano muy acalorado al verse descubierto.
-Vaya… vaya… no demore sus obligaciones -le dijo fray Pepetto. Siempre está donde no debe…
-Ya voy… ya voy… tanta prisa para nada, como siempre… -dijo Adriano algo enfadado. Seguro que no es nada y sólo lo hacen por fastidiarme…
-Bien sabe que cuando suena su timbre varias veces es porque lo necesitan -dijo fray Pepetto. No se demore… no sea que Fray Benedetto se enfade y lo despida…
-Estos frailes -murmuró Adriano… siempre con prisas…! y luego para nada… No dejan a uno ni respirar…
El camino entre la cocina y la portería pasaba por delante de una de las salas de visita y allí estaba esperándolo Jago con cara de pocos amigos…
-¿Por qué no está en su puesto de trabajo como le dije? -preguntó fray Jago con voz de pocos amigos.
-Es que vengo del jardín… de darle una nueva manguera al jardinero que me la ha pedido -dijo Adriano balbuceando…
-¡No mienta… no mienta…! -exclamó fray Jago. Lo he visto desde el corredor en la cocina hablando con el personal de servicio y en eso no habíamos quedado…
-Pero si vengo del jardín… -exclamó Adriano señalando con su mano la puerta que daba al jardín y que estaba cerrada…
Aún no había terminado Adriano de improvisar su embuste cuando salieron de la cocina Adelaida, Rosella, Giovanna y Victoriano, el jardinero que, alarmados y llorosos acudían a fray Jago a pedirle explicaciones de lo que Adriano les había dicho.
-¡Vaya por Dios! -exclamó fray Jago. Mira por donde vienen todos llorando y no creo que sea por pelar cebollas…
-Yo le juro que no les he dicho nada -replicó Adriano al verse sorprendido en su mentira…
-No jure en falso que eso es pecado… y de los gordos -dijo fray Jago. Más pronto se pilla a un mentiroso que a un cojo y… usted cojo no es…
-Fray Jago, ¿es cierto que fray Filippo ha muerto? -preguntó Adelaida llorando…
-¿Quién os ha dado semejante noticia? -preguntó fray Jago…
-¡Quien va a ser! -exclamó Victoriano. ¿Quién cree usted que charra lo que no debe? Señalando con su mano a Adriano…
-Ya veo… ya veo… -comentó fray Jago.
Adriano quedó mudo… más rojo que un tomate al verse descubierto por sus compañeros…
-¿Qué cree usted que debo hacer ahora? -preguntó fray Jago a Adriano. ¿Ve como no se le puede decir nada…? que todo lo que se le dice que no cuente lo charra enseguida… que en menos que canta un gallo va y lo dice donde no debe…
Mientras decía estas palabras fray Jago un gallo cantaba en el corral anunciando que sus polluelos habían nacido.
Al oírlo, todos menos Adriano soltaron una carcajada que retumbó en los pasillos del convento…
-Muy oportuno el gallo -dijo Victoriano mientras veía a Adriano como, con la cabeza gacha comenzaba su marcha caminito de la portería.
-Espero que sea la última vez que se va de la lengua -dijo fray Jago. A la próxima será despedido y Victoriano ocupará su puesto de trabajo que seguro lo hará mejor que usted.
-¿Es verdad que el Pater Filippo ha muerto? -preguntó Giovanna llorando…
-No hay nada confirmado -dijo fray Jago. Hasta que el Prior no tenga confirmación oficial de la Policía de Innsbruck no puede decirles nada. Regresen a sus labores y ya les informaremos cuando proceda.
El personal de servicio, en silencio y con las cabezas gachas volvieron a sus trabajos…
Fray Jago fue en busca de fray Benedetto, el Prior para comunicarle el correo que había recibido.
El despacho del Prior estaba en el mismo pasillo que la portería y dando un rodeo fray Jago pasó junto a ésta viendo a Adriano ordenando papeles y pendiente de su trabajo.
-Ahí es donde tiene que estar, en la portería -dijo fray Jago. Ese es su lugar y no debe abandonarlo bajo ningún concepto. ¿Queda claro?
-Como mande su paternidad -exclamó Adriano. Aquí es donde debo estar y aquí me quedo…
El despacho del prior estaba en la parte vieja del convento, la de piedra de granito, aprovechando la roca que en su día fue un castillo y que defendió al pueblo, en lo alto de la montaña.
Aquel despacho era de gruesas paredes de piedra, esas que en verano desprenden frescor y en invierno son más frías que un congelador.
Como cada mañana desde que llegó al convento, Benedetto se ocupaba en revisar los libros de cuentas y los asuntos del economato que, al ser el trabajo de fray Filipo, y al no estar éste, le correspondía a Benedetto la tarea.
Fray Filippo era el Ecónomo del convento y el que se encargaba de la botica: mezclar flores y plantas para remedios de catarros, enfermedades raras y algunas nuevas fórmulas para curar otros males…
Últimamente estaba muy interesado en localizar una flor que sólo crecía en las montañas de Hungría.
Su buen amigo, el eremita Niklas que habitaba la ermita de San Jorge, en las montañas de los Alpes Austriacos cerca de Saalfelden le comentó la existencia de esa flor que mezclada con otras era un buen remedio para curar ciertos trastornos del sueño…
Fray Filippo, con el permiso del Prior había viajado a la ermita para conocer, de primera mano, la fórmula para preparar el remedio a esos males del sueño…
Benedetto, ajeno a la trágica noticia que fray Jago le iba a dar, estaba en el despacho…
Dos suaves golpecillos en su puerta le anunciaban la visita de fray Jago…
-¿Se puede? -preguntó fray Jago, a la vez que abría la puerta…
-¡Pase… pase..! -exclamó fray Benedetto al ver a fray Jago entrar en el despacho. ¿Qué le trae por aquí a estas horas de la mañana?
CONTINUARÁ…