En estos tiempos que siento cruciales, no solo para la humanidad sino para el tejido mismo de este planeta, me detengo a observar y no puedo evitar cuestionar. Me pregunto si ustedes —quienes dirigen países, comunidades y ciudades— son capaces de comprender la paz no como un recurso diplomático, sino como un principio único e irreversible.
La paz no puede ser un discurso; su expresión es primordial, pero su aplicación es un mandato ético que no admite demoras.
Me niego a aceptar la vieja excusa de que «siempre ha existido violencia».
La historia no es un cheque en blanco para justificar el abuso despiadado del poder, el alimento del ego o la simple estupidez.
Hoy, ese dolor se financia con billeteras rebosantes y cuentas de criptomonedas que crecen mientras el mundo sangra. Me resulta insoportable ver que el negocio de la guerra y del odio sigue siendo la «gran tajada» para demasiados.
Cuestiono, desde lo más profundo de mi ser, cada misil disparado por venganza y cada vida segada sin sentido
¿Para qué? ¿Para celebrar una victoria sobre escombros?
He llegado a la conclusión de que el problema es estructural. Nuestros modelos educativos, familiares y sociales nos están convirtiendo en esclavos de nosotros mismos. Hemos creado individuos extremistas en sus facetas más oscuras, donde el orgullo y la arrogancia dictan que «todo vale» con tal de prevalecer.
Por eso, como individuo, hoy apuesto por el único camino que me queda: el cambio desde dentro.
Elijo el adiestramiento de mi propia mente. Me comprometo a limpiar mis oscurecimientos y a cultivar la compasión y el amor hacia los demás. Estoy convencido de que si logramos sanear nuestro ambiente interior, tendremos la posibilidad real de convertir este mundo —que hoy se muerde a sí mismo— en un lugar habitable, sereno y respetuoso con las leyes de la naturaleza.
Es hora de rendir homenaje a la vida humana para poder recibir, al fin, el premio de la calma. Solo sembrando semillas pacíficas podremos recoger frutos de paz.
Atentamente,
Quien les habla, Un habitante del mundo.
PedroUnryu