RELATO CORTO (TERCERA PARTE): «UNA DELICADA FLOR EN LAS NEVADAS CUMBRES DE SAALFELDEN» POR JAVIER MARTÍ

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Lea el anterior capítulo del relato aquí

-Como tú conoces bien el hotel, lo hospedaremos en tu habitación, la que siempre ocupaste -dijo Jana a Kyle. Acompáñalo mientras yo le hago el registro y le llevo toallas y jabón por si desea asearse antes de la cena… porque os quedaréis a cenar los dos… ¿no? Os invito…

-¡Tu primo…! -exclamó Jago… ¿Y eso por qué…?

-Es mejor que haya dicho eso a que Jana sepa realmente quien eres y qué haces aquí -dijo Kyle. No tiene por qué saber tu verdadera identidad y la razón por la que estás aquí. Últimamente la he notado muy chismosa…

-Tienes razón… cuanto menos sepa mejor para todos -dijo Jago.

-La cena se sirve a las siete en punto… -dijo Jana desde la lejanía…

-Bien… bien… a esa hora estaremos en el comedor -alzando la voz contestó Jago camino de la habitación…

-La habitación es la más confortable de todas… -comentó Kyle. Tiene baño propio y desde el balcón se ven los Alpes que, como es normal en estas fechas comienzan a estar nevados. Hay una maravillosa vista que jamás olvidaré…

Acabada la cena y viendo Jago que Kyle seguía mirando el reloj y daba muestras de tener prisa, la acompañó hasta su estudio.

Se despidieron de igual forma que cuando se vieron en la estación, con un leve apretón de manos y un ¡adiós! que más que un saludo bien pudiera decirse que era una despedida para siempre…

Jago regresó al hotelito caminando y hablando con Fray Benedetto que había llamado al móvil…

Llegando a la puerta del hotel observó cómo alguien lo vigilaba desde la otra acera… lo venía siguiendo desde el estudio de Kyle y cuando quiso sorprenderlo, el misterioso hombre había desaparecido… ni rastro de él en la calle y alrededores…

Algo intranquilo entró en el hotel… subió los trece escalones que le llevaban a su habitación, la número diecisiete… entró sin encender la luz y cerrando la puerta suavemente observó si alguien pudiera haberle seguido pues notó una presencia…  algo o alguien le seguía muy de cerca…

Al momento sonó el teléfono y pensando que pudiera ser Kyle, descolgó y escuchó la voz ronca de un hombre que le decía…

…Entre en el baño y abra el grifo del agua caliente del lavabo y lea lo que está escrito en el espejo…

Sin darle tiempo a contestar, la comunicación se cortó…

Un sudor frio recorrió todo su cuerpo y sin pensarlo dos veces entró en el baño y abriendo el grifo de agua caliente observó cómo poco a poco el espejo se empañaba con el vaho y aparecía algo escrito que lo dejó mudo.

En el espejo se podía leer:

Gracias por venir…

Debe subir a la ermita de San Jorge lo antes posible…

Debe subir solo… Kyle no puede acompañarle…

Bajo de su almohada tiene más instrucciones…

Suba antes de la nevada del domingo, luego no podrá hasta la primavera y será demasiado tarde…

Jago pudo comprobar que aquella delicada letra no era la de Filippo y volviendo a su habitación encontró una carta bajo la almohada con unas precisas instrucciones…

… No podrá despedirse de Kyle… marcha esta misma noche de viaje y no la volverá a ver…

… Vaya mañana a la tienda de Helga y pídale la mochila verde. La tienda está cerca del estudio de Kyle, ha pasado por delante de ella esta noche…

… Busque a Steffan en el aeródromo y enséñele la mochila verde, él le llevará en su helicóptero a la montaña donde está la ermita de San Jorge, a novecientos metros montaña arriba…

… Busque el Sendero del Carnero, está señalizado y no tiene perdida…

… Debe ascender por el sendero unos quinientos metros hasta que divise, a su derecha, la ermita… tiene un pequeño campanario y una vistosa entrada…

… Memorice lo aquí escrito y destrúyalo cuanto antes…

-¿Cómo habrá llegado esta carta a mi habitación…? ¿habrá sido el hombre que me llamó antes y que en mi ausencia dejó la carta? -se preguntaba Jago…

Jago revisó sus pertenencias y al ver que estaban intactas, que no le faltaba nada, tomó un libro y leyendo se quedó dormido…

Una sensación de frío recorrió todo su cuerpo y despertando vió como una ligera nevada se hacía presente a través de la ventana del balcón.

Jago encendió la estufa de leña para calentarse y tomar un poco de leche que Jana le había dejado en la mesa, en una tetera, junto a un cazo de cobre.

Poco a poco fue entrando en calor. La habitación se caldeaba rápidamente al igual que su cuerpo… la leche caliente le reconfortaba y su estado era muy distinto al de antes de dormirse…

Mientras tomaba aquel rico tazón de leche caliente observaba por la ventana como la nieve iba tapando el rojizo suelo de su balcón y las macetas se cubrían de un ligero manto blanco.

Algo le llamó poderosamente la atención que hizo que sus ojos se fijaran en la montaña, en un recodo, allá arriba… era una potente luz que parpadeaba insistentemente

Tomando su abrigo y su gorra salió al balcón para observar mejor aquella extraña luz que apuntaba hacia donde él estaba…

Sin saber por qué la luz quedó fija… dejó de parpadear… y observó algo inesperado que le hizo temblar: La luz desapareció por unos instantes y comenzó a emitir su haz de luz nuevamente utilizando el alfabeto “morse”

Tres destellos cortos… espacio… otros tres destellos cortos… espacio…

Jago sabía que aquellos destellos eran conocidos para él… eran los timbres que se utilizaban en el Convento para avisar que a alguien lo iban a llamar en breve y así sucedió…

De pronto y sin poder reaccionar, Jago pudo ver, en la oscuridad de la noche, lo que ni por asombro podría imaginar: de la nada apareció un destello corto… espacio… un destello largo… espacio… otro destello largo… espacio… y un destello corto…

No daba crédito a lo que sus ojos veían venir de lo alto de la montaña… era su llamada en el convento… era su personal llamada que sonaba cuando era requerido por el propio Filippo…

Un frío sudor recorrió todo su cuerpo y un temblor se apoderó de él. No podía creer lo que estaba viendo…

Por unos instantes la luz dejó de emitir señales luminosas…

Pero lo más sorprendente estaba por llegar…

La luz volvió a emitir… unas señales que lo dejaron de piedra… helado… y no precisamente por la nieve que caía, si no por lo que sus ojos pudieron ver y su corazón sentir.

Otras tres luces cortas emergieron de la oscuridad de la montaña… ¡aviso! y unos segundos de oscuridad dieron paso a un destello corto seguido de tres largos… esa era la llamada de Filippo…

Algo le alarmó al ver que la luz emitía rápida y continuamente la señal de ¡socorro! punto… punto… punto… raya… raya… raya… punto… punto… punto… repetidas veces.

Un vuelco sintió Jago en su corazón al entender que Filippo estaba vivo y que gritaba auxilio…

Pero… ¿cómo sabía Filippo que Jago pudiera estar tan cerca y a la vez tan lejos de él? ¿Sería la Divina Providencia quien lo había llevado hasta ese lugar o era porque Filippo lanzaba esos mensajes esperando que alguien los viera y lo socorriera?

Pronto el misterio se resolvería…

A la mañana siguiente Jago desobedeciendo la orden recibida acudió al estudio de Kyle con la intención de contarle lo vivido y visto aquella noche, pero le aguardaba una sorpresa que no podía imaginar: Kyle no estaba… no contestaba al timbre…

Viendo que unas jovencitas salían del edificio les preguntó por Kyle, si la conocían, pero la respuesta que le dieron lo dejaron desconcertado… No conocían a ninguna Kyle, ni la habían visto nunca…

Entrando en el zaguán pudo comprobar que el nombre de Kyle no aparecía en el buzón del tercer piso… no existía ningún nombre que fuera Kyle y eso le extrañó mucho…

Viendo que llegaba el Conserje le preguntó por Kyle y aún quedó más asombrado cuando éste le confirmó que es ese edificio, en el tercer piso no vivía nadie con ese nombre ni con la descripción que Kyle le había dado…

Inquieto y preocupado por los acontecimientos vividos, Jago llamó al móvil de Kyle y una voz masculina le dijo que estaba llamando al Depósito Municipal…

No daba crédito a lo que escuchaba… No era posible… ese era el número que Filippo tenía apuntado en su carta y que Kyle había hablado con él.

Tomando un taxi acudió al Depósito Municipal y tras unas gestiones pudo comprobar que Kyle yacía en una de las cámaras… estaba ¡¡¡ muerta!!!

Según le dijeron los funcionarios, la habían atropellado cerca de la estación del tren el mismo día que él había llegado. Murió cuando era trasladada al hospital, en la ambulancia…

-¡Imposible! -exclamó Jago llevándose las manos a la cabeza. ¡No puede ser! Si me recogió en la estación del tren… tomamos café juntos… me llevó al hotel… cenamos juntos… la acompañé a su estudio…

Algo estaba pasando que no entendía: Las luces en la montaña… el espejo… la sombra que le seguía… aquellas manos sudorosas… la insistente mirada al reloj…

Más atónito quedó cuando regresando en un taxi al parque observó que el hotel no estaba y en su lugar había una gran fuente de diecisiete caños que manaban abundante agua…

-¡Pare el taxi inmediatamente! -le dijo Jago al taxista…

-Si aún no hemos llegado a la puerta principal del parque -dijo el taxista…

-¡Le he dicho que pare! -gritó Jago.

-Como usted mande, pero conste que la entrada es en la otra calle -dijo enojado el taxista.

Jago bajó del taxi y corrió unos metros por el parque buscando el hotel donde había pasado la noche sin encontrarlo…

Preguntó a quienes vió y todos le dijeron lo mismo: en ese parque nunca hubo ningún hotel…

Anduvo caminando unos pasos hasta que llegó a la tienda de Helga.

Entró y pidió la mochila verde. Ésta estaba preparada, pagada y lista para llevársela…

Tomando un taxi pidió que lo llevaran al aeródromo donde Steffan le esperaba junto al helicóptero, como decía la carta que encontró bajo su almohada.

Cuando Jago enseñó la mochila a Steffan, éste le invitó a subir al helicóptero y sin mediar palabra comenzó a ascender rumbo a las montañas.

El viaje era espectacular… bajo sus pies quedaba la ciudad de Salzburgo y poco a poco se acrecentaban aquellas montañas que tan misteriosamente le habían impresionado por la noche… 

Poco más de una hora duró el viaje… El ascenso era vertiginoso y provocaba cierta incertidumbre a quien no estaba acostumbrado.

En un claro de la montaña rodeado de altos y majestuosos abetos blanquecinos por la nieve caída en la noche aterrizó Steffan su helicóptero, no sin antes sobrevolar el Sendero del Carnero por donde Jago subiría a la ermita que, desde el helicóptero se podía ver en lo alto.

El aspecto exterior de la ermita era impresionante: estaba construida a mil cuatrocientos metros sobre lo que fuera, en su día, una cueva y refugio de unos eremitas que la habitaban.

Las únicas palabras que Steffan pronunció en todo el trayecto se refirieron a la ermita de San Jorge…

-No tiene ni luz ni agua corriente… Es de locos vivir ahí en invierno… Yo no lo haría…

-¿El qué? -pregunto intrigado Jago…

-Subir a esa ermita en estos tiempos -dijo Steffan… Como siga nevando va a ser imposible subir a rescatarlos y…

-Por mí no se preocupe -dijo Jago. En peores sitios y circunstancias he estado en esta vida y no me da miedo el lugar.

-Mire si es duro el invierno que ni los lobos salen de sus madrigueras -dijo Steffan señalando a unos que estaban corriendo por la montaña. Mire como corren…

-Bueno, Dios dirá… -dijo Jago signándose.

-Eso… eso… que diga… que diga… -replicó Steffan, que cuando llegue la primavera vendré a recoger su congelado cuerpo…

-¿Qué le debo del viaje? -preguntó Jago sacando la cartera de su anorak.

-¡Nada! -exclamó Steffan. Ya me cobraré el viaje en primavera…

Steffan esperó a que Jago tomara el Sendero del Carnero para elevar su helicóptero y desaparecer entre las montañas dejando al fraile a su suerte por aquellos caminos que, entre rocas y pronunciados desfiladeros y acantilados, le conducirían, montaña arriba, hasta la ermita de San Jorge.

Tres largas horas empleó en el ascenso hasta llegar casi a la explanada que le conduciría hasta la ermita.

La imagen que aparecía ante él era distinta a como se la había imaginado: era sublime, espectacular, inimaginable… una verdadera obra de arte enclavada en la roca y a más de mil metros de altura.

Tenía un pequeño balcón, a la entrada, que daba al vacío de la montaña.

Los típicos techos de madera con la inclinación necesaria para que la pesada nieve se deslizara suavemente.

Tres alturas en la parte de atrás del pequeño edificio y un campanario abierto a los cuatro costados donde una pequeña campana dejaba oír su tañer que resonaba y devolvía el eco entre las montañas cercanas…

La escarpada roca protegía toda la ermita, desde sus cimientos hasta la cúpula del pequeño campanario.

Una única chimenea ennegrecida indicaba lo dura y fría que era la noche de invierno en ese lugar…

Todo su interior estaba alumbrado por velas…

Unas jarras de agua, las necesarias, estaban en la puerta de la ermita para dar de beber al sediento montañero que hasta allí se acercara buscando poder hablar con el ermitaño que, amablemente le atendía y brindaba su sabio consejo.

Unos camastros de madera con jergones de paja daban el descanso al montañero que allí llegaba dispuesto a pasar la fría noche.

Algunas pequeñas estufas de leña calentaban las salas y habitaciones…

Un discreto aseo con caída libre era lo utilizado para las necesidades del ermitaño y cuantos allí paraban…

Aquellas ventanas de madera con sus finos cristales dejaban pasar los rayos de sol en la alegre mañana y la espléndida luz de luna en la noche…

Y cómo no… la silueta del esperado ermitaño que, para asombro de Jago no era Filippo, si no otro hombre que, por su corpulencia y su físico poco o nada tenía de humilde eremita…

Jago observó los movimientos de aquel hombre que más que un eremita bien pudiera decirse que era un impostor… un desertor que buscaba refugio para no ser descubierto…

CONTINUARÁ…

Florentino López Castro

Florentino López Castro

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