JUAN SANTANA: «CALDERÍN Y EL MILAGRO DEL CATATÓNICO PERMANENTE»

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Hay políticos que pisan la calle y otros que, de vez en cuando, pisan el diccionario. María González Calderín, vicealcaldesa de Telde, nos ha regalado estos días una palabra de aparente alto nivel: “catatónico”. Según ella, así se encontró el Ayuntamiento cuando llegó al gobierno. Y, mire usted por dónde, quizá por una vez haya acertado. Solo que se equivocó en un detalle importante: no hablaba del pasado. Estaba describiendo, con bastante precisión, el presente.

Porque si algo define hoy a Telde no es precisamente la sensación de una administración ágil, de un gobierno compacto ni de una ciudad en marcha. Más bien al contrario. Telde sigue atrapada en una especie de parálisis adornada con entrevistas, titulares optimistas y declaraciones de autoelogio. Una gestión tan brillante, tan transformadora y tan estupenda, que necesita ser contada constantemente para que alguien se la crea.

La señora Calderín habla de renovación, de mejora, de balance “muy positivo”, de gobierno unido y de gestión eficaz. Y uno escucha todo eso y no sabe si está oyendo a la vicealcaldesa de Telde o a la voz en off de un anuncio institucional patrocinado por el departamento de autoestima municipal. Porque claro, si todo funciona tan bien, si el gobierno está tan unido, si la relación es tan exquisita y si el alcalde y sus socios reman todos en la misma dirección, entonces convendría explicar una pequeña duda que se le queda al ciudadano flotando en la cabeza: si esto es armonía, por qué hace no tanto se hablaba de moción de censura contra el mismo alcalde del gobierno al que pertenece.

Esa es la gran joya del relato calderinista. Nos dicen que el pacto es sólido, que el ambiente es magnífico, que aquí todo son abrazos administrativos y coordinación celestial… pero hace apenas unos meses el runrún político en Telde contaba otra película. Y cuando un gobierno tiene que repetir demasiado que está unido, lo que suele transmitir no es fortaleza, sino nerviosismo. Cuando una coalición necesita insistir tanto en que no pasa nada, normalmente es porque ha pasado, pasa o puede pasar algo.

Y luego está el currículum. Porque María González Calderín no llega precisamente descalza al cargo. Su hoja de formación incluye danza clásica, protocolo y comunicación empresarial e institucional, gestión de proyectos, desarrollo local, creación y consolidación de empresas, recursos para una sociedad digital, empleo, ofimática, finanzas, prevención de riesgos, relaciones laborales, habilidades sociales, trabajo y salud, e incluso educación diabetológica y nutrición. Es decir: un currículum tan amplio que, leído del tirón, parece menos la formación de una concejala y más el catálogo completo de cursos de una feria institucional con café, carpetita y bolígrafo corporativo.

Y hombre, viendo semejante repertorio, uno pensaría que Telde estaría hoy funcionando como una coreografía suiza: cada paso medido, cada área sincronizada, cada problema resuelto con elegancia de puntas y precisión de metrónomo. Pero no. La realidad es bastante menos ballet y bastante más tropiezo. Porque de poco sirve tener protocolo, certificaciones, comunicación institucional, Excel, PowerPoint, marketing, finanzas y dirección estratégica si al final la ciudad sigue transmitiendo esa vieja sensación de abandono que no hay PowerPoint que la maquille ni danza clásica que la convierta en gestión.

De hecho, lo más parecido a la danza en este mandato ha sido el constante baile de explicaciones, el giro elegante para esquivar responsabilidades y la media vuelta administrativa cuando un problema aprieta. En eso, hay que reconocerlo, sí se aprecia formación: aquí se cambia de paso con notable soltura. Lo que ya cuesta más encontrar es el aplauso del público.

Pero vayamos al terreno donde la señora Calderín presume con más entusiasmo: la limpieza. Dice que han renovado por completo una delegación que estaba destrozada, que ahora hay más medios, más maquinaria, más personal y más capacidad de respuesta. Magnífico. Maravilloso. Casi emocionante. El problema es que la calle tiene la mala costumbre de opinar por su cuenta. Y la calle, sobre todo en barrios como Jinámar y en muchas zonas alejadas del escaparate oficial, no parece estar tan impresionada como las entrevistas de despacho.

Porque una cosa es cambiar la imagen corporativa del servicio y otra muy distinta cambiar la realidad. Una cosa es presentar contenedores nuevos y otra que el municipio luzca limpio. Una cosa es repetir que ahora sí, que ahora por fin, que ahora de verdad, y otra muy distinta es que el vecino se dé un paseo por determinados barrios y no sienta que la suciedad sigue formando parte del paisaje urbano con una fidelidad mucho más estable que la de algunos concejales con sus promesas electorales.

Y aquí llega el recurso favorito del político cuando la realidad no termina de obedecer al eslogan: la culpa es del civismo. Maravilloso invento. Si la ciudad está sucia, no será porque la gestión falle, sino porque los ciudadanos, ya se sabe, no están a la altura del relato. Es el viejo truco de siempre: cuando no puedes defender los resultados, traslada la responsabilidad al vecino. Así, la administración presume y el ciudadano carga con la culpa. Una fórmula bastante cómoda, por cierto.

Pero si hay un área donde el balance de María González Calderín deja aún más preguntas que respuestas es en Playas. Porque en los momentos más graves de la crisis de contaminación, con playas cerradas durante meses y con vecinos y empresarios soportando la imagen lamentable de un litoral castigado, la sensación general no fue precisamente la de una concejala al frente, visible, resolutiva y políticamente contundente. Más bien dio la impresión de que aquello era un problema que se dejaba caer sobre la mesa de otro, como quien dice por lo bajo en una esquina que ese asunto “es del alcalde”.

Y mientras tanto, los ciudadanos asistían al espectáculo de siempre: explicaciones, excusas, derivaciones de responsabilidad y mucha burocracia verbal. Telde cerrada, Telde golpeada, Telde esperando respuestas, y la responsable política del área vendiendo ahora una gestión eficaz como si la memoria de los vecinos se pudiera borrar con una entrevista amable y dos titulares favorables.

Porque ese es otro punto esencial: estas entrevistas no son inocentes. No obedecen a una repentina necesidad de informar, ni a un arrebato de transparencia institucional, ni al amor súbito por rendir cuentas. Obedecen, simple y llanamente, a una operación de posicionamiento político interno. María González Calderín sabe perfectamente que dentro del Partido Popular de Telde hay movimiento. Sabe que se habla, que se mide, que se sondea y que se compara su nombre con el de otros compañeros de gobierno para valorar quién puede tener mejor encaje electoral de cara a las próximas municipales.

Y cuando un dirigente político entra en fase de entrevistas, de perfil amable, de balance positivo, de foto estratégica y de mensaje de serenidad, normalmente no está pensando solo en gestionar: está pensando en colocarse. Está enfocando su imagen hacia la ciudadanía porque sabe que dentro de su propio partido hay partido. Y ahí está el verdadero motor de este despliegue mediático: no la ciudad, sino la candidatura.

Por eso suena casi cómico escuchar que “no están en clave electoral”. Claro que no. Igual que tampoco llueve cuando caen cubos de agua. Todo esto, nos dicen, es gestión pura. Gestión sin campaña. Neutralidad institucional. Servicio público. Amor al municipio. Y casualmente todo eso coincide con un momento en el que toca reforzar marca personal, ganar presencia y proyectar solvencia. Qué oportuno. Qué casualidad. Qué poco electoral todo.

Ahora bien, si hay una parte especialmente delicada en todo este asunto, es la relacionada con el entorno de la limpieza y el eterno fantasma de la colocación política. Porque en Telde no hace falta tener una memoria prodigiosa para recordar episodios en los que se habló públicamente de presuntos enchufes de afiliados o personas vinculadas a partidos en servicios relacionados con el Ayuntamiento. Ese olor no viene precisamente del contenedor marrón: viene de la vieja política local.

Y por eso, cuando se presume tanto de limpieza, quizá convendría empezar por otra clase de higiene. La higiene institucional. La higiene política. La higiene de los favores. Porque en la calle hay quien se pregunta, y no sin motivo, cuántas personas han terminado encontrando acomodo laboral en determinados servicios por cercanía política, por recomendación, por afinidad partidaria o por esos extraños milagros de la administración paralela donde siempre hay sitio para el amigo del amigo. Y lo más grave no es solo que se pregunte eso. Lo más grave es que no se despeje con absoluta claridad.

Sería bueno, por tanto, que en lugar de tanta autosatisfacción se ofreciera transparencia total. Que se explicaran con luz y taquígrafos los criterios de contratación, los vínculos políticos, las incorporaciones, los puestos, los entornos de influencia y las sospechas que sobrevuelan determinados servicios municipales o concesionados. Porque cuando en un Ayuntamiento se habla más de colocación que de mérito, el problema ya no es solo administrativo: es moral.

Y también sería legítimo preguntarse otra cosa: si esa red de afinidades, favores y silencios tiene algo que ver con la tibieza de algunos en la oposición. Porque en Telde hay momentos en los que uno escucha ciertos plenos y tiene la sensación de que no todos preguntan lo que deberían preguntar, ni todos fiscalizan lo que deberían fiscalizar. Y cuando la oposición calla demasiado ante asuntos que huelen mal, el ciudadano tiene derecho a sospechar que quizá hay demasiada gente con demasiadas cuentas pendientes, demasiados compromisos cruzados o demasiados intereses en no levantar según qué alfombras.

En ese contexto, la señora Calderín puede seguir repitiendo que han renovado por completo el servicio, que el balance es muy bueno y que el Ayuntamiento ya no está catatónico. Pero la realidad sigue siendo bastante más terca que el discurso. Porque Telde no necesita una portavoz que recite éxitos mientras los vecinos siguen esperando resultados. Telde necesita una gestión que se note, no una campaña que se oiga.

Y además hay algo profundamente revelador en el propio discurso de Calderín: que a fuerza de justificarlo todo, termina retratándolo todo. Dice que heredaron un Ayuntamiento débil, lento, atascado, sin músculo administrativo. Perfecto. Han pasado ya tres años. Tres años. A estas alturas, seguir hablando de herencias empieza a sonar menos a explicación y más a coartada. Porque un gobierno puede heredar problemas, sí. Lo que ya no puede heredar eternamente es la excusa.

El problema de María González Calderín es que quiere vender como renacimiento lo que muchos ciudadanos perciben simplemente como maquillaje. Quiere presentar como transformación lo que demasiados vecinos viven como continuidad del abandono. Quiere hablar de eficacia en una ciudad que todavía arrastra suciedad, desorden, zonas olvidadas, playas castigadas y una sensación de desconexión entre el despacho y la calle. Y quiere, sobre todo, que el ciudadano compre un relato que la propia realidad se encarga de desmontar cada día.

En definitiva, puede que la señora Calderín tenga razón y Telde fuera un Ayuntamiento catatónico. Puede incluso que esa haya sido la definición más exacta que ha pronunciado en mucho tiempo. Solo que el verdadero problema no es cómo se lo encontró. El problema es que, después de tres años sentada en el gobierno, todavía hay demasiados vecinos que creen  que todo sigue exactamente igual.

Y eso sí que no lo arregla ni una entrevista, ni un titular amable, ni una flota nueva de contenedores, ni una campaña interna disfrazada de gestión, ni un currículum de varias páginas donde cabe desde la danza clásica hasta la nutrición, pasando por el protocolo, el Excel y la empresa familiar. Porque al final Telde no necesitaba una concejala de catálogo. Necesitaba una gestora que se notara en la calle.

Juan Santana, periodista y locutor de radio

 

Florentino López Castro

Florentino López Castro

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