Lo ocurrido en el Congreso Nacional del Partido Popular con la actuación del humorista Abraham Gómez Rosales es el retrato perfecto de la política convertida en espectáculo. Un Congreso Nacional —que debería ser el escenario solemne donde se presenta el rumbo del partido, se debate sobre el presente y futuro del país, se rinde cuentas a la militancia y se exhibe liderazgo con altura— ha terminado siendo una velada de chistes con sabor a venganza política.
Y no, no es que el humor no tenga cabida en la política. Bien usado, puede ser una herramienta poderosa para hacer autocrítica, para conectar con la gente, para desdramatizar momentos complejos. Pero lo que vimos fue otra cosa: fue utilizar la figura del cómico como arma arrojadiza, para reforzar el “nosotros contra ellos”, para ridiculizar al adversario como si esto fuera una guerra cultural donde ya no se debaten ideas, sino se lanzan carcajadas programadas como granadas.
Aplaudir un monólogo donde se caricaturiza al PSOE —cuando el PP arrastra décadas de escándalos de corrupción, dedazos, enchufismos, viajes con cargo al Senado para ver a novias, y promesas electorales que duermen el sueño de los justos— no solo es una falta de respeto al electorado, sino una tomadura de pelo al propio partido.
¿Dónde quedó el debate ideológico? ¿Dónde están los programas serios, las propuestas para la vivienda, para el empleo, para Canarias, para la regeneración democrática?
Porque si uno va al Congreso del PP y lo más destacado es un monólogo como si estuviéramos en Paramount Comedy, algo está fallando. Y no es solo que se rían del PSOE. Eso es lo de menos. Lo grave es que se rían de la política.
Y lo aplaudan.
Ni una broma sobre la corrupción propia, ni un chistecito sobre Monago y sus viajes románticos pagados por el Senado, ni una mención irónica a Feijóo y su “no sabe, no contesta”. Ni una pizca de autocrítica. Todo fue un masaje interno, un “vamos a reírnos de ellos, que lo nuestro no se toca”.
¿Esto es lo que le ofrecen al votante moderado, al militante serio, al ciudadano desencantado que busca una alternativa de gobierno? ¿Un cómico para cerrar filas a base de carcajadas fáciles? ¿Una especie de terapia grupal con risas enlatadas?
Mal vamos si los congresos nacionales de los grandes partidos se parecen cada vez más a una gala de fin de curso que a una cita política de altura.
Y peor aún si lo que más se celebra es el ridículo del adversario y no la defensa de un proyecto político sólido.
El problema no es que el humor entre en la política. El problema es cuando el humor sustituye a la política. Y eso sí que da vergüenza.
Perdonen el texto extenso, pero necesito decirlo. Yo, que fui, que estuve ahí, que trabajé durante años en ese partido, que me dejé la piel, las horas, y a veces hasta a la familia en segundo plano por un proyecto político en el que creía, hoy siento una pena profunda.
Pena por lo que vi en ese Congreso Nacional del Partido Popular. Pena por ver cómo la política, la seriedad, el compromiso y hasta el respeto por los votantes se ha ido transformando en un espectáculo de chistes, burlas y aplausos huecos.
No sé en qué momento dejamos de hablar de propuestas para empezar a lanzar monólogos como si estuviéramos en un bar de copas. No sé cuándo se sustituyó el debate ideológico por la carcajada fácil. Y tampoco sé en qué rincón oscuro del partido quedaron los principios, los valores y la vocación de servicio.
Ver a cientos de personas, cargos públicos incluidos, aplaudiendo con entusiasmo un monólogo ridiculizando al adversario político, mientras los problemas reales del país ni se mencionan, me produce una tristeza que no puedo esconder.
Porque yo fui de los que creímos que el PP debía ser un partido serio, solvente, con vocación de gobierno, con respeto institucional y capacidad de autocrítica. Y lo que vi fue un congreso convertido en festival, una fiesta interna donde lo más celebrado fue un cómico atacando al PSOE como si eso bastara para convencer a un ciudadano harto de promesas incumplidas y corrupción compartida.
¿Y la regeneración? ¿Y la transparencia? ¿Y el respeto al votante que esperaba propuestas, soluciones y liderazgo real? No vi nada de eso. Solo carcajadas y un “todos a una” para reforzar el mensaje de que el enemigo está fuera, nunca dentro.
Pero quienes hemos estado dentro sabemos que los enemigos no siempre están en el otro partido. A veces están en el olvido de la autocrítica, en el abandono de los principios, en el cinismo disfrazado de humor.
Y por eso duele. Porque uno se dejó muchas cosas por el camino creyendo que valía la pena. Y ahora ve con tristeza cómo el proyecto se diluye entre aplausos y chistes malos, mientras el país sigue esperando respuestas.
Pido perdón por extenderme. Pero a quienes fuimos parte de ese partido, y todavía nos duele verlo así, no nos queda otra que hablar. Aunque sea largo. Aunque sea incómodo. Aunque no saque risas.
Juan Santana, periodista y locutor de radio
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1 comentario en «“DEL CONGRESO DEL PP AL CLUB DE LA COMEDIA”»
Tu formas parte del circo, sabes que hay ponencias políticas, igualmente querías ir de bufón, y no te contrataron.