Las urgencias no deberían ser un ejercicio de resistencia psicológica. Tampoco un castigo añadido a quien ya llega enfermo, asustado o, directamente, sangrando. Pero eso es exactamente lo que, según el testimonio de un paciente trasladado de urgencia, está ocurriendo en el Hospital Insular de Gran Canaria.
El relato es demoledor. Y no por exagerado, sino por lo cotidiano que suena para demasiadas personas.
“La imagen es tétrica. La atención, deplorable y vejatoria”.
Así resume su experiencia un paciente que sufrió una hemoptisis (sangrado por la boca) y fue evacuado en helicóptero desde Fuerteventura. Un traslado de este tipo no se hace por capricho. Se supone —y aquí está la clave— que cuando se activa un recurso aéreo es porque existe gravedad clínica, coordinación previa, cama preparada, especialista avisado y protocolo en marcha.
La teoría.
La realidad: cinco horas en tierra de nadie
El helicóptero aterriza a las 17:15 horas en la zona de ambulancias del hospital. A partir de ahí, el vacío.
Cinco horas sin ser valorado por un médico. Cinco horas sin cama. Cinco horas sin zona asignada. Cinco horas sin monitorización, sin oxígeno y sin comida, pese a la gravedad del motivo del traslado.
No es hasta las 22:00 horas cuando el paciente consigue, literalmente, entregar en mano el sobre con el informe médico al doctor. Y no será hasta las 22:30 cuando, por fin, se le asigna una zona y una cama.
Mientras tanto, la sensación es la de estar abandonado en un limbo sanitario donde nadie parece tener prisa y donde el reloj avanza más rápido que la atención.
Trato indigno y sensación de impunidad
El paciente no solo denuncia la demora. Denuncia algo aún más preocupante: el trato humano.
Habla de un ambiente hostil, de malas formas, de personal desganado y de una estructura de poder opaca dentro del Servicio de Urgencias. Utiliza palabras duras —muy duras— para describir lo que percibe como un funcionamiento interno basado más en jerarquías informales que en protocolos sanitarios.
Son expresiones que reflejan indignación, rabia y desesperación, y que deberían activar, como mínimo, una revisión interna urgente. Porque cuando un paciente llega a ese punto no es por una mala cara puntual: es porque el sistema ha fallado en cadena.
Urgencias no es una sala de castigo
La ironía final la pone el propio afectado, con humor canario como último escudo:
“Estoy que muerdo… y no soy bardino, perro majorero”.
Bromear cuando se sangra por la boca no es normal. Es un mecanismo de defensa. Y eso debería preocupar —mucho— a los responsables del sistema sanitario.
Porque la sanidad pública se mide en momentos como este, no en ruedas de prensa, ni en estadísticas maquilladas, ni en promesas de gestión. Se mide cuando alguien llega grave, vulnerable, asustado… y espera.
Y espera.
Y espera.
Una pregunta incómoda al Servicio Canario de la Salud
El Servicio Canario de la Salud tiene la obligación de explicar qué está pasando en las urgencias del Hospital Insular.
Si hay falta de personal, que se diga.
Si hay colapso estructural, que se asuma.
Si hay mala gestión, que se corrija.
Y si hay malos tratos, que se investiguen y se depuren responsabilidades.
Porque una cosa es la saturación —que los ciudadanos pueden entender— y otra muy distinta es el trato vejatorio e inhumano.
La enfermedad no debería doler más por culpa del sistema.
Y mucho menos en una urgencia.
Juan Santana, periodista y locutor de radio
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