La misma concejal que habla —aunque sea con datos discutibles— de limpieza, guarda un silencio sepulcral cuando se trata de las playas contaminadas.
Telde vuelve a amanecer limpia. Limpia de autocrítica, limpia de vergüenza institucional y, sobre todo, limpia… en las notas de prensa. Porque en la calle, la de verdad, los ciudadanos siguen haciéndose la misma pregunta: ¿dónde está esa Telde ciudad limpia de la que presume el Ayuntamiento?
El alcalde dice estar harto. Lo repite con gesto solemne, casi como si fuera una víctima de su propio mandato. Pero hay un pequeño detalle que parece haber pasado por alto: los que están realmente hartos son los ciudadanos, cansados de mentiras reiteradas, propaganda pagada y una realidad que no se parece en nada al relato oficial.
Y cuando el discurso ya parecía agotado, entra en escena la concejal de Limpieza —que casualmente también es la concejal de Playas— María Inmaculada González Calderín, licenciada en danza y experta en aplicar su formación a la política municipal: un pasito pa’lante en la nota de prensa, dos pasitos pa’trás en la gestión real.
Para hablar de limpieza urbana, no hay reparos: comunicados, porcentajes con decimales, triunfalismo y autobombo. Según su versión, durante 2025 el servicio Telde Limpia Telde registró un 12,2% menos de incidencias, resolvió el 95,26% de las quejas en menos de cinco días, estrenó nueva maquinaria, renovó contenedores y avanzó gracias a la “colaboración ciudadana”.
Una coreografía perfecta… sobre el papel. Porque luego está la función paralela, la que no aparece en las estadísticas: contenedores rebosando, suciedad enquistada en los barrios, restos que hacen turismo durante días y operarios que saben perfectamente que la realidad va por un carril muy distinto al de la propaganda.
Hablan de maquinaria moderna, pero bastaría con preguntarle a cualquier trabajador cuál es el sofisticado carro de recogida viaria con el que supuestamente se ha modernizado el servicio. Spoiler: ni es sofisticado ni es nuevo.
Y entonces llegamos al punto clave, el que desmonta definitivamente el relato: las playas. Porque la misma concejal que habla —aunque sea con datos discutibles— de limpieza, guarda un silencio sepulcral cuando se trata de las playas contaminadas.
De cierres y aperturas, nada.
De informes técnicos, nada.
De riesgos sanitarios, nada.
De banderas azules en peligro, nada.
Para las playas, la concejal se vuelve sorda y muda, como si no fuera con ella, como si la contaminación marina no entrara en sus competencias o como si el problema se resolviera solo a base de no nombrarlo. Las playas se cierran y se abren como puertas giratorias, sin explicaciones claras, sin transparencia y sin respeto a los ciudadanos.
Eso sí, cuando toca justificar la suciedad en las calles, aparece el comodín de siempre:
– “La colaboración ciudadana es clave”. Traducción simultánea: si Telde está sucia, la culpa es del vecino. Un clásico de manual.
Así funciona hoy la gestión municipal:
•Para la limpieza que no se ve, hay cifras infladas.
•Para la contaminación que sí se ve —y se huele—, hay silencio administrativo.
•Para presumir, hay publicidad pagada.
•Para asumir responsabilidades, no hay nadie al volante.
En resumen, Telde no es una ciudad limpia. Es una ciudad maquillada en los comunicados, perfumada en la propaganda y abandonada en los barrios y en la costa.
Y mientras el gobierno municipal baila porcentajes y decimales, los ciudadanos —que no viven en gráficos— siguen caminando entre basura, playas cerradas y una sensación cada vez más clara: aquí no se limpia la ciudad, se limpia el relato.
Juan Santana, periodista y locutor de radio
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