RELATO CORTO (SEXTA PARTE): «NUEVE VIDAS. UN MISTERIO» POR JAVIER MARTÍ

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«El detector de infrarrojos parpadeaba»

Regresamos a la gran casona comentando lo que Roque nos había dicho, y al pasar por delante de la casa abandonada de “Los Guzmán”, esa misteriosa casa llena de “espíritus”, una sensación de curiosidad nos hizo mirar al interior a través de una ventana y de la puerta de la casa que estaban abiertas.

Anselmo percibió algunas vibraciones no muy normales que le hicieron sacar su brújula y comprobar cómo ésta daba vueltas en todas direcciones y el detector de infrarrojos parpadeaba… Algo extraño había en su interior que nos hizo temblar y poner la carne de gallina… Algo estaba sucediendo que no era normal…

Llegados a la casona preparamos lo necesario para la comida. La mesa la dispusimos según teníamos costumbre. Sacamos la mesa de la cocina y la colocamos cerca de una de las chimeneas. Recogimos abundante leña del corral para que por la noche no nos quedáramos sin fuego. Encendimos las dos chimeneas para que fueran calentando el gran salón.

Cerramos las puertas que daban a la cocina, al patio interior y el acceso a la planta alta, como lo hiciéramos la noche anterior. Las ventanas quedaron cerradas desde el interior con las contraventanas y los travesaños de hierro.

Salimos y cerramos la puerta de la casona desde el exterior y marchamos a la casa de Roque para ver el rebaño y aprender un poco de su trabajo que para nosotros era del todo desconocido.

Pablo llevaba su maletín con todo lo necesario para poder atender al rebaño.

Llegados a la casa de Roque, tan solo una humilde estancia era toda ella. En una gran habitación tenía dispuesto la cocina, la mesa para comer, su camastro, un viejo armario ropero carcomido por las polillas donde guardaba la poca ropa que tenía, un hallar, leños y paja para dormir los perros, un grifo de agua sobre un abrevadero para animales era su lavabo y el lugar donde preparaba y lavaba sus hortalizas y legumbres para la comida. Cuatro cacerolas y una vieja sartén, algunos cuencos de madera para comer y beber.

En una de las paredes tenía colgados algunos cuadros de su mujer, de sus Padres y suegros, y de otros familiares que ni recordaba sus nombres ni quienes eran.

Entre Yerai, Juan, Paco e Iñaki, nos encargamos de recoger los huevos de las gallinas que tenía en el corral, poner hierbas y millo para el rebaño, limpiar los abrevaderos y llenarlos de agua fresca que Pepe había analizado del pozo interior que tenía Roque junto a la puerta trasera del corral.

Anselmo, ¡cómo no! inmortalizaba con sus cámaras todos nuestros movimientos y el trabajo de Pablo que, ayudado por Roque, realizaba en todas y cada una de las cabras del rebaño, en especial, de aquellas que estaban preñadas y a punto de tener sus cabritillos que, según Roque, en dos o tres días no más, vendrían a parir.

A una de las cabras se le adelantó el parto y delante de todos nosotros nacieron dos cabritillos, uno de color negro con el hocico blanco y el otro de color canelo con manchas blancas en el lomo y en las patas traseras. Una de las ovejas de lana que tenía en otro corral contiguo, también estaba de parto.

Terminada la tarea de Pablo y Roque y dispuesto todo para que los animales no pasaran hambre, fuimos a visitar y conocer a “La Trini” a su casa. Nuestra inesperada llegada la llenó de alegría al ver tanto hombre junto y sin ser familia. Nos obsequió con alguno de sus cremosos quesos de leche de cabra y de oveja que estaban para chuparse los dedos…

Era un queso de cuatro kilos que, según comentó, tendríamos suficiente para los días que íbamos a estar en el pueblo.

Siguiendo las indicaciones de “La Trini”, que así quería que la llamáramos, como lo hacía Roque, le llenamos de troncos el leñero, los baldes de agua y de paso, le arreglamos la ventana de su alcoba que se había desencajado y al no cerrar bien el aire de la noche entraba y pasaba frío.

Colocamos varios leños en su alcoba, cerca de la estufa de leña que le daba calor y que estaba a los pies de su camastro.

La casa de “La Trini” era muy pequeña, un salón con cocina de leña, una chimenea para calentarse en los fríos días de invierno, una mesa y unas cuantas sillas, un armario donde guardaba los quesos y el pan, un viejo pero funcional horno de leña donde hacía el pan a diario y sus guisos en sus cazuelas de barro.

Un pequeño aseo con lo esencial, un espejo sobre un aparador cargado de recuerdos, una alcoba en forma de media luna, tres ventanas y la puerta que daba a la calle formaban aquella acogedora casa donde hacía la vida y esperaba con ansia la visita de sus hijos.

En el salón, junto a la cocina de leña había una pequeña puerta que daba a un corral amurallado donde tenía unas gallinas, conejos y unos árboles frutales, una pequeña huerta donde plantaba tomates, lechugas, habichuelas, patatas: lo esencial para una mujer que se conformaba con lo poco que tenía.

En dos grandes tinajas de barro conservaba un riquísimo vino tinto que, por su aroma y color, bien pudiera ser de una buena cosecha de ricas uvas procedentes el algún lejano lugar pues, en el pueblo, no había viñas ni parras.

Nos agasajó con una rica ensalada de finas hierbas aderezadas con trozos de queso, jamón y frutos secos. Pan recién horneado, y un guiso de carne de cabra que jamás antes habíamos probado. Unos vasos de vino y aquella comida nos hicieron entrar en calor rápidamente.

Entre risas, cuentos y otras historias que nos contaban “La Trini” y Roque, las horas pasaron sin darnos cuenta y poco a poco la tarde comenzó a caer oscureciendo lentamente.

Antes de que oscureciera totalmente y quedara la calle sin luz, regresamos a la casona no sin antes despedirnos de “La Trini” y de Roque, dándoles las gracias por la comida y la tertulia, y deseándoles que pasaran una buena noche.

-Me da que esta noche va a ser muy fría y puede que hasta nieve… -dijo Roque mirando al cielo. Abríguense y pongan buenos leños en el hogar para que no pasen frío. No se olviden de poner los ajos en las ventanas y en las puertas, que eso ayuda a que no se asome nadie…

-Así lo haremos, -dijo Pablo frotándose las manos. Seguiremos su consejo.

Al llegar a la casona, encendimos las velas de una de las lámparas, echamos leños de olivo en los hogares y cerramos la puerta y las ventanas con los hierros para estar bien protegidos del frío que ya comenzaba a sentirse y colgamos los ajos como nos dijo Roque.

Mientras Juan y Yerai preparaban la cena, una sopa bien caliente y unas tortillas con aquellos huevos que Roque nos había dado, el rico pan de “La Trini” y unos vasos de vino, preparamos los sacos para dormir frente al fuego, como la noche anterior.

Un ratito de tertulia, una partida de cartas fue la culminación de un día lleno de sorpresas y de cuentos que no habíamos imaginado escuchar y aprender.

Poco a poco la noche fue cayendo y el frío se hizo más intenso. Suaves copos de nieve comenzaban a cubrir los pretiles de las ventanas y la puerta de la casona comenzaba a crujir por el frío exterior y el calor de las chimeneas.

-Preparemos lo necesario para no pasar mucho frío esta noche… -comentó Pepe.

-Si esta noche es como ha dicho Roque, vamos a tener que vigilar el fuego para que no se apague y el frío no nos deje helados –dijo Anselmo, frotándose las manos fuertemente.

-La sopa que hemos hecho nos ayudará a entrar en calor –comentó Yerai.

-Las tortillas ya están hechas, -dijo Pablo, cenemos antes de que todo se enfríe.

-Y con este vinito que nos ha regalado “La Trini”, ni pizca de frío vamos a tener, -dijo Paco.

-Menudo banquete nos vamos a dar, -dijo Juan. Tenemos cena de sobra para los siete.

-Solo faltaría que nuestras novias vinieran –comentó Pepe, mirando con ojos tristones la foto de Azucena, su novia.

-Guarda eso, ¡joder! No seas gafe –dijo Iñaki. Solo faltaba eso, que aparecieran todas juntas y entonces sí que se liaba la cosa…

-Que no hay cena para todos –exclamó Anselmo, no tientes a la suerte que Azucena y Mónica comen por cuatro.

-Tienes razón, -dijo Pepe. Mejor ahora estar como estamos. Ya tendremos tiempo de estar con ellas en otra ocasión… Cenemos y calentemos los cuerpos que es lo que toca.

– ¿Qué te pasa Juan que estás como ido? –preguntó Pablo.

-Estaba pensado en lo que comentó Roque sobre la familia de Los Guzmán: mira que si fuera verdad que sus espíritus andan sueltos en la casa… -comentó Juan. No me importaría visitar esa casa para ver si es verdad.

-Mejor mañana, -dijo Pepe. Esta noche con la que está cayendo ahí fuera, como que no apetece mucho salir y más ahora que ya hemos entrado en calor.  Pienso que mañana tal vez: ahora como que no, si pensáis salir ahora, conmigo no contéis.

-Lo dejamos para mañana, -dijo Anselmo.

– ¿Os imagináis estar cenando y que aparezca el espíritu de Los Guzmán? –comentó Yerai.

– ¡Calla, calla! –exclamó Pablo. Vamos a cenar tranquilos y dejémonos de espíritus, que eso da un poco de…

-Sólo era un comentario –dijo Yerai riéndose.

Paco que era un guasón y tenía la habilidad de cambiar de voz sin mover los labios, en el momento justo en que Pablo metía en su boca un trozo de tortilla susurró con voz tenebrosa…

¡Pablo… Pablo… no te comas ese trozo de tortilla…!  ¡Si lo haces te poseeré esta noche…!

Pablo soltó el trozo de tortilla y el tenedor fue a parar al otro lado de la mesa: estaba asustado y temblando…

Las carcajadas de los presentes al ver el gesto y la cara que puso Pablo eran evidentes. Estaba desencajado y lleno de pavor. Temblaba todo él.

Pablo, visiblemente enfadado, se acercó a Paco con no muy buenos modales mientras todos seguíamos riéndonos sin poder evitarlo.

-Paco: Que sea la última vez que me gastas una broma como esa, -dijo Pablo temblando y sudoroso, con un tono algo fuera de lo normal. Sabes que esas bromas no me gustan y me ponen a mil…

-Tranquilo, tranquilo, sólo era una broma, -exclamó Paco. No lo volveré a hacer, tranquilo, tómate una tila para relajarte… o un trago de vino…

Seguimos cenando y riéndonos al ver la cara de Pablo que miraba de reojo a Paco por si éste le volvía a gastar otra macabra bromita.

El buen vino que nos regaló “La Trini” hizo el efecto esperado y en menos que canta un gallo los miedos habían desaparecido y todos estábamos cantando y riendo olvidándonos del frio, de los “espíritus” y de la nieve que estaba cayendo en el exterior.

Para no perder las buenas costumbres, sorteamos los turnos de vigilancia nocturna, aunque, a decir verdad, esa noche no hizo falta vigilancia alguna: el vino nos dejó a todos fuera de combate y uno a uno fuimos cayendo en un profundo sueño.

CONTINUARÁ

Javier Martí, escritor y colaborador de ONDAGUANCHE

Florentino López Castro

Florentino López Castro

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