RELATO CORTO (PRIMERA PARTE): «NUEVE VIDAS. UN MISTERIO» POR JAVIER MARTÍ

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«Inmortalizar los acontecimientos»

Comenzamos a andar por aquel camino entre huertos de naranjos. Unos en flor, otros ya con las primeras naranjas de la temporada colgadas de aquellas ramas que deleitan la vista con los anaranjados rojizos y dorados y el blanco de la flor del azahar.

El aroma era tal, que a más de uno le venía la tentación de recoger alguna naranjilla caída del árbol que, posada en la tierra mojada, invitaba a comerla.

-Voy a coger una naranja: me está apeteciendo mucho probar su zumo -dijo Pablo, acercándose con cautela hasta el huerto.

-Ve con cuidado con el guarda -dijo Pepe, viendo a lo lejos acercase rápidamente al guarda que encañonando su escopeta nos hacía señas.

Anselmo, como otras veces, tomando fotos con su cámara que siempre llevaba dispuesta para inmortalizar los acontecimientos que posteriormente recordaríamos todos.

– ¿Quién se ha creído Usted que es para coger naranjas del huerto? -exclamó el guarda sin dejar de apuntar con su escopeta a Pablo que asustado lo miraba sin saber qué hacer.

Anselmo no dejaba de hacer fotos. Era como si su cámara fuera una ametralladora… traca, traca, traca, traca… tracatá: no paraba de inmortalizar lo que sucedía en ese momento, en cada instante.

-Deje de hacerme fotos -dijo el guarda, apuntando con su escopeta a Anselmo que quedó mudo y paralizado, sin saber qué hacer.

-Verá señor Guarda, -respondió Pablo, sin dejar de mirar a aquellos dos cañones que viraban de un lado para otro sin dejar de apuntar a los presentes. Yo soy veterinario y, por mi profesión, me gusta comprobar si los alimentos están en buenas condiciones para los animales… Y como casi siempre suele pasar, algunas de las naranjas del suelo terminan como comida de los animales y debo comprobar que son buenas.

-Si es así… vale… -dijo el guarda bajando su escopeta. -Pueden coger dos o tres cada uno, pero las del suelo… las de los árboles no.

-Te… te…  tese tranquilo señor gua… gua… guarda, -dijo Paco, medio tartaja del susto al ver semejante escopeta con la que les seguía encañonando el guarda entre sus manos. Solo cogeremos lo que nos diga y nos marchamos… seguimos nuestro ca… ca… camino.

-Y… ¿se puede saber a dónde van? -dijo el guarda muy intrigado viendo el grupo que formábamos todos con nuestras mochilas y arrastrando el carro de las provisiones y material de montaña.

-Vamos a escalar aquella montaña… la del fondo -dijo Juan, sonriendo al guarda.

-Pues si van a escalar aquella montaña del fondo -dijo el guarda asombrado, necesitarán provisiones para la escalada, y mirando a Paco le indicó que cargara bien de naranjas su mochila que era la que menos carga tenía, o eso le pareció al guarda.

Después de reponer fuerzas, comer unas naranjillas y cargar la mochila de Paco, y algunas cajas vacías que cogimos del huerto y colocamos bien tapadas en el carro, emprendimos el camino que, poco a poco, se iba extendiendo entre los huertos de naranjos.

Llegamos hasta un lugar de altos pinos llenos de unas hermosas piñas cargadas de piñones que, con el movimiento del viento, caían sin cesar como si piedras de granizo fueran.

Nos refugiamos en una zona donde las ramas inclinadas hacían las veces de una cabaña natural que casi no dejaban pasar la luz del sol.

Cerca de nosotros, a escasos metros, sonaba la caída de una cascada de agua.

Era ya la hora de comer, y viendo que la montaña quedaba algo lejos y que no llegaríamos a su falda a la hora prevista, decidimos montar nuestro campamento y dedicar la tarde a descansar, reponer fuerzas, asearnos en aquella cascada de aguas cristalinas que, desde lo alto de la colina, caía a una gran balsa que los pastores utilizaban como abrevadero para sus rebaños.

Era necesario reposar y recuperarlos, y decidimos pasar la noche en esa pinada que invitaba al descanso.                                    

Alzamos las tres tiendas de campaña en forma de estrella de tres puntas, dejamos un espacio lo suficientemente grande para poder sentarnos formando un círculo y vernos las caras por la noche como ya era costumbre nuestra en las acampadas.

Colocamos las piquetas metálicas con hilos de pescar alrededor de las tiendas a varias alturas: eso nos garantizaba una cierta seguridad en la noche mientras dormíamos, y servía de aviso a los centinelas.

Preparamos un vivac en el suelo que protegimos con unas piedras.

Recogimos leña seca para hacer un fuego y calentarnos, pues las nubes se desplazaban con gran rapidez y se presagiaba una noche algo movida con frío y viento.

Para evitar que el viento levantara los rescoldos de las brasas, Paco sacó la rejilla que utilizábamos para asar la carne y la puso sobre el fuego evitando así que las chispas saltaran fuera del vivac.

Sin perder de vista el campamento, dimos un paseo por los alrededores contemplando aquella maravillosa cascada que, al chocar con las piedras que formaban el recodo del riachuelo, emprendía su camino a lo largo de aquella extensión de terreno, de aquellas hermosas montañas pobladas de pinos y mucha vegetación.

La hora de la cena estaba cerca; los estómagos reclamaban algo con sus ruidos.  Juan y Pepe, los cocineros de esa jornada, prepararon la cena. Una buena sopa bien caliente, unos churrascos bien hechos, unas patatas asadas con «ai-oli», unos tomates aliñados y un vinito tinto para acompañar, fueron los componentes de aquella cena que bien nos alegraba la noche.

– ¿Qué tenemos de postre? -preguntó Paco, con aquellos ojitos sonrojados por el vinito y el resplandor del fuego.

– ¡De postre!, -exclamamos todos, a la vez que mirábamos su mochila.

-De postre tenemos las naranjillas que hay en tu mochila -dijo Anselmo, menos las que te has ido comiendo por el camino.

Jugamos un rato a las cartas, hasta que llegó el momento de ir a dormir y, por sorteo dispusimos los turnos de vigilancia y de sueño.

El primer turno de vigilancia lo harían Paco y Pepe; el segundo, Juan y Pablo, y el tercero Anselmo, Iñaki y Yerai.

No habían transcurrido ni quince minutos de la primera guardia, cuando Paco comienza a mirar por sus prismáticos de visión nocturna y divisa un número indeterminado de esferas luminosas se van acercando sigilosamente hasta el campamento.

Alertando el campamento, tomamos las precauciones necesarias para evitar el factor sorpresa y esperamos acontecimientos.

Pepe, desde lo alto de un pino, divisa varias figuras entre las sombras de la noche y con suaves golpecillos en su armónica nos va indicando el número y la posición: son pequeños grupos de siete u ocho individuos los que sigilosamente se van acercando.

Al grito de ¡ya! que Pepe nos hizo, salimos de las tiendas de campaña, encendimos los focos de las linternas y… ¡sorpresa!

Ante nuestros ojos semi dormidos aparecen 3 grupos de lindas ardillas que, por su tamaño y pelaje, bien pudieran haber pasado por crías de osos pardos en busca de comida.

Sin decir nada, ni un brusco movimiento, las ardillas pasaron por delante de nosotros.

Ninguna se volvió. Nadie se movió ni dijo nada. Ellas siguieron su camino alejándose sin hacer ruido. Nos quedamos parados contemplando aquellas tres perfectas formaciones que, sin miedo aparente, proseguían su marcha camino de… ¡Dios sabe dónde!

Volvimos a nuestras tiendas no sin antes comentar lo que acabábamos de ver y anotar lo sucedido en nuestros diarios.

Un rico aroma de café recién hecho nos anuncia que un nuevo día empieza a amanecer.

Poco a poco vamos saliendo de las tiendas con nuestras tazas dispuestos a calentar nuestras frías manos con ese rico café que Anselmo nos ha preparado.

Mientras tomamos el café, comentamos lo sucedido en la noche, una anécdota más para contar a nuestros amigos a la vuelta de nuestra aventura que no había hecho más que empezar.

CONTINUARÁ

Javier Martí, escritor y colaborador de ONDAGUANCHE

 

Florentino López Castro

Florentino López Castro

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