RELATO CORTO (OCTAVA PARTE): «NUEVE VIDAS. UN MISTERIO» POR JAVIER MARTÍ

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«Quedamos sin habla al presenciar aquello»

Corrimos al corral para ver lo que sucedía, y al llegar al lugar donde la oveja había parido, nos quedamos petrificados, sin habla, asombrados, y por qué no decirlo, aterrorizados al presenciar aquella escena: era un carnero negro con cinco patas y dos cabezas, una más grande que la otra y… ¡el animal estaba vivo!

– ¡Esto es obra del diablo! -exclamó “La Trini”, llevándose las manos a la cabeza.

– ¡Jamás había visto semejante cosa… y además… un carnero negro… de una oveja blanca! –exclamó Roque.

-Debemos darle muerte enseguida, -dijo “La Trini”, esto es obra del diablo. Esta criatura es la reencarnación del mismísimo diablo y hay que matarlo ya.

-Roque, coge el hacha y matémoslo, -dijo “La Trini”.

– ¡No!, no lo maten como dice “La Trini” –exclamó Pablo. Este animal debe ser llevado a un laboratorio y ser estudiado… Es algo único, jamás antes se había visto un ejemplar igual.

-Y… ¿qué hacemos? –preguntó Pepe, a la vez que miraba fijamente al carnero.

-Yo le pondré una inyección de pentotal sódico y morirá sin dolor, -dijo Pablo, mientras preparaba la inyección. Matarlo de un hachazo no serviría para su estudio porque se desangraría y perderíamos lo esencial: su sangre.

-Hagamos como dice Pablo, -comentó Roque. ¡Y cuanto antes mejor!

-Y… ¿qué hacemos con la oveja? –preguntó “La Trini” con aquellos ojos de espanto al ver al animal.

-La oveja la mato yo, que para eso soy el pastor, -dijo Roque, con lágrimas en los ojos.

-Pero la oveja nos la comeremos, ¿no? –preguntó Yerai.

– ¡No!, la oveja no se la puede comer nadie… Está endemoniada –dijo “La Trini”. La oveja hay que matarla y quemarla lo más lejos posible del corral.

-Sí, me parece buena idea, -dijo Roque. Conozco el lugar idóneo para ese menester.

– ¿Dónde?… –preguntó Iñaki.

-En la casa de Los Guzmán, -dijo Roque. Y ha de ser antes de que caiga la tarde.

Atando a la oveja con una soga, Roque la sacó del corral y la llevó hasta la casa de Los Guzmán. La metió en la cocina y de un certero hachazo le cortó la cabeza. Preparó unos troncos en forma de camastro y puso a la oveja sobre estos y prendió fuego con la ayuda de unas secas hierbas y cubriéndola de romero y otras plantas aromáticas la dejó quemándose.

Nadie quiso quedarse para ver aquella dantesca incineración de la oveja. Marchamos del lugar con la mirada puesta en los pies.

El fuerte olor a carne quemada, socarrada por el fuego nos provocaba arcadas y más sabiendo y recordando lo pasado en el corral.

Regresamos al corral con la intención de limpiar el lugar del parto, era necesario desinfectar el lugar donde la oveja había parido para que los otros animales no fueran a impregnarse de la sangre derramada en el mal parto.

Calentamos agua hasta que hirvió y, con la ayuda de un pozal con lejía y dos escobones, Roque y Pablo lavaron y desinfectaron el lugar, todo lo que la oveja había pisado. Los demás nos encargamos de que ningún animal se acercara al lugar del parto.

Una vez muerto el carnero, lo envolvieron con unas telas y plásticos y lo metieron en un cajón con hielo para conservarlo.

Salimos del corral en silencio, llenos de preguntas, de dudas, asombrados por lo que habíamos visto.

Comimos en la casa de “La Trini”. El silencio reinante hacía que la comida pareciera la de un funeral en vez de una comida de familia en un domingo casi de primavera.

Cuando empezaba a anochecer, volvimos a la casona. “La Trini” y Roque quisieron acompañarnos y se quedaron a dormir con nosotros, nos vieron tan afligidos que no nos quisieron dejar solos. Los perros se quedaron en el corral… tenían que guardar las cabras y ovejas.

Comentamos lo sucedido y en la escena que nos encontraríamos al día siguiente cuando fuéramos a la casa de Los Guzmán, a ver el estado en que había quedado aquella incineración de la oveja.

La noche era algo fría y húmeda, triste y a la vez con un ambiente de misterio. Una buena sopa caliente de verduras fue la cena y poco más.

A la mañana siguiente fuimos a la casa de Los Guzmán para ver cómo había quedado la incineración de la oveja, recoger las cenizas y enterrarlas lo más lejos posible del pueblo.

Al entrar en la cocina nos llevamos una inesperada sorpresa que nos dejó sin habla, sin saber qué decir: la cocina estaba totalmente limpia, ni rastro de las cenizas de los leños ni de la oveja.

Era como si allí no hubiera pasado nada el día anterior.

No dábamos crédito a lo que veíamos.

Todo estaba limpio, nada podría decir que allí se había incinerado un animal.

Era un misterio.

Había desaparecido todo, estaba tan limpio o más que el primer día que entramos en aquella misteriosa casa que nos llamó la atención.

Roque no daba crédito a lo que sus ojos veían. Todo estaba muy limpio, como si no hubiera pasado nada.

-Esto es muy raro, -dijo Pepe.

– ¿Estáis seguros que ésta es la casa de Los Guzmán? –preguntó Paco, mirando la fachada.

 -Completamente seguro, -dijo Roque, conozco muy bien todas las casas del pueblo y esta es la de Los Guzmán, no hay duda.

-Pues no le encuentro explicación a lo ocurrido, -dijo Paco, encogiéndose de hombros.

Pepe, Yerai, Juan e Iñaki formábamos un pequeño grupo alejados de la casa y comentábamos lo sucedido entre nosotros:

-Roque no pudo ser, y “La Trini” tampoco, ambos durmieron anoche con nosotros, -dijo Pepe, a no ser que Roque saliera de la casa sin que nos diéramos cuenta y al regresar, “La Trini” le abriera la puerta, otra cosa no creo posible.

-No digas tonterías, -replicó Yerai. Es imposible que fueran ellos.

– ¿Por qué dices eso? –preguntó Iñaki.

-Porque yo cerré la casa con la llave y la metí en el bolsillo de la cazadora y ha estado toda la noche conmigo, -dijo Yerai, en voz baja para que nadie le oyera.

-Tienes razón, -dijo Juan, ahora me explico por qué te movías tanto durmiendo en el saco.

-Era porque me la estaba clavando en la espalda, -dijo Yerai, a la vez que se frotaba la espalda con la mano.

-Pues como no hayan sido todos los espíritus de Los Guzmán que han venido a limpiar su casa, -comentó Juan, ya me contarás…

-Vete tú a saber, -dijo Pepe, que no paraba de moverse de un lado para otro mirando la cocina con asombro desde la puerta de la casa.

-Tenemos que averiguar lo que aquí ha pasado… y a ser posible esta misma noche, -dijo Juan, saliendo de la casa con las manos en la cabeza. Esto no es lógico, no tiene sentido.

– ¡Perfecto!, -exclamó Juan. Voy a disponer lo necesario para pasar la noche aquí y ya veremos lo que pueda ocurrir, si es que sucede algo.

-Te ayudo, -dijo Paco. Cogeremos los péndulos, las varillas de Radiestesia, los aerómetros, los sensores de movimiento, los sensores de luz nocturna, los infrarrojos, harina e hilo de pescar.

– ¡Bien! –dijo Juan, vamos rápido, tenemos mucho que montar por toda la casa y cuanto antes lo tengamos preparado y comprobado que funciona, mejor. Tiene que estar todo dispuesto para que esta noche no falle nada.

-Yo voy a poner mi granito de experiencia, -dijo Pepe. Voy a preparar unos compuestos químicos para que, si apareciera algo o alguien, lo podamos ver. Voy a prepararlos con pigmentos fluorescentes.

-Cuanto más material tengamos mejor, -comentó Juan.

Buena parte de la mañana la empleamos en colocar y probar todo el material por toda la casa. Esparcieron la harina por las escaleras y ante las puertas. También por las ventanas y la puerta de la azotea. Todo estaba dispuesto…

Colocaron sensores de luz en las escaleras, y de infrarrojos en las puertas y ventanas.

Después de la comida, en la sobre mesa, sobre el plano de la casa que había hecho Pepe de la casa de Los Guzmán, trazaron el plan a seguir para que, llegada la noche, cada uno ocupara su lugar y así estar atentos a cualquier movimiento sospechoso que se produjera. Los Walkie-talkie en modo de vibración e iluminación de baja densidad, uno para cada uno.

-Yerai y Pablo, en la cocina, -dijo Juan. Pepe y Anselmo, en la planta superior, junto a la escalera. Paco y Juan, en el comedor. Iñaki y Roque, que también se unió, en el patio trasero, junto al cobertizo y la puerta que daba a la huerta.

“La Trini” se quedó en la casona acompañada por “Sultán” y “Tara”, los perros de Roque, para que estuviera tranquila y éstos la protegieran.

De parte a parte de la calle y en el callejón, colocaron sensores sonoros de infrarrojos, para detectar cualquier movimiento que se produjera.

Estaban todos ansiosos de que algo sucediera lo antes posible. La noche avanzaba y nada sucedía. Las horas pasaban lentamente y el sueño se hacía evidente en alguno que, sin pretenderlo, alguna cabezada llegó a dar.

Yerai, que estaba en la cocina cerca de la campana de los fogones de leña, sintió un intenso frío en su espalda.

Dando un ligero toque con su pie derecho alertó a Pablo de que algo extraño estaba ocurriendo, algo presentía, algo le había rozado por la espalda y mirando de reojo a la campana de la chimenea observó como algo se deslizaba lentamente…

 Era una sombra que subía y bajaba lentamente por el hueco de la campana… Y en un momento inesperado quedó quieta ante ambos.

Avisando a los demás, esperaron impacientes lo que pudiera suceder.

Con suavidad movieron el sensor de luz hacia la campana y quedaron sin poder gesticular palabra alguna al contemplar con total nitidez de visión como aquella extraña sombra les estaba mirando fijamente.

Bajo aquella capa con capucha se escondía la tierna imagen de una bella mujer de ojos verdes y mirada angelical. Rubios y largos eran sus cabellos…

La visión duró escasos segundos… los suficientes para que quedasen grabados en la mente de Yerai que fue el único que pudo verla.

Lentamente ésta se movió por la cocina, recorrió toda ella y exhalando su frío aliento, dejó a Yerai y a Pablo profundamente dormidos, no sin antes decirle a Yerai que viera en la escalera que bajaba al sótano lo escrito en ella.

La sombra recorrió toda la casa de parte aparte, y conforme pasaba delante de Pepe y Anselmo, de Paco y Juan, de Roque e Iñaki, exhalaba su frío aliento dejándolos a todos profundamente dormidos sin que pudieran reaccionar.

Cuando despertaron, todos a la vez, no podían creer lo que les había pasado a Yerai y Pablo que repetían una y otra vez lo mismo… Habían visto la sombra frente a ellos…

Yerai repetía una y mil veces ante la mirada incrédula de sus amigos, que la sombra le había hablado de algo que había en la escalera del sótano… una inscripción en la pared.

-Yerai, tú con tal de llevarnos al agua eres capaz de inventarte lo que sea, -comentó Paco.

– ¡No!… no me invento nada… -dijo Yerai poniendo cara de enfado y muy serio. La sombra me dijo eso, que en la pared de la escalera que da al sótano hay algo escrito.

-Bueno, haya paz, -dijo Juan. Bajemos esa escalera y veamos qué es lo que hay. Total, ya que estamos, no vamos a pasar la noche sin averiguar algo concreto.

Bajaron lentamente la escalera del sótano mirando las paredes sin encontrar nada escrito… o eso pensaban ellos.

-Yerai, tienes la imaginación de un extraterrestre por lo menos, -dijo Paco. Mira que inventarte semejante historia. Seguro que te bebiste la botella de vino y lo que estabas era alucinando en colores tu solo… seguro…

Todos reían menos Juan que, con su linterna de luz ultravioleta, revisaba las paredes de la escalera palmo a palmo hasta llegar al sótano y descubrir en la pared unas letras escritas con tinta roja que, por el tiempo que hubiera pasado, estaban muy descoloridas.

– ¡Mirad, mirad! –exclamó Juan. Yerai tenía razón, aquí puedo leer algunas palabras… frases diría yo…

Todos dejaron de reír. Se miraban atónitos y, como quien no quiere la cosa, saltaron todos y fueron, escaleras abajo, a ver qué es lo que estaba escrito en la pared.

-No corráis, no corráis… no sea que os vayáis a dar un mamporro, -dijo Pepe. Recordad que pusimos harina en la escalera y eso resbala. Id despacio, sin correr…

-Mejor será que bajéis de uno en uno, -comentó Juan, este espacio es pequeño y no cabemos todos a la vez: mejor que baje uno y luego otro.

CONTINUARÁ

Javier Martí, escritor y colaborador de ONDAGUANCHE

 

Florentino López Castro

Florentino López Castro

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