«MI PEQUEÑO HOMENAJE»

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Esta entrega la iba a dedicar al sentimiento colectivo de alegría de ver correr el agua a chorros por los barrancos, pero hay noticias que te hacen parar y resituarte. Reconectar con aquello que te impulsó a dar un paso al frente: dar la batalla por los tuyos y tu tierra.

Nos amanecimos con el mensaje en el grupo de las amigas, rompiéndonos por la mitad. ¿Cómo va a ser posible si tu madre estaba respondiendo bien al tratamiento? “Porfa avísanos desde que sepas más para acompañarte en el velatorio”.

Lo cuento en el trabajo para ver si puedo salir antes y recupero las horas en otro momento, pero no me dejan porque tengo una reunión “importante” y el asunto es “urgente”. Una vez más, la rueda de la producción capitalista aplastando a la comunidad.

Me recoge mi amigo Tato a la salida, porque si tengo que esperar por la guagua me demoro una hora más y yo lo que quiero es ir a contenerla ya. La veo al fondo, hinchadita la cara del llanto, para abrazarnos y que me diga que nos dejó Maricarmen. Es ahí donde entiendo la dimensión de su pérdida, la más inmensa, que conecta con el significado de la mía, más chica pero igualmente dolorosa, por todo lo vivido en común.

En la última rama que estuvimos juntas me acuerdo que fui hasta Schamann, de culocoche, para ayudarles a cargar la compra y las maletas. El portabulto a reventar de bebida y comida para todo el que se acercase a la casa de Paquita la del puente. Ponemos rumbo norte, viento oeste. “¿Estoy guapa, Luis? ¿Te gusta el vestido?”, me pregunta Maricarmen. Es el día más especial para los culetos, y ella, como cada año, tan coqueta, tan bien vestida, pintada y enjoyada.

Quién me iba a decir que ese año sería mi último con ella, en esa casa llena de parranda, música y gente, con los calderos a rebosar de carne mechada, los panes partidos a la mitad y las cervezas en la nevera. Me acuerdo que estaba especialmente feliz de ver que por fin, tras tanto esfuerzo, su hija se había sacado la plaza de profesora. Muy orgullosa de su niña. “Una menos que se quedan los peninsulares”, me dijo muerta de la risa.

Ay Ale, en los momentos más difíciles siento que no te supe acompañar como amigo. Me lo decía mi hermana Magdi, “Luis, eso no, no te dejes ir con tus amigas”. Ahora estoy en el pico de la culpa, trabajando en la reparación. Me consuela pensar que la dictadura de la sociedad consumista y posmoderna nos exige demasiado.

Trabajar al mismo tiempo que nos formarnos para no perder competencias, entrenar para ganar masa muscular, estirar para que lleguemos dignos a la vejez, comprar en las tiendas del barrio fruta, verdura, carne y pescado, cocinar lento, tener la casa al día, ir a visitar a la familia, no perder de vista a las amistades, comprometernos en la vida social y política porque solo somos frívolas en apariencia, participar de alguna actividad cultura,  tener citas para cuando llegue el invierno…

¿Quién coño puede con todo eso? Es la sociedad del cansancio. Pero es que además, vivimos en una sociedad quebrada. Casi todas rozando los cuarenta y es ahora, justo ahora, cuando empezábamos a ver una rendija de luz.

El sábado mientras celebrábamos el cumple a Aben estabas feliz, enralada y pletórica, igualita que tu madre. Como cuando nos conocimos en Chile, nos mudamos a Lanzarote y nos reencontramos en Gran Canaria. Me consolé pensando que todo se había calmado. Que por fin estamos consiguiendo hacer realidad nuestros proyectos vitales. Que ninguna tiene en mente hacer la maleta para marcharse de la isla porque tenemos trabajo. Que conseguimos evitar que dos guiris se hiciesen con casas en Agaete.

Pero no, la vida se te puso más puta aún si cabe, con la de disgustos y desconsuelos que nos habíamos llevado del año acabante de cerrar.

Y en el velorio, entre las lágrimas, también te noté tu chispita en los ojos y la lengua socarrona, imitando lo que ella se preguntaría. «¿Y vino mucha gente, Ale? ¿Quiénes vinieron? ¿Me dejaron guapa?» Tú muerta de la risa. Una digna hija de su madre. Y hoy, en el entierro, despidiéndola entre flores, llantos, canciones y una ronda de chupitos. Porque otra cosa no, pero tu madre sabía del arte del disfrute, con el cigarro y la copa en la mano. Así siempre la voy a recordar.

Ay, Maricarmen, qué pronto nos dejaste, pero ponte tranquila allá arriba que tus hijas van a mantener vivo tu legado. Estate orgullosa porque siempre serán la familia del puente. Y a nosotras que nos dejen disfrutar de Agaete, todos los 4 de agosto que estén por llegar. Y cuánto te vamos a extrañar.

“Llorar como lloré, nadie debe llorar

Amar como yo amé, nadie debe amar

Lloraba que daba pena

Por amar la Magdalena”

Luis de la Barrera, portavoz de Drago Gran Canaria

 

Florentino López Castro

Florentino López Castro

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