Hay gobiernos que gobiernan. Otros gestionan. Y luego está el Ayuntamiento de Telde, que ha elevado a categoría política una disciplina mucho más sofisticada: la negación creativa. No hablamos de negar por ignorancia —eso sería hasta comprensible—, sino de negar con informes en la mano, análisis científicos sobre la mesa y playas cerradas de fondo. Todo un arte.
Porque lo que está ocurriendo con la contaminación de la costa teldense ya no es un problema medioambiental: es un experimento sociológico. ¿Cuántas veces se puede repetir una versión antes de que la realidad, agotada, se rinda? Spoiler: la realidad no se rinde.
El ecologista Honorio Galindo Rocha lo explicó sin necesidad de power point: aquí alguien se tiró a la piscina sin mirar… y cuando se dio cuenta de que no había agua sino residuos, decidió seguir nadando en el aire. Y claro, ahora toca convencer a la ciudadanía de que el olor a azufre es imaginación colectiva y que la Escherichia coli es una influencer exagerada.
Mientras tanto, playas cerradas, vecinos mosqueados y una ciudad entera preguntándose si el siguiente comunicado municipal vendrá con subtítulos de ciencia ficción. Porque cada nuevo informe técnico hace lo mismo: desmonta el relato oficial como quien desmonta una carpa de feria después del carnaval.
Los análisis hablan de contaminación fecal, de sustancias químicas, de niveles que multiplican por cientos lo permitido. Pero tranquilos, que aquí no pasa nada. Según el discurso oficial, las bacterias deben ser turistas despistadas y las manchas marinas simples efectos ópticos provocados por el sol de invierno.
Eso sí, había que buscar un culpable. Y se buscó. Y se señaló. Y se apuntó con el dedo bien firme. La empresa Aquanaria fue la elegida para el papel protagonista del villano. Pero qué mala suerte: inspecciones, controles y consejerías varias han terminado diciendo que las jaulas están limpias, los peces sanos y las instalaciones en regla. Vamos, que el malo del cuento salió ser un figurante.
Y entonces llega el momento incómodo. Ese en el que alguien debería decir: “Oiga, igual nos equivocamos”. Pero no. En Telde eso no se estila. Aquí se prefiere doblar la apuesta, subir el volumen y esperar que la ciudadanía se canse antes que la verdad.
Porque reconocer el error implica responsabilidades. Y las responsabilidades son como el emisario 222: mejor no mirarlas muy de cerca.
Lo verdaderamente preocupante no es ya el error inicial, sino el silencio posterior. El de quienes saben. El de quienes callan. El de quienes miran al techo mientras cobran una nómina pública y piensan que esto se arregla solo. Spoiler número dos: tampoco.
Y aquí aparecen las del “eso lo arregla el alcalde”, una subespecie política muy común en los pasillos municipales. Personas con cargo, despacho y sueldo público que han perfeccionado el arte de la desaparición selectiva: no desaparecen para cobrar, ojo, solo para opinar, decidir o asumir responsabilidades.
Son también las del “lo mío termina en la arena”, como si la contaminación pidiera permiso antes de cruzar competencias. Como si las bacterias supieran de organigramas. Como si el mar dijera: “hasta aquí llego, que esta concejalía no es la mía”.
Ese “no es de mi área” ya es casi patrimonio cultural inmaterial de Telde. Un mantra repetido con la misma convicción que el “yo solo pasaba por aquí”, pero con nómina fija y complemento específico. Y mientras tanto, el problema sigue, las playas cierran y la vergüenza institucional sube como la marea.
La pregunta que flota en el ambiente —junto a otras cosas menos agradables— es clara:
¿A quién se está protegiendo?
¿Quién merece tanto esfuerzo, tanto teatro y tanta negación?
Porque cuando los informes señalan a infraestructuras municipales, cuando hay procedimientos sancionadores abiertos y cuando las excusas ya no convencen ni a los guionistas de Netflix, seguir negando no es gobernar: es hacer el ridículo institucional.
Por eso, ya va siendo hora de que las autoridades competentes actúen de verdad. Que investiguen hasta el final. Que no miren carnés ni cargos. Que no acepten silencios como respuesta. Que caiga quien tenga que caer.
Y que también respondan los cómplices mudos. Los del “yo no sabía”, los del “eso no va conmigo”, los del “mejor no meterse”. Porque el silencio, cuando se cobra a final de mes, no es neutral: es colaboración necesaria.
La ciudadanía de Telde no pide milagros. Pide algo mucho más sencillo y, al parecer, revolucionario: la verdad. Sin maquillaje. Sin relatos prefabricados. Sin piscinas imaginarias.
Porque por mucho que se repita una mentira, el mar no entiende de propaganda. Y las bacterias, desde luego, tampoco.
Juan Santana, periodista y locutor de radio
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