Antes de la aparición de las cianobacterias —con registro fósil en el oeste de Australia— hace más de 3.500 millones de años —, la Tierra estaba habitada por formas de vida procariotas más simples y anaerobias, como arqueas y bacterias fotosintéticas anoxigénicas. El planeta tenía una atmósfera reductora, casi sin oxígeno, alta actividad volcánica y océanos ricos en hierro, bombardeada por meteoritos y cometas, con una atmósfera de metano, dióxido de carbono y amoniaco.
Los estudios genómicos sugieren que los antepasados de las ciabacterias modernas se separaron de otras bacterias, desarrollando la fotosíntesis oxigénica poco después. Fueron los primeros organismos fotosintéticos en producir oxígeno, lo que provocó “La Gran Oxidación”, cambiando drásticamente la atmósfera del globo terráqueo, y hubo un efecto oxidante severo tanto de la superficie geológica, como en la “fauna” microscópica de la época; y a pesar de su antigüedad, hoy en día, siguen produciendo una gran cantidad de oxígeno.
Además, el oxígeno oxidó el metano —potente gas de efecto invernadero—, convirtiéndolo en dióxido de carbono y agua —que retienen mucho menos el calor—, causando una caída global de la temperatura que desencadenó una gran glaciación huroniana, desplomándose rápidamente la temperatura y cubriendo casi todo el planeta de blanco, muriendo la mayoría de los organismos unicelulares anaerobios.
Tras la glaciación la vida sobreviviente dio paso al dominio de la vida aeróbica —que utiliza el oxígeno para obtener energía de forma más eficiente—, sentándose las bases para la evolución de la vida eucariota y multicelular más compleja.
Al estar la Tierra cubierta de hielo, se detuvo la meteorización química —proceso que elimina el dióxido de carbono de la atmósfera al reaccionar con las rocas–, mientras los volcanes continuaban liberando CO2 de forma ininterrumpida, alcanzando niveles tan altos que el efecto invernadero superó el enfriamiento, iniciando un derretimiento acelerado, pasando el planeta de un frío extremo a un calor intenso, debido al exceso de gases de efecto invernadero acumulados.
La estabilización del planeta tras el caos térmico de la glaciación Huroniana fue posible gracias a un sistema de autorregulación geológica conocido como el termostato de la Tierra o el ciclo carbonato-silicato, que funciona como un mecanismo de retroalimentación negativa que equilibra el clima a escalas de millones de años.
Cuando el planeta se calentó drásticamente por el CO2 acumulado, el ciclo de meteorización (que se había detenido por el hielo) no solo se reinició, sino que se aceleró violentamente. El calor extremo aumentó la evaporación y las precipitaciones. El agua de lluvia reaccionó con el CO2 atmosférico para formar ácido carbonico, el cual “disolvió” las rocas de silicato en la superficie. Los productos de esta erosión (iones de calcio y bicarbonato) llegaron a los océanos, donde se combinaron para formas rocas carbonatadas (como la caliza), atrapando el carbono en el lecho marino durante millones de años. Para que el sistema no se quedara sin carbono (lo que enfriaría el planeta de nuevo), la tectónica de placas actuó como el reciclador. Las rocas carbonatadas en el fondo del mar son arrastradas hacia el interior de la Tierra por subducción —una placa continental u oceánica más joven se hunde lentamente en el manto terrestre, destruyendo corteza y generando el magma que da vida a volcanes y nuevas cordilleras—, permitiendo el reciclaje y la renovación del planeta. Allí, el calor y la presión liberan de nuevo el CO2, que regresa a la atmósfera a través de las erupciones volcánicas, manteniendo un flujo constante. A lo largo de los eones, este ciclo se ha ido ajustando para compensar que el Sol es cada vez más brillante (un 30% más que hace 4.000 millones de años): Si el Sol calienta más, la meteorización aumenta y retira más CO2, enfriando el planeta y, si el planeta se enfría demasiado, la meteorización se frena, permitiendo que el CO2 volcánico se acumule y caliente la atmósfera. Este termostato ha mantenido a la Tierra en un rango habitable, permitiendo que el agua permanezca líquida.
La antigüedad del berro está ligada directamente a ser una planta perenne y su naturaleza silvestre. Y debido a la gran capacidad de adaptación en medios acuáticos naturales, y que por su estructura hueca y rastrera le permite extenderse rápidamente por arroyos y manantiales de aguas claras; así, los humanos primitivos siempre la tenían a mano sin necesidad de cultivarlos.
El potaje de berros es uno de los platos más tradicionales y nutritivos de la gastronomía de las Islas Canarias, especialmente popular en la Gomera y Tenerife. Se caracteriza por ser un guiso meloso, de color verde, con el toque característico del berro, la piña de millo y el ñame; de sabor intenso, picante —crudo, y si se cocina como se hace en Canarias—, y fresco, …, rico en vitaminas A,C, y K, hierro y Calcio, …, con potentes beneficios antioxidantes, antiinflamatorios y para combatir la anemia.
Los berros silvestres pueden estar contaminados con Fasciola hepática, por lo que se recomienda lavarlos escrupulosamente con lejía alimentaria en la proporción de 1.5 mililitros de lejía por cada litro de agua, sumergidos durante 5 minutos, y lavar abundantemente, y/o consumir berros cultivados y lavarlos adecuadamente como cualquier otra verdura.
Si se decide comer berros en ensalada, el agua mineral natural certificada, es la mejor opción. Para comerse un potaje de berros hay que tener una buena compañía, un escaldón de gofio, una cebolla roja, una esencia pura de Listán Negro de El Palmital de Telde, en la isla Gran Canaria — joya genética superviviente de la filoxera que arrasó los viñedos de toda Europa—, y cualquier queso canario de cuajo animal del sureste de Gran Canaria, o —gracias al esfuerzo artesanal de productores de los altos de Guía y Gáldar- cualquier queso tradicional canario.
Tomas Arencibia Mireles / Imagen: Adriana Arencibia López
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