La política, en su vertiente más pragmática, suele regalarnos paradojas fascinantes. La última nos llega de la mano del alcalde Peña y su encendido elogio a la figura de Juan Martel, flamante concejal de Cultura y Servicios Municipales, aunque no lo parezca.
Al escucharlo, uno podría pensar que estamos ante el descubrimiento de un nuevo talento de la gestión pública. Pero la hemeroteca, esa enemiga implacable del relato impostado, nos dice otra cosa; Martel no es el futuro; es el pasado que se niega a pasar.
El alcalde afirma que integraría a Martel en su lista «con los ojos cerrados». Es una frase potente, cargada de una supuesta emotividad, pero que en el tablero electoral suena más bien a claudicación ante la aritmética. Dice Peña que Martel ha demostrado lealtad «con hechos». Y es cierto. Martel ha sido leal a casi todas las siglas que han tenido la oportunidad de tocar poder, sobreviviendo a mareas, tormentas y cambios de ciclo.
Lo de Martel no es solo veteranía, es un caso de estudio sociológico-político, es el único concejal en activo que sobrevive desde el siglo pasado. Mientras el mundo cambiaba, las tecnologías caían y las ideologías se transformaban, él permanecía en su silla.
Ha pactado con alcaldes y alcaldesas de todos los colores políticos imaginables, demostrando una elasticidad ideológica que raya en lo asombroso. Su presencia en el consistorio es la única constante en una ecuación donde las variables siempre cambian.
Aquí es donde el proyecto de Primero Canarias (Ciuca) se sitúa frente al espejo y la imagen que le devuelve es contradictoria. Se nos habla de renovación, de un marco político fresco y de una nueva forma de hacer las cosas. Sin embargo, para cimentar ese «cambio», se recurre a un político que ya ocupaba su escaño antes de que muchos de los votantes actuales hubieran nacido. ¿Se puede llamar «renovación» a integrar al único superviviente de la política del milenio anterior?
La estrategia es clara; el intercambio de cromos. Peña aporta la marca “nueva” y el barniz de modernidad de Primero Canarias (Ciuca). Martel, por su parte, aporta el «suelo», esa red de contactos y votos cautivos que solo se consiguen tras más de tres décadas de equilibrismo institucional. Es una simbiosis de supervivencia, no un proyecto de transformación.
Vender la inclusión de Martel como un acto de «lealtad y responsabilidad» es un reto a la lógica del votante. La lealtad en política, cuando se prolonga durante treinta años saltando de pacto en pacto, suele parecerse más al instinto de conservación que a la convicción pública.
Si la renovación consiste en cambiar el envoltorio para que el contenido del siglo pasado siga gobernando, entonces no estamos ante un nuevo proyecto, sino ante una operación de reciclaje político.
El problema de reciclar es que, a veces, los materiales ya están demasiado gastados para sostener las estructuras del futuro. El sistema local necesita aire fresco, no un recordatorio permanente de cómo se hacía política en la década de los noventa.
Domingo Calderin (El Guirre)
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