RELATO CORTO (NOVENA PARTE): «NUEVE VIDAS. UN MISTERIO» POR JAVIER MARTÍ

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«Todos pudieron ver lo escrito en aquella pared»

 Así lo hicieron. Bajaba uno, leía lo escrito en la pared y subía asombrado. Todos pudieron ver y leer lo escrito en aquella pared que, durante años, ocultó la verdad de lo sucedido en aquella misteriosa casa de los Guzmán.

Por si se borraba o desaparecía lo escrito en la pared, Juan iba leyendo en voz alta lo que estaba escrito sobre la pared y Pepe lo iba escribiendo en su libreta.

En esta casa, el diecisiete de marzo de mil novecientos trece, tuvo lugar una matanza.

Murieron degollados los seis hijos y sus Padres.

Todos los miembros de la familia Guzmán perdieron la vida a manos de los Hermanos Ronlasco Brosceau, unos desalmados… asesinos…

La matanza fue cruel y despiadada, nadie pudo socorrerles, nadie escuchó nada.

En el sótano están enterrados los cuerpos de los seis hijos en una fosa común.

Los Padres están enterrados en el patio, junto al pozo…

Todos quedaron sin habla, paralizados y con la piel de gallina escuchando el relato que pronunciaba Juan, y Pepe iba trascribiendo a su libreta.

-Y si eso sucedió así, ¿cómo es que sólo aparece una sombra, un espíritu de mujer y no los ocho espíritus de la familia Guzmán, que sería lo lógico?, -preguntó Paco, rompiendo el silencio de los allí presentes.

Nadie respondió a su pregunta, nadie se atrevía a hacer un comentario. Eran demasiadas las preguntas que se podían plantear y ninguna parecía la respuesta adecuada.

-Y si cavamos en el sótano… ¿encontraremos los cuerpos de los hijos?, -preguntó Paco, a la vez que abría la puerta que daba acceso al sótano.

– ¡Para nada! –exclamó Iñaki. Dejemos las cosas como están y pensemos fríamente qué hacer.

-Yo no soy partidario de remover todo el sótano buscando los cuerpecitos de esos pobres niños que tuvieron una cruel muerte, -dijo Yerai. Dejémosles en paz.

-Tienes razón, -comentó Roque. Es mejor dejarlo, así como está. Salgamos de aquí cuanto antes… esto me huele mal y presiento que algo malo puede pasarnos. Salgamos en silencio… salgamos rápidamente…

-No hemos casi dormido y estamos cansados, -dijo Anselmo. Vayamos a comer y descansar un poco y luego, por la tarde, veremos que hacemos.

-Sí, es lo mejor que podemos hacer ahora, -dijo Pablo. Salgamos a respirar aire puro y vayamos a la casa de “La Trini” a contarle lo ocurrido esta noche. Seguro que estará intranquila al ver que tardamos en llegar.

Salimos en silencio como dijo Roque, y deambulamos por la calle con la mirada baja y derramando alguna que otra lagrimilla por la emoción de lo vivido y escuchado. Nadie tenía ganas de hablar y menos de gastar ninguna broma.

Llegando a la casa de “La Trini”, “Sultán y Tara” vinieron a nuestro encuentro mientras “La Trini” nos miraba desde la puerta de su casa y, por la cara que poníamos todos, pensó que algo nos había pasado…

– ¿Qué os ha pasado que venís todos con cara de haber visto al diablo en persona…?  ¿Lo habéis visto?, -preguntó “La Trini” con cierta sonrisa picarona.

-Diablo, diablo, lo que se dice diablo no… -comentó Yerai. Más bien una sombra con cara de mujer. Una sombra que bajo su capucha escondía la tierna mirada de una mujer.

“La Trini” no daba crédito a lo que Yerai le estaba contando con pelos y señales. Todos estaban cabizbajos, callados, escuchando a Yerai contar lo vivido esa noche en la cocina de la casa de los Guzmán y lo que Juan había descubierto en la pared del sótano.

-Lo que mejor podéis hacer es entrar en la casona, descansar un poco, asearos, daros un buen baño con agua caliente que os tengo preparada, comer un poco y a dormir para reponer fuerzas, -dijo “La Trini”. Luego, más tarde, ya hablaremos y descansados seguro que veremos las cosas de otra forma y sabremos mejor qué hacer.

-Creo que es lo mejor que podemos hacer, -comentó Anselmo. Es una excelente idea.

-Pues no se hable más, -comentó Roque. Más tarde seguro que vemos las cosas con otra cara.

Ahora a bañarse, comer algo y a descansar, -dijo Juan.

Yo me voy al corral a dar de comer al rebaño y a ordeñar a las cabras, -dijo Roque, que eso es lo más importante ahora.

– ¡Le ayudamos!, -dijeron Yerai y Pablo, así la faena no será tanta para Usted. Tiempo tenemos para bañarnos y comer algo cuando regresemos… si es que dejan algo para nosotros.

Mientras Pablo y Roque ordeñaban las cabras, Yerai daba de comer al rebaño. Los demás, en la casona, se aseaban y comían lo que “La Trini” había preparado. Los cuerpos estaban destemplados de toda la noche en vela, y lo mejor era reponer fuerzas y descansar.

Paco se encargó de echar leña al fuego y que el salón se fuera calentando mientras los demás terminaban de bañarse y comer.

Al pasar frente a la casa de los Guzmán, Yerai giró la cabeza… y miró fijamente, por unos instantes, la ventana del piso superior: quedó petrificado.

– ¿Te pasa algo?, -preguntó Pablo, al verlo quieto y con la mirada fija en aquella ventana.

-No, nada, no me pasa nada, -dijo Yerai. Me ha parecido ver algo, pero no… seguro que ha sido mi subconsciente que me ha hecho volver a ver la sombra de la mujer.

La misteriosa sombra que Yerai creyó ver, le seguía con la fría mirada desde la azotea hasta que éste se perdió al doblar la esquina de la calle.

Aquella noche Yerai tuvo un sueño sorprendente, inesperado, misterioso, que le hizo entrar en trance y vivir, en primera persona algo que le marcó para siempre. Fue un sueño tan real que, aun hoy en día, ha comentado que lo revive en más de una ocasión.

A la mañana siguiente, Yerai contó lo vivido en su extraño sueño y el miedo que había pasado durante la noche. Acordaron que, llegada la noche, Yerai dormiría en el centro, entre Pablo y Pepe. De ese modo dormiría más relajado y vigilado por el grupo. Paco y Anselmo dormirían en los extremos, junto a las paredes, y el resto, echándolo a suertes.

El día lo pasaron sin mayor incidencia. Un paseo por los alrededores del pueblo, visitar a “La Trini” y ayudar a Roque en el corral.

Para evitar que Yerai se sintiera mal, en vez de ir desde la casa de “La Trini” a la casona por la calle principal, que era el camino más corto, rodeaban el pueblo y entraban por delante de la capilla del Arcángel San Miguel y de allí, a veinte pasos mal contados, a la casona. 

Como ya venía siendo costumbre, al llegar la noche cerraban las ventanas y contra ventanas con las vigas de hierro al igual que en las puertas, y colocando unas viejas mantas que “La Trini” les había dado, dejaron sellado los bajos de la puerta de la casa que, como era grande y estaba vieja, dejaba un pequeño espacio entre la misma y el portalón.

Encendidas las velas de los candelabros, el salón de la casona quedaba muy al estilo medieval… casi se podría decir que se acababa de hacer un torneo, y se estaba festejando la gesta del vencedor.

Las dos chimeneas, como cada noche, con sus troncos ardiendo caldeaban y coloreaban el salón.

Bien entrada la madrugada, a eso de las cuatro y media, Yerai comenzó a moverse en su saco. Sus movimientos eran bruscos, secos.

Su respiración era agitada, estaba sudando y balbuceaba palabras sin sentido: decía palabras que nada tenían que ver unas con otras. Era como si estuviera viviendo intensamente una pesadilla en la que él era uno de los protagonistas.

Anselmo se despertó sobresaltado al oír a Yerai moverse y balbucear. Avisando a los demás, observaron su comportamiento. No era normal en Yerai esa manera de dormir.

-No le despertemos, -dijo Pepe. No es bueno despertar a alguien que está soñando o en medio de una pesadilla cortarle el sueño, le podría provocar cualquier cosa y sería peor.

-Eso es muy cierto, -dijo Juan. Observémoslo y dejemos que sea él quien se despierte. Procurad no tocarlo. Dejadlo… que despierte cuando quiera.

Yerai balbuceaba palabras sin sentido, hacía gestos con la cara y las manos, estaba muy raro para cómo era él cuando dormía. En un momento inesperado giró su cuerpo sobre su lado derecho y quedó profundamente dormido, sin volver a moverse. Así pasó el resto de la noche: quieto, en un profundo sueño que nos desveló a todos, pues su respiración era tal, que sus ronquidos no dejaban dormir a los demás.

Reavivando el fuego conseguimos que dejara de roncar y pudimos echar una cabezada los demás menos Anselmo que ya se había despejado y quiso vigilar a Yerai por si despertaba… pero poco a poco oyendo los ronquidos de los demás y con el calorcillo del fuego, terminó durmiéndose sin poder evitarlo.

CONTINUARÁ

Javier Martí, escritor y colaborador de ONDAGUANCHE

 

Florentino López Castro

Florentino López Castro

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