Permitir la entrada de coches nupciales hasta la misma puerta de la iglesia de San Juan, en Telde, no es una anécdota ni una concesión sin importancia. Este sábado la caradura de los incívicos de siempre y la pasividad habitual de la Policía Local de Telde provocó un nuevo atentado contra el sentido común, contra la igualdad de trato entre ciudadanos y, sobre todo, contra la protección de uno de los espacios patrimoniales más valiosos del municipio.
La Plaza de San Juan forma parte del corazón histórico de Telde. No es un aparcamiento improvisado ni una pasarela para privilegios sociales. Si se está consintiendo que determinados vehículos accedan a ese entorno monumental para dejar y recoger a los novios a pie de templo, alguien tiene que explicar con qué criterio se autoriza semejante despropósito.
La piedra de cantería del conjunto histórico no está para soportar caprichos ni excepciones. Cada acceso de un vehículo a esa plaza supone un riesgo evidente de deterioro en un espacio que debería estar especialmente protegido. Y lo más grave no es solo el daño físico, sino el mensaje: que hay normas para unos y favores para otros.
La Policía Local y el Ayuntamiento no pueden mirar hacia otro lado. Si existen permisos, deben explicarlos públicamente. Y si no existen, deben impedir de inmediato una práctica impropia de un enclave monumental. Proteger el patrimonio no consiste en hacerse fotos ni en pronunciar discursos. Consiste en evitar exactamente esto: que un bien histórico acabe tratado como si fuera el patio privado de unos pocos.
Telde no puede permitirse convertir la Plaza de San Juan en una entrada de honor para bodas mientras se deteriora, piedra a piedra, un legado que pertenece a todos.