Hay plenos en los que se discute política y hay otros en los que, directamente, se reparte realidad a domicilio. El último celebrado en Telde dejó una escena de esas que duelen más por certeras que por estridentes. Alejandro Ramos cogió la intervención de Iván Sánchez, la agitó un poco y la devolvió convertida en un retrato demoledor de su inconsistencia política. Y lo peor para el edil del PP no fue la contundencia de la respuesta, sino la sensación de que Ramos dijo en voz alta lo que muchos llevan tiempo pensando.
La frase ya forma parte de ese pequeño catálogo de golpes plenarios que resumen una carrera política entera en una sola línea: “Usted ha pasado del naranja al azul y al verde sin ponerse rojo”. No fue solo una ocurrencia brillante. Fue una definición. Una radiografía. Porque lo que Ramos vino a señalar, sin anestesia, es que Iván Sánchez parece haberse abonado al cambalache ideológico permanente, saltando de sigla en sigla, de tono en tono y de postura en postura con una facilidad pasmosa, pero sin que jamás se le conozca una convicción firme. Y ahí está el verdadero ridículo. No en la réplica ingeniosa, sino en el hecho de que encaja demasiado bien.
Porque si algo dejó claro Alejandro Ramos es que el problema del PP local no es solo que se haya escorado a la derecha, sino que además lo hace con torpeza, con ansiedad y con una evidente falta de autenticidad. Cuando le soltó que «Vox es la Coca-Cola y ellos la Pepsi», lo dejó políticamente desnudo. Más claro, imposible. El PP de Iván Sánchez ya ni siquiera lidera su propio espacio ideológico, sino que se limita a imitar, mal y tarde, el discurso bronco, simplón y crispador de la ultraderecha. Una copia de la copia. Un sucedáneo. Un producto de marca blanca intentando parecerse al original.
Y eso es exactamente lo que Alejandro Ramos le echó en cara. Por mucho que quiera competir en el mercado del miedo, del rechazo al inmigrante, de la frase gruesa y del vídeo para redes, nunca va a ser el referente de ese terreno, porque ese papel ya lo ocupan otros con bastante más desparpajo y menos complejos. En otras palabras, Iván Sánchez no solo pierde el debate, sino que pierde incluso el papel que intenta representar.
Lo más demoledor de la intervención socialista fue que no se quedó en el chascarrillo ni en la superioridad verbal. Ramos hizo algo peor para su adversario, le atribuyó una estrategia miserable. Vino a decir que a ciertos sectores de la derecha no les interesa debatir de verdad sobre inmigración, derechos o dignidad humana, sino fabricar clips, agitar prejuicios y alimentar el relato del odio. Es decir, usar a los más vulnerables como arma política. Y en ese marco, Iván Sánchez quedó retratado como un actor secundario de una función ajena, intentando sobreactuar en un escenario que ni domina ni controla.
La imagen que salió del pleno fue devastadora para el edil popular, un político que quiso señalar la supuesta ausencia del PSOE y terminó regalándole a Alejandro Ramos el momento más potente de la sesión. Entró buscando marcar perfil y salió marcado. Quiso hacerse el incisivo y acabó ejerciendo de sparring involuntario. Intentó fiscalizar al rival y terminó convertido en ejemplo de lo que ocurre cuando un dirigente habla más pendiente de la foto que de las ideas.
Porque esa es otra de las claves del bofetón político que recibió, Ramos dejó caer que a algunos no les importa el fondo de las mociones, sino el recorte de vídeo, el titular fácil y la gasolina para redes sociales. Y cuesta no ver ahí una descripción bastante ajustada de cierta política actual, mucho postureo, mucha sobreactuación, mucho guiño a la parroquia digital y muy poca solvencia real. Mucho ruido, poca sustancia.
Mientras tanto, Alejandro Ramos, con todos los matices que se le quieran discutir, salió del pleno con algo que Iván Sánchez no logró exhibir, una posición reconocible, una idea clara y una capacidad de confrontar sin esconderse detrás de tecnicismos vacíos. Se podrá estar de acuerdo o no con su visión sobre inmigración, pero al menos defendió una postura política con contenido, mientras el otro parecía más preocupado por parecer duro que por ser serio.
En el fondo, lo que ocurrió en ese pleno fue bastante simple, Alejandro Ramos le sacó los colores a Iván Sánchez sin que este pudiera replicar con la misma altura. Lo dejó como un político en tránsito permanente, sin personalidad propia, a remolque de Vox y atrapado en una caricatura de sí mismo. Y eso, en política, es letal. Porque hay golpes de efecto que se olvidan al día siguiente, pero hay otros que se quedan pegados como una etiqueta difícil de arrancar.
Iván Sánchez quiso jugar a ser algo que no es y Alejandro Ramos se encargó de recordárselo delante de todos. Con ironía, con dureza y con una precisión que dolió precisamente porque parecía verdad.
Florentino López Castro, formado en periodismo por la Universidad Internacional Isabel I de Castilla y es director de ONDA GUANCHE
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