RELATO CORTO (QUINTA PARTE): «NUEVE VIDAS. UN MISTERIO» POR JAVIER MARTÍ

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Aquel extraño hombre

Hacia las siete de la mañana los primeros rayos de sol entraban por las rendijas de las ventanas. Paco fue el primero en despertarse. Calentando agua en uno de los calderos de la cocina, preparó un rico café sobre las brasas incandescentes de uno de los dos hallares.

El rico aroma del café recién hecho nos fue despertando. Apetecía tomar un buen café. Debíamos tomarlo para entrar en calor pues la noche había sido muy fría y para asombro nuestro había nevado y todo estaba cubierto de un denso y blanco manto.

Tal fue la nevada y el frío habido, que el agua que sacamos del pozo y pusimos en los calderos, en la cocina, se habían congelado. Tuvimos que calentar un poco aquellos calderos para poder lavarnos.

Paco y Juan quitaron los travesaños de hierro de la puerta y de las contraventanas y abrieron las ventanas para ver cómo estaba el exterior antes de abrir la puerta y salir.

Todo estaba nevado. La nieve había cuajado y cubría toda la calle y los pretiles de las ventanas con más de medio metro de blanca nieve.

Desde una de las ventanas observaron que había pisadas: eran de dos perros y de un hombre, o de más de uno..

Con cierto temor abrimos la puerta de la calle y vimos que no había nadie, todo estaba tranquilo… nadie alrededor.

Pablo, Pepe y Juan salieron de la casa con la intención de echar un vistazo por el pueblo y comprobar si estaba abandonado o por el contrario, lo habitaba alguien.

En previsión de posibles acontecimientos inesperados, llevaban los bastones de aluminio que utilizábamos en las escaladas y los Walkie-talkie conectados a baja frecuencia.

Yerai y Paco subieron a la planta alta para verificar que todo estaba bien, como lo dejamos la noche anterior y no hallaron nada extraño que pudiera dar a pensar que alguien había entrado por las ventanas superiores o por las chimeneas.

Anselmo e Iñaki estaban en la planta baja, arreglando el salón y dejando preparado lo necesario para la comida, cuando de pronto escucharon por el Walkie-talkie:

– ¡Iñaki…! ¡Iñaki…! ¡Responde! –dijo Pablo, a grito pelado, y como emocionado.

-Dime, dime… -contestó Iñaki. ¿Qué sucede?…

-No os vais a creer lo que estamos viendo… –dijo Pablo. Estamos frente al hombre que anoche merodeaba la casa y le acompañan dos enormes perros.

Oído esto, sin pensarlo dos veces, salimos a su encuentro, algo nos decía que requerían nuestro apoyo y, para sorpresa nuestra, era todo lo contrario.

Aquel extraño hombre de la noche no era otro que Roque, el pastor que habíamos saludado cuando dejamos el pinar camino de la ermita donde vivía Pedro.

-Menuda sorpresa nos hemos llevado al verlo, -dijo Anselmo.

-La sorpresa ha sido mía, -dijo Roque, a la vez que nos estrechaba su ruda y fuerte mano.

– ¿Qué les ha hecho venir a este pueblo abandonado de la mano de Dios? –preguntó Roque visiblemente emocionado.

-Pues verá… -dijo Paco. Pedro, el ermitaño, nos comentó la existencia de este pueblo y como nos venía de paso, pensamos que sería una buena idea visitarlo, y aquí estamos, dispuestos a visitar sus casas, saber un poco de lo que les pasó a la última familia que lo habitó, “Los Guzmán” … y también recorrer los campos y visitar los lugares que tenemos entendido que son muy bonitos y cómo no, las cuevas y simas que hemos visto en el plano que están cerca del pueblo.

-Nos dijo Pedro que hay lugares muy misteriosos… -dijo Juan.

-Me da que es un pueblo muy misterioso, -comentó Anselmo, sin dejar de hacer fotos con su cámara.

-Sí que lo es, -dijo Roque, tanto que en todo el pueblo sólo vivimos dos personas, “La Trini” y yo.

– ¿Quién es “La Trini”? –preguntamos todos a la vez.

– “La Trini” es una anciana mujer que no quiso marcharse cuando la última familia abandonó el pueblo para marchar a América, -dijo Roque, a la vez que con su callado señalaba la casa del final de la calle.

-Pero… ¿La última familia no fueron Los Guzmán? –preguntó Yerai, revisando sus anotaciones, lo que tenía escrito y que el ermitaño les había dicho.

-Bueno sí, veréis… -comentó Roque. La última familia que abandonó el pueblo se marchó a América a hacer fortuna. La de los Guzmán, como bien dices, fue una misteriosa familia que, de la noche a la mañana, desaparecieron sin dejar rastro. Nadie supo de ellos, nadie jamás quiso saber, pues corría el rumor de que tuvieron malas mañas con los dos empleados que el señorito Luis Guzmán había contratado para ayudarle en las labranzas de sus campos. Siempre había peleas entre ellos: y eran dos hermanos muy violentos.

– “La Trini”, -dijo Roque, que así es como le gusta que la llame, vive en aquella casita, la última de la derecha de la calle principal. Vive sola. Es una buena mujer que, a sus setenta y siete años está como un roble de salud: nunca la he visto enferma.

-Y, ¿no tiene familia…? ¿Hijos… o nietos? –preguntó Pablo.

-Sí que tiene: Tiene ocho hijos y algunos nietos, pero ellos marcharon hace tiempo a la ciudad, -dijo Roque. Vienen muy de vez en cuando, en fechas señaladas a ver a su Madre y de paso visitan la tumba de su Padre, y cómo no, cuando se van se llevan unos ricos quesos de cabra que La Trini les tiene preparados.

Ya la conoceréis… os la presentaré. Os gustará conocerla, tiene muchas historias que contar.

-Seguro que se alegrará al vernos, -dijo Pepe. Casi somos sus hijos, por eso del número…

-Este pueblo abandonado esconde secretos y misterios que si los conocierais se os helarían los huesos –comentó Roque, con voz tenebrosa y hablando muy bajito… como quien quiere que nadie le escuche.

-Anoche, cuando llegaba y vi el humo de las dos chimeneas de la casona, di un rodeo al pueblo y entré directamente al corral para dejar el ganado sin que se me escuchara, -dijo Roque, y cogiendo a “Sultán y Tara”, mis dos grandes perros mastines, fui a ver quién estaba en ella. No es normal que la casa estuviera tan cerrada y que las chimeneas estuvieran en marcha. Algo me decía que no era lo correcto y debía ver lo que sucedía en su interior.

-La verdad es que nos asustamos al oír ruidos en la calle, -dijo Pablo, como Pedro nos dijo que estaba abandonado, al oír a los perros nos asustamos y preferimos no abrir para evitar llevarnos un susto.

-Es lógico –dijo Roque. Yo en vuestro lugar hubiera hecho lo mismo y más si el viejo ermitaño os había dicho que este pueblo estaba abandonado.

-Pero… ¿El ermitaño no sabe que viven usted y “La Trini” aquí? –preguntó Paco algo extrañado.

-No: el ermitaño desconoce ese dato –dijo Roque. Él no ha salido de su retiro desde hace años. Antes, hace algún tiempo, cuando el pueblo estaba habitado, venía de vez en cuando y la gente le daba lo que podía: unos le daban pan, harina, huevos; otros aceite, queso, leche… de todo un poco. Luego, pasado un tiempo, dejó de venir y nos enteramos que había conseguido unos animales de granja para su sustento y ya no lo volvimos a ver por el pueblo.

-Nos llevamos un buen susto al ver su cara asomarse a través de las rendijas de una de las ventanas, -comentó Anselmo, a la vez que le enseñaba a Roque las fotos que le hizo en la oscuridad con su cámara de infrarrojos.

– ¡Pardiez! –exclamó Roque, al verse reflejado en la cámara; no salía de su asombro al ver con qué nitidez se reflejaba su cara en la oscuridad.

-Es asombroso lo que ha avanzado la fotografía –comentó Roque, la última foto que me hice fue cuando me casé hace ya más de cuarenta años y era en blanco y negro.

– ¿No se ha vuelto a retratar desde entonces? –preguntó Yerai con cara de extrañeza.

– ¡No! –exclamó Roque. Hace ya años que no me retratan.

– ¿Ni para renovar su documento de identidad? –preguntó Pablo.

-La ciudad más próxima queda muy lejos, -dijo Roque, y no puedo dejar el rebaño sin atender ni un solo día, no tengo a nadie que las pueda atender y la Trini ya no está para esos trotes.

Hay que ordeñar las cabras todos los días dos veces, una por la mañana y otra por la tarde, al regreso del pastoreo. Además, ¿Quién se va a preocupar de mí, si ni siquiera mis primos vienen a verme?… Para mí que creen que he muerto y miren, aquí estoy, más fuerte que un roble.

– ¿Y no ha ido nunca a votar… o a que le vea un médico? –preguntó Pepe.

– ¿Votar?, ¿Médico?, ¿Para qué? –dijo Roque, si no sé ni leer ni escribir y nunca me he puesto enfermo. Todos los días, a eso de las cinco me levanto, me baño en el estanque que hay junto al arroyo, ordeño las cabras, tomo un buen tazón de leche de mis cabras recién ordeñadas, cojo mi cesto de mimbre con el pan que la Trini me ha dejado en la alacena la noche anterior, con un queso, un poco de chorizo y jamón, la bota de vino y acompañado por “Moisés y Lax”, mis perros, saco el rebaño al pasto por los campos hasta que, a eso de las tres de la tarde, regreso de nuevo al pueblo.

– “La Trini”, debe ser una mujer muy especial para Usted, -comentó Paco.

-Sí, lo es. Es muy buena mujer y me cuida… nos cuidamos mutuamente, -dijo Roque. Somos las únicas personas vivas que habitamos el pueblo y nos tenemos el uno al otro… nos cuidamos mutuamente.

– ¿Ha dicho vivas… no me diga que hay más habitantes en el pueblo y no se han visto nunca? –preguntó Paco, con cara de asombro.

-La verdad es que no sé cómo calificarlos, -dijo Roque, con la cara desencajada, a la vez que miraba con cierto recelo a una de las casas del pueblo que estaba muy cerca de la casona.

-En las frías y oscuras noches de invierno, -comenta Roque, se escuchan pasos y voces que provienen de la casa de Los Guzmán: me da que son los espíritus de Los Guzmán que deambulan por el pueblo… y por la casa y, cuando uno se acerca para ver o escuchar ese ruido, estos desaparecen sin dejar rastro.

– ¡Uy, uy, uy! –exclamó Juan, lleno de intriga.

-Lo creáis o no, es así. Se escucha hablar –dijo Roque, con su mirada desencajada y temblando de pavor sólo con recordarlo. Hicisteis bien en bloquear las puertas y ventanas de la casona y encender el fuego de las dos chimeneas porque dicen que el fuego les ahuyenta y si los espíritus cayeran en el fuego se quemarían.

-Ahora me explico yo porqué habían tantos ajos extendidos por las ventanas de la casona. –exclamó Pablo.

-Sí, es conveniente no quitarlos… os resguardarán de los malos espíritus que rondan las frías noches de este pueblo –comentó Roque. Los perros tienen un gran olfato y cuando detectan su presencia próxima a las casas, comienzan a gruñir avisando de que el mal está cerca.

-Jeje… con lo que nos gusta a nosotros estos temas… -comentó Juan. Creo que nos vamos a divertir mucho, esto se pone interesante.

-Yo ya les he avisado, -dijo Roque. Ustedes verán lo que hacen, pero no vengan a por mí para que los acompañe por la noche en su búsqueda. Yo de mi casa no salgo ni para mear.

-No se preocupe, -dijo Anselmo. Descuide que no perturbaremos ni su sueño ni su descanso.

-Y el rebaño, ¿lo tiene bien guardado por las noches?, -preguntó Yerai con algo de curiosidad.

-Sí, el rebaño de cabras duerme en el corral de la casa. Está bien protegido por “Sultán” y “Tara”, mis dos perros guardianes… son de raza mastín español –comentó Roque. Unos buenos perros…

-Y… ¿qué perros lleva para el pastoreo? –preguntó Pablo, con cara de curiosidad.

-Sultán y Tara se quedan al cuidado de la casa, -dijo Roque. Para el pastoreo tengo a “Moisés” y “Lax”, que son hijos de “Tara”.

-Con esos perros seguro que nadie se atreverá a robarle ninguna cabra, -comentó Yerai.

-La verdad es que no… por su tamaño impresionan, aunque son dóciles y mansos, pero eso la gente no lo sabe –comentó Roque, con una sonrisa socarrona en su cara.

– ¿Hoy no sale con las cabras? –preguntó Paco.

-No, hoy no se puede pastorear con la nieve –dijo Roque, con lo que ha caído esta noche los campos están cubiertos, y no pueden escarbar tanta nieve para encontrar una hierba que está helada. Hoy se quedan en el corral protegidas del frío.

-Yo soy veterinario, -comentó Pablo. Si quiere que les eche un vistazo, por mí encantado, así puedo aprender un poco de su cuidado y de paso, revisamos las que tenga para cría, que seguro alguna tendrá.

-Y ¡gratis! –dijo Pepe.

-Pues sea… -dijo Roque, no se hable más. Le espero en el corral dentro de una hora, lo que tardo en ver cómo está “La Trini”, como ha pasado la noche, recoger mi pan, darle la leña para su hogar y ayudarle con el agua del pozo que seguro necesitará llenar algunos baldes para no quedarse sin nada durante la noche.

CONTINUARÁ

Javier Martí, escritor y colaborador de ONDAGUANCHE

Florentino López Castro

Florentino López Castro

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