Entre cantos, risas, chistes y anécdotas macabras de Pablo, pasó tan rápidamente el tiempo que cuando nos dimos cuenta nos encontramos de frente con un cartel que nos indicaba que estábamos a no más de ochocientos metros del pueblo abandonado.
El camino que nos quedaba por recorrer atravesaba un bosque de altos y viejos pinos algo secos, y unos arbustos y matorrales que alternaban con viejas carrasqueras y daban al lugar un aspecto un tanto siniestro y tenebroso.
Adentrados en el bosque observamos unas extrañas plantas con unas flores de vivos colores y fuerte olor que babeaban una viscosa y pegajosa gelatina al tocarlas.
El sucio camino estaba cubierto por hojas y flores marchitas que al pisarlas crujían dejando al aire aquella viscosa gelatina.
El lugar era desolador: la poca luz que penetraba en el bosque se perdía en el corazón del mismo. Era un lugar tenebroso, más bien misterioso, que invitaba a pensar en hechos de antaño donde el bosque se cobraba vidas humanas sin que nadie pudiera saber el por qué.
Avanzando en el interior del bosque, una densa niebla comenzó a cubrirnos e hizo que nos perdiéramos en él.
Anselmo se paró para tomar unas fotos con la cámara de infrarrojos que llevaba mientras que Pepe tomaba muestras de las flores y de sus viscosas y pegajosas gelatinas. Tomaba muestras de las cortezas de los pinos, hojas de plantas… para analizarlo todo al llegar al poblado.
Cruzar aquel bosque era pan comido, o eso pensábamos: sólo faltaban unos quinientos metros y estaríamos frente al pueblo abandonado, pero esos quinientos metros se hacían interminables.
Casi dos horas nos costó cruzarlo, había mucho que ver y todo era interesante y con un toque de misterioso.
Dejamos el bosque encantado, como así lo llamó Paco, que no salía de su asombro al ver todo cuanto había en su interior.
Cayendo la luz del sol en aquel atardecer inolvidable, apresuramos el paso para poder llegar al pueblo abandonado antes de que se hiciera de noche.
Como nos dijo el ermitaño, a la entrada del pueblo estaba la capilla del Arcángel San Miguel. Era una vieja capilla con dos campanas en lo alto y una puerta de doble hoja de robusta madera con unos pernos de hierro forjado para su sujeción a los muros. Un ojo de buey en lo alto de la puerta principal y dos pequeñas ventanas, una a cada lado de la puerta, le daban a la fachada un aspecto tenebroso. Frente a la fachada se alzaba una cruz de piedra rodeada de hierbajos secos.
El piso era de piedra de sillería, a la vieja usanza, con sus esquinas redondeadas de tanta lluvia y pisadas que, en antaño, los lugareños transitaban para entrar a la capilla.
Todas estaban bien colocadas, unas junto a otras menos la cuarta que era, como bien nos dijo el ermitaño, de forma triangular… “bajo la piedra triangular, la que está cerca de la puerta de la capilla del Arcángel San Miguel, encontraréis las llaves de algunas de las casas del pueblo”.
-Tenía razón el ermitaño… -dijo Iñaki. Hay más de veinte llaves y cada una de tamaño diferente, de hierro forjado y llenas de óxido.
Después de colocar todas las llaves, de mayor a menor tamaño sobre un banco de piedra que había junto a la capilla, Paco y Juan se dispusieron a probar suerte y ver qué llaves abrirían las casas más cercanas a la capilla para poder pasar la noche todos juntos.
La más grande y pesada de todas bien pudiera ser la de la puerta de la capilla, como así fue.
La de los dientes puntiagudos era sin dudarlo de aquel señorial caserón, el de las seis ventanas en lo alto del primer piso, la de las dos chimeneas a ambos lados de la entrada.
Cayendo la tarde y en menos que canta un gallo la oscuridad nos envolvería… Decidimos instalarnos en el caserón y esperar a la mañana siguiente para ver qué casa sería la más acogedora para habitarla el tiempo que estuviéramos en el pueblo.
Aquella puntiaguda llave entró con algo de dificultad en la cerradura.
Dos giros a la derecha y un buen empujón fueron suficientes para que cediera aquella gran puerta y apareciera ante nuestras intrigadas miradas aquel inmenso salón con paredes y piso de piedra.
El techo era muy alto, con grandes y robustas vigas de madera que lo sujetaban de lado a lado. A ambos lados de la gran puerta, dos grandes hallares con sus chimeneas indicaban que eran las encargadas de calentar en las frías noches de invierno aquel salón. Estaban dispuestas una frente a la otra, lo que hacía que el gran salón tuviera una majestuosa belleza.
Frente a la puerta principal, en la pared, una puerta de madera daba acceso a una pequeña estancia que conducía a una escalera de piedra que ascendía a la planta superior.
La planta superior era exactamente igual a la planta baja: la misma distribución a excepción de que no había puerta alguna con balcón, sino seis ventanales con sus contraventanas de madera que podían ser bloqueadas por unas barras de hierro.
El techo era bastante alto, y las vigas de redondos troncos de grandes árboles, le daban un toque de misterio.
Dos viejas chimeneas, una frente a la otra, hacían acogedor el habitáculo. Lo extraño de la puerta superior es que ésta se podía franquear desde el interior por tres barras de hierro. Tres grandes lámparas recubiertas con telarañas y con velas ennegrecidas por el paso del tiempo eran lo que había para iluminar el habitáculo.
Nos instalamos en la planta baja que, por ser la primera que vimos, nos inspiraba más confianza para pernoctar.
Las dos chimeneas contaban con viejos leñeros repletos de troncos de pino, castaño y olivo, los suficientes para tener buen fuego más de dos semanas.
En el lado derecho de la puerta que daba acceso a la planta superior había otras dos puertas, pero de menor tamaño. Una de ellas daba a un patio interior semicubierto por un techo de cañizo donde estaban los corrales para caballerizas y otros animales de granja. Un viejo pozo de agua con un pozal de hojalata y su cuerda nos invitaban a tomar las aguas que en él esperaban ser sacadas.
La otra puerta daba a una gran cocina. Ésta tenía un fogón de leña, de las antiguas: de hace cien o quizás más años y en una pequeña despensa colgaban de la pared calderos de varios tamaños, cucharas de madera, y sartenes para poder dar de comer a más de veinte personas de una vez. De un trípode de hierro forjado colgaba una cadena que sujetaba en su extremo opuesto un gancho con un gran caldero de cobre del que salía un caño que terminaba en un grifo. Una mesa y varias sillas de mimbre eran el lugar donde se entendía que se preparaba la comida e incluso se degustaban buenos guisos y carnes asadas en la misma cocina.
Pepe analizó el agua del pozo que resultó ser potable pero que, por precaución, debíamos hervir para evitar tener alguna complicación por el tiempo que ésta estaba estancada y sin ser movida.
Del techo del gran salón colgaban cuatro lámparas con velas que, al igual que en el piso superior, estaban llenas de telarañas, y unas cadenas eran las que permitían que las lámparas llegasen al suelo para poder encender las velas.
En la planta baja estaba la puerta de entrada y cuatro ventanas con su contra ventanas que distaban del suelo casi dos metros. Estas estaban dispuestas dos a cada lado de la puerta. No había más ventanas en todo el gran salón.
Anselmo y Paco se encargaron de poner aquellas dos chimeneas en funcionamiento. Varios troncos de encina y castaño bien dispuestos comenzaron a arder y poco a poco el gran salón fue tomando calor, y el frío aire que entraba por la puerta fue dejando paso al calor del fuego que calentaba las frías paredes que llenas de humedad hacían que de ellas se desprendiera vapor.
Al desconocer lo que podría pasar en la noche en ese gran salón, por precaución, cerramos todas las ventanas y las puertas con aquellas barras de hierro que nos protegerían si alguien o algún animal de los montes cercanos, al olor de la leña o de la carne de nuestra cena, se acercaran y pretendieran entrar.
La única puerta que quedó abierta era la de la cocina. Una cocina de grandes dimensiones que tenía en lo alto de una de las paredes la única ventana que daba al patio interior y estaba protegida por verticales y gruesos barrotes que impedían el paso de cualquier persona o animal incluso de pequeño tamaño.
El frío aire nocturno y los rayos de la luna o del sol durante el día eran los únicos que podían entrar por aquella ventana.
Frente a una de las dos chimeneas, la que daba su pared a la calle del pueblo, improvisamos nuestro dormitorio colocando las alfombrillas protectoras de humedad, algunas mantas y sobre éstas, los sacos de dormir. Sorteamos el lugar que cada uno debería ocupar: eran siete espacios que debíamos usar y, como siempre, nos los jugábamos a las cartas.
El primero que perdió fue Paco que, por derecho de juego le tocó el extremo de la derecha, junto a la pared donde estaban los leñeros.
El segundo en perder fue Yerai que le tocó al otro lado, junto a las ventanas. El siguiente fue Pepe, luego Iñaki, Juan, Pablo y finalmente Anselmo que por ser el último dormiría en medio de todos.
Aunque estábamos en un lugar protegido del frío, de la lluvia y del viento, era un lugar extraño y no deseábamos llevarnos ninguna sorpresa que pusiera en peligro nuestras vidas, por lo que decidimos sortear los turnos de vigilancia, como lo hacíamos en las acampadas al aire libre.
Anselmo nos deleitó con su armónica interpretando aquellas melodías que en los vivacs de los fuegos de campamento tocaba a la luz de la hoguera. Aquellos campamentos a los que solíamos ir de niños y donde nos hicimos amigos inseparables.
El fuego de las chimeneas, la buena música de la armónica y algún que otro traguito de brandy nos iba dejando fuera de combate uno a uno hasta casi quedarnos dormidos todos menos los dos que tenían la primera guardia.
Pronto llegó el primer sobresalto de la noche que dejó mudos a los vigilantes. Con sigilo nos fueron despertando para que escuchásemos aquellos extraños ruidos que, desde el exterior, retumbaban en el salón aumentándolos aún más.
Era como si alguien o algo golpeara suavemente la puerta y al tiempo, las ventanas.
Estábamos todos en silencio, nadie decía nada, sólo escuchábamos. Por señas nos decíamos lo que hacer y cómo movernos para que desde el exterior no pudieran saber cuántos éramos en el interior.
Anselmo tomó la cámara de infrarrojos y sigilosamente se acercó a la puerta y a través de una rendija que había entre dos travesaños de madera disparó su cámara varias veces, todas seguidas.
Nadie se movió de su sitio: todos en silencio y esperando que sucediera lo inevitable, pero por suerte para todos, aquellos ruidos y gemidos desaparecieron sin más.
Era ruidos como de pezuñas que rasgaban la madera de la puerta y olfateo de grandes animales que dejaban ver sus pegajosas babas a través de la puerta y del suelo de ésta.
Con cierta dificultad pudimos escuchar pasos entrecortados y sincronizados con golpes secos que bien pudieran ser de un bastón o palo de madera.
Por la proximidad del bosque al poblado pensamos en algún lobo, o tal vez en algún solitario oso que, desde las montañas hubiera bajado al olfatear la comida.
Los ruidos y los gemidos cesaron al poco rato. Nada se escuchaba en el exterior. Todo volvía a la calma y, por la seguridad de todos, decidimos no salir para no llevarnos ningún inesperado susto, no fuera que estuvieran acechando y esperando nuestra curiosidad y fuera peor el remedio que la enfermedad.
Anselmo nos mostró las fotos sacadas con su cámara y quedamos todos perplejos al ver en el visor lo plasmado.
Era la figura de un hombre acompañado por dos grandes perros de ojos rojizos y colmillos bien afilados.
El hombre no iba del todo vestido: unos pantalones oscuros, una chaqueta de cuero y poco más eran sus atuendos. Su larga barba y pelo largo impedían verle el rosto. Tenía grandes manos llenas de cicatrices y portaba en una de ellas un largo cayado que le servía de apoyo. Se le notaba una cierta inclinación sobre una de las piernas. Un sombrero de mimbre de ala ancha cubría su cabeza.
Ante el temor de que pudieran entrar forzando las ventanas, reforzamos la seguridad de éstas y de la puerta principal, así como de las otras puertas del salón.
Las dos chimeneas tenían en el tiro varios hierros que impedían que nadie pudiera bajar por ellas y acceder al interior. En caso de hacerlo, quedarían atrapados y el fuego los quemaría.
Avivamos los fuegos, colocamos algunos leños más para que el fuego no se apagara durante toda la noche y poco a poco fuimos conciliando el sueño.
CONTINUARÁ
Javier Martí, escritor y colaborador de ONDAGUANCHE
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