«Aquella cueva nos conduciría a lo alto de la cumbre»
Llegados a la entrada de la cueva, frente a nosotros, a media altura de la montaña que distaba algunos cientos de metros, volvíamos la mirada para saludar a Pedro y darle las gracias por su hospitalidad que tan desinteresadamente nos había agasajado.
Dejábamos a tras un lugar lleno de paz, de tranquilidad y, por qué no decirlo, envidiado por más de uno de nosotros que de buen gusto se hubiera quedado unos días más, tal vez semanas e incluso toda la vida, sino fuera por las obligaciones que teníamos en la ciudad.
“Santo y Marta”, los perros de Pedro nos indicaban el camino. Marchaban delante de nosotros, a nuestro paso, como si de dos expertos guías se tratase.
Anselmo inmortalizaba todo cuanto veía a lo largo del camino: los precipicios llenos de verdes pastos que seguro las cabrillas de Pedro recorrerían libremente, siendo vigiladas por aquellos tranquilos perros que no les quitaban el ojo.
Llegados a la entrada de la cueva que Pedro nos indicó, los perros regresaron por el sendero, no sin antes demostrarnos su agradecimiento con varios ladridos y carantoñas que fueron correspondidos con caricias y alguna que otra chuchería.
Hicimos una breve parada para descansar, y al mirar hacia atrás, nos despedíamos de Pedro que fijamente nos miraba y saludaba moviendo un trapo blanco que portaba en un palo.
Los perros se alejaban ladrando y moviendo el rabo en señal de satisfacción: habían cumplido fielmente su trabajo y regresaban junto al ermitaño.
A la voz de mando de Pablo, encendimos nuestras linternas y comenzamos a entrar uno a uno en aquella cueva que nos conduciría a lo alto de la cumbre. Como siempre, y para no perdernos, todos atados a una cuerda.
Dentro de la cueva, a unos escasos metros de la entrada, en la pared de la derecha, una flecha azul nos indicaba el camino a seguir. Unas marcas en forma de escalera nos decía que comenzábamos a ascender por un estrecho pasadizo. Era algo empinado, se podía caminar con facilidad.
Juan nos aconsejó a todos ir bien atados a la cuerda más larga que teníamos, a unos cinco metros de separación uno de otro. Él, el delante de todos: los demás le seguíamos en silencio y muy atentos a sus indicaciones.
A la señal de un fuerte tirón de cuerda que nos hiciera debíamos parar de inmediato: era su aviso que nos indicaba que algo había que requería su atención y era necesario hacer un alto e inspeccionar el terreno, o seguir las indicaciones que Pedro nos había dado.
En el más absoluto silencio caminábamos contemplando el interior de la cueva. Por suerte, en los primeros metros de recorrido, todo era fácil y normal: no había nada que nos llamara la atención ni era necesario parar.
El sendero era como si una mano divina lo hubiera trazado. Suave, sin obstáculos, bien señalizado, bien marcado y curiosamente, entre señal y señal, se podía leer el camino recorrido y lo que quedaba para llegar a la cima y las salas donde podíamos hacer un alto y descansar.
Conforme ascendíamos el frío aumentaba en el interior de la cueva: bien pudiéramos estar a dos o tres grados.
Tras unos veinte minutos de recorrido, Anselmo seguía fotografiando la columna humana que formábamos. Unas veces a los de adelante y otras, a los de atrás.
Juan nos indicaba que a escasos cuarenta metros había un descanso previsto pues sabía que en una explanada próxima podíamos acampar. Las paredes desprendían fosfato de calcio que propiciaba una visión digna de ser plasmada en fotos.
La explanada era grande, pero con un precipicio próximo que imponía. Habíamos ascendido más de cien metros y casi sin notarlo.
Inspeccionamos el lugar y tomamos nota del camino a seguir. Pedro había dejado marcado dos senderos que no debíamos tomar: sendas señales rojas así lo indicaban.
El camino marcado señalaba que debíamos escalar un tramo de cuarenta metros entre rocas con precaución, no era necesario usar piquetas, solo mantener una distancia más larga entre los escaladores.
En la segunda base, podíamos ver el final del camino: una potente luz que entraba del exterior así lo indicaba: sólo quedaban unos metros para llegar a la cima de la montaña.
Conforme salíamos de la cueva contemplamos un paisaje digno de los Dioses: Son varias las montañas que teníamos frente a nosotros con sus densos pinares, sus desfiladeros llenos de cortadas rocas, senderos y algún que otro riachuelo que nos indicaba una pronta y abundante agua para refrescarnos y recargar nuestras cantimploras.
Lo más emocionante para todos era ver, a los pies de la montaña la ermita de Pedro…
– ¿Veis que vistas más bonitas tenemos? -comentó Pepe que miraba con los prismáticos a todas partes.
-Es una vista impresionante -dijo Paco. Una vista digna de admirar…
-Ya he hecho diez fotos, -dijo Anselmo. Estas vistas nos servirán para una buena exposición de fotos.
-Comamos algo antes de emprender el descenso, -aconsejó Pablo. Hay que reponer fuerzas.
-Veo un sendero, no hay mucha dificultad y no es necesario ir atados, -comentó Pepe.
El descenso fue tranquilo, sin prisas, caminando y cantando viejas canciones de campamento, aquellas que nos enseñaron cuando estábamos en los Scouts: unas viejas canciones que nos recordaban nuestras primeras salidas como montañeros.
Dando un rodeo a la montaña dejamos de ver la ermita de Pedro, no sin antes despedirnos, por última vez, haciéndole señales con las toallas, pitos y la bocina de Paco, esa que siempre lleva a los partidos de futbol y que retumba en todo el valle.
Según bajamos la montaña nos encontramos con una antigua vía de tren, que, por su aspecto, pocos trenes tenían que circular ya por ella.
Consultamos el plano que Juan llevaba y nos confirmó que era una vía que sólo se utilizaba para trenes de mercancías de las canteras que hay en las provincias cercanas. Un tren muy especial, pues sólo pasaba dos veces al mes, una de ida y otra de vuelta y, por las fechas en las que estábamos, hoy era el día que debía pasar en dirección al Puerto de la ciudad.
– ¿Por qué no hacemos tiempo y esperamos para verlo pasar? –preguntó Anselmo, y así puedo hacerle unas fotos y adjuntarlas a nuestro álbum de recuerdos…
-Vale, perfecto, -dijo Pepe, y podemos aprovechar el tiempo mientras llega examinando el terreno y recogiendo cristales de mineral que esta zona está llena de ellos.
Juan se tumbó en la vía del tren colocando la cabeza sobre uno de los raíles. Escuchaba como el tren se acercaba: iba lento, seguramente por el gran número de vagones que arrastraba.
Con el ronroneo del tren que se iba aproximando lentamente Juan quedó dormido sobre las vías…
Una sonora pitada hizo que Juan se levantara bruscamente y saliera corriendo hacia donde estábamos todos que, al verlo venir como quien huye de un enjambre de mil abejas, no parábamos de reírnos.
El maquinista del tren, un hombre de pelo blanco y afilados bigotes, nos saludó al paso del convoy, y haciendo uso de los potentes frenos, lo detuvo a escasos metros de nosotros.
Quedamos sin habla… No sabíamos qué pasaba… nos miramos atónitos sin saber qué decir…
David, el maquinista y su ayudante Aday bajaron de la locomotora y comenzaron a revisar cada uno de los vagones hasta llegar al final…
Juan, asombrado al ver aquel gran tren de vagones cargados de carbón, se acercó a David y le preguntó:
– ¿Podríamos saber por qué se ha detenido en este lugar?
-Si: estamos esperando que llegue otra locomotora, -dijo David.
– ¿Otra locomotora?, -preguntó Juan.
-Sí, dentro de veinte minutos tiene que aparecer una locomotora, -comentó Aday. Llevamos doce vagones de más y al final de la recta vienen unas pendientes que, con esta vieja locomotora, difícilmente podamos ascender con seguridad.
No es la primera vez que hemos necesitado ayuda, sobre todo en tiempo de lluvias donde la locomotora patina y por poco no hemos reventado ya más de un motor.
– ¡Vaya!, no pensé que fuera ese el problema, -dijo Juan mirando la vieja y ennegrecida locomotora.
Aday comenzó a caminar por las vías hacia el encuentro de la locomotora que se escuchaba a lo lejos.
Debía alertar del lugar donde estaban para evitar una frenada brusca y un posible choque, ya que unos densos pinos ocultaban la posición exacta del convoy y no disponían de teléfonos para avisarse.
El potente ruido de la locomotora era cada vez más fuerte, señal de que su llegada estaba próxima. Era una locomotora diesel de gran tonelaje, suficiente para arrastrar todos los vagones del tren de David y Aday. Su rodadura se hizo lenta al ver ya el tren parado en la vía, y aproximándose lentamente se acopló a la vieja máquina de David.
A la señal de tres toques de bocina de la locomotora diesel, David soltó los frenos de su convoy y comenzaron a rodar por las vías aquellos vagones cargados de carbón que lentamente emprendían el camino a su destino.
Poco a poco el tren fue marchando hasta perderse en aquella empinada curva que se ocultaba tras la colina de las grandes rocas que, desde donde estábamos, podíamos ver junto a todo el paisaje
Anselmo seguía sacando fotos del convoy. Fotografiaba los últimos vagones por secuencias, los veía perderse, uno a uno, tras la colina.
Nuestro plan de viaje esperaba si queríamos llegar al pueblo abandonado que el ermitaño nos había relatado.
Distaba unos quince kilómetros desde donde estábamos y calculando que en una hora podríamos hacer tranquilamente tres kilómetros, si nos poníamos en marcha de inmediato, en cinco horas mal contadas podríamos llegar.
Juan y Anselmo estudiaron sobre el plano el recorrido a seguir y trazando un trayecto lo más cómodo y liviano para todos, y teniendo en cuenta que el carro del material de montaña teníamos que llevarlo entre todos, comenzamos a caminar no sin antes hacernos una última foto del lugar, ese lugar que no volveríamos a visitar.
– ¿Un pueblo abandonado? –preguntó Yerai.
-Sí, eso parece que es, por lo que contó el ermitaño, -dijo Juan, y dijo que la última familia que lo habitó desapareció en extrañas circunstancias.
– ¡Uy uy! ¡Eso es emocionante…! –exclamó Paco. Seguro que podremos investigar un poco lo que pasó.
CONTINUARÁ
Javier Martí, escritor y colaborador de ONDAGUANCHE
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