Reconozco que llevo tiempo con una profunda preocupación -la violencia vicaria- y el asesinato del menor de 10 años en Arona (Tenerife), me ha roto todos los esquemas.
Ahora vienen las muestras de solidaridad, los minutos de silencio y los días de luto, pero nada le devolverá la vida a esa criatura que ha pasado a engrosas la lista de los menores fallecidos por la violencia vicaria.
A veces no nos damos cuenta de que se está produciendo la crónica de una muerte anunciada, pero es así, porque la violencia vicaria no siempre se manifiesta de forma explosiva o letal; a menudo es una tortura silenciosa, progresiva y de «baja intensidad» que busca destruir el vínculo materno.
El abandono, la negligencia y el desentendimiento no son solo falta de responsabilidad; cuando se usan como herramienta de manipulación, son una forma de maltrato psicológico tanto para la madre como para los hijos.
Cuando un progenitor decide desentenderse de sus hijos con el fin de dañar a la pareja o expareja, estamos ante una táctica de control ya que el agresor busca asfixiar a la madre con la totalidad de los cuidados, limitando su capacidad de desarrollo personal, profesional y económico.
El «aparecer y desaparecer» genera un trauma de apego en los niños. Utiliza su ausencia como un castigo, haciendo que los hijos se sientan culpables o no deseados, lo cual golpea directamente a la madre al ver el sufrimiento de sus hijos.
Los niños no son «daños colaterales», son las víctimas directas que el agresor instrumentaliza. El desentendimiento les envía un mensaje devastador sobre su propio valor, afectando su autoestima y su capacidad de formar vínculos sanos en el futuro.
Es vital que el sistema judicial comprenda que desentenderse de los hijos debe ser reconocido como una forma de violencia que causa daño psicológico al menor y a la madre que debe gestionar el dolor de sus hijos mientras sobrelleva la carga total de la crianza.
Es un tema complejo y doloroso que requiere mucha visibilidad para que las instituciones dejen de normalizar el abandono como un simple «conflicto familiar» y entienda la raíces profundas que tiene que vemos cada día como afloran cuando asesinan a un menor.
Hay en todo esto una premisa perversa, el agresor sabe que no puede destruir a la mujer físicamente (ya no tiene acceso a ella), así que decide destruirla en vida a través de lo que ella más ama: sus hijos.
A diferencia de otros tipos de violencia, la vicaria busca la permanencia. El agresor no quiere que el dolor pase; quiere que la madre despierte cada día viendo el vacío o el sufrimiento en los ojos de sus hijos. Es una tortura que no requiere contacto físico para ser letal.
Este drama no es un conflicto familiar; es un asesinato simbólico que a veces se vuelve literal y no vale que el sistema judicial, use términos neutrales como «falta de entendimiento» o «mala relación entre progenitores», le pone una venda en los ojos a la sociedad y le da un escudo al agresor. No se puede mediar con quien usa a sus hijos como proyectiles. Por favor…salvemos a los niños.
Maribel Castro; directora de canariasinformativa.com
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