Durante su intervención en el programa El Pulso, de Onda Guanche, Javier Santana Armas, director de la murga Los Serenques de Agüímes, ofreció una reflexión clara y directa sobre el estado actual del carnaval y el papel que desempeñan las murgas como herramienta de crítica social, humor y expresión popular.
Santana defendió la murga como una tradición viva, construida durante décadas a base de constancia, sacrificio y relevo generacional. Con 45 años de historia, Los Serenques representan —según explicó— una forma de entender el carnaval que va más allá del concurso y los premios: un espacio donde se canta lo que la calle piensa y donde la ironía sirve para señalar realidades incómodas.
Uno de los ejes centrales de su discurso fue la duración y el modelo de los concursos de murgas. Santana cuestionó los formatos excesivamente largos, señalando que cinco horas de espectáculo no benefician ni al público, ni a los componentes, ni al jurado. A su juicio, reducir tiempos y homogeneizar el número de canciones permitiría un concurso más ágil, competitivo y sostenible, evitando el desgaste de los grupos y facilitando la participación.
El director de Los Serenques también abordó la autocensura creciente que, en su opinión, afecta a las murgas. Alertó de la doble vara de medir existente entre lo que se permite en otros ámbitos culturales —como chirigotas, espectáculos televisivos o letras musicales— y lo que se critica cuando lo hace una murga. Santana defendió que el carnaval es, por definición, transgresión, parodia y exageración, y que mientras no exista falta de respeto ni señalamiento personal, la crítica debe tener cabida.
Otro punto destacado fue el trato institucional a las murgas de fuera de la capital. Santana expuso que formaciones que participan de manera continuada en el carnaval de Las Palmas de Gran Canaria no reciben compensación económica, a diferencia de las murgas del municipio, lo que abre el debate sobre si el modelo actual cuida realmente a todos los colectivos que sostienen el carnaval o si termina desgastándolos año tras año.
En cuanto al contenido de las letras, Santana defendió que la murga debe incomodar, denunciar y hacer pensar, pero siempre desde el humor y la ironía. Señaló que una crítica cantada y celebrada por el público puede resultar incluso más efectiva que un reproche directo, y recordó que quienes ostentan cargos públicos deben asumir la sátira como parte del juego democrático.
Finalmente, Javier Santana subrayó que el carnaval no puede perder su esencia: libertad, crítica y risa compartida. Reivindicó la murga como un acto de ciudadanía, un altavoz popular que, entre pitos y redobles, sigue diciendo verdades que muchos prefieren no escuchar.
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