martes, 21 septiembre, 2021

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“El desfile de las calaveras o la cabalgata del carnaval”

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Emulando a los sociólogos que utilizan en algunos de sus estudios el análisis de las basuras  -´dustbin-check´-,  después de acabar la cabalgata del carnaval de Telde,  y su posterior celebración nocturna,  se me ocurrió dar un paseo por  las calles  donde transcurrió el evento.

La cantidad de envases  de bebidas alcohólicas, orines y vómitos que tapizaban las calles hablaban de la conducta degradante y nociva  de  algunos participantes -muchos adolescentes- que, con la aquiescencia  explícita o implícita de padres y autoridades, además de poner  en peligro  su salud -que no es poco- , también corren el riesgo  de convertirse en seres sumisos y manipulable.  Perdiendo de este modo  el espíritu contestatario propio del ser humano, y por extensión de toda la sociedad.

Quizás sea eso, neutralizar el carácter reivindicativo de las masas, lo que- haciendo suya la frase ´Panem et circenses´, de Juvenal- persiguen los organizadores   de eventos tan alienantes como estos.  Organizadores  ´aerofágicos comerciantes de voluntades anónimas´ y pretendientes de una sociedad sumisa y fácilmente manipulable.

Sociedad descrita en  el relato simbólico  que, bajo el epígrafe ´El desfile de las calaveras´, escribí hace algunos años, pero que,  se me antoja, sigue siendo válido para describir una humanidad  dominada por una minoría poderosa y sin escrúpulos:

Hoy, por el bulevar de los enajenados, las calaveras vacías desfilan sumisas, vanas y ufanas ante la importancia de lo superfluo.

Ellas, huecas y corroídas, sonríen a mandíbula descarnada, portando erecto el gallardete invisible de la ignorancia.

Hay calaveras de perros, de gatos, de pájaros, de hombres…

Todas, con  aire marcial, llevan el paso impuesto por una música anodina, interpretada por los huesos  gregarios  de los usurpadores de la identidad de los pueblos.

La turba, contagiada de la vacía realidad, vitorea el paso de los cráneos, lanzando escupitajos infectados de anomía que impactan sobre los descarnados, cubriéndolos con una aureola de putrefacta esclavitud.

Aerofágicos comerciantes de voluntades anónimas presencian el alienante acto desde una tribuna hecha con jirones  de mentira. Y a sus pies, los gritos sacrílegos y desgarradores de la rebeldía humana  se pierden entre las fauces  malolientes de unos perros descerebrados que devoran los despojos, ya descompuestos,  de un cadáver llamado humanidad.

Desaparecen , por el lado oscuro del bulevar, las calaveras sumisas, vanas y ufanas. Y la trulla, inflada de vanidad, se eleva por encima de la realidad humana  para perderse en el cielo gris de las quimeras.  En el silencioso y negro pavimento  sólo queda el cerebro olvidado de un hombre.

José Juan Sosa Rodríguez

Florentino López Castro

Florentino López Castro

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