HA FALLECIDO EN TELDE LA JOVEN MARILUZ CABALLERO

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La capilla ardiente de Mariluz esta instalada en el Tanatorio Municipal y su sepelio será este lunes. Mariluz Caballero Suárez, esposa de Carmelo Rodríguez Suárez. Mariluz conocida y apreciada vecina de Telde, falleció este sábado en Las Palmas de Gran Canaria a la edad de 45 años después de recibir los Santos Sacramentos y la Bendición Apostólica.

Su esposo Carmelo Rodríguez Suárez; su hijo Carmelo Rodríguez Caballero; sus padres Francisco Caballero Caballero y Mari Suárez Martín; hermanos Raúl y Alexander Caballero Suárez, padres políticos Sebastián Rodríguez García y Adelina Suárez Suárez; hermanos políticos Chano, Beni, Yolanda, Eudivigis y Macarena Rodríguez Suárez; tíos, tíos políticos, sobrinos, primos y demás familia:

Ruega a sus amistades y personas piadosas una oración por su eterno descanso de su alma y se sirvan asistir a la conducción de su cadáver que tendrá lugar este lunes, 28 de septiembre, a las 11.30 horas, desde la sala 1 del Tanatorio Municipal de Telde (Parque Empresarial de Melenara-Las Rubiesas), donde se encuentra instalada la capilla ardiente, hasta el cementerio católico de San Gregorio para el acto de inhumación, así como al funeral que se oficiará el lunes 5 de octubre a las 19.00 horas en la Parroquia de Nuestra Señora de Fátima de El Calero.

Descansa en Paz, Mariluz.

Manuel Ramón Santana

FALLECE EL PADRE DEL PERIODISTA LUIS SOCORRO HERNÁNDEZ

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Ha fallecido Juan, el padre del periodista teldense, Luis Socorro Hernández. El querido compañero ha escrito un pequeño reconocimiento en sus redes sociales.

«En el cielo, en el espacio sidéreo o en la nada, pero desde hoy, Juan y Pinito están juntos de nuevo. Esta madrugada, mi padre ha fallecido. La tristeza y la alegría se confunden esta mañana; la tristeza porque no volveré a hablar con la persona que ha sido mi referente pleno y la alegría porque su deseo era dejarnos.

Para no comprometer la seguridad de los vivos, lo vamos a despedir en la intimidad.

Esta imagen refleja de dónde vengo y lo que soy. Gracias, Papá y Mamá».

Luis Socorro Hernández

ONDA GUANCHE traslada el pésame a la familia y amigos por esta irreparable pérdida.

D.E.P

«Mascarillas: Ante todo… respeto»

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Me autoparafraseo con el título de mi propio cortometraje, primero con el que obtuve premio en Festivales de Cine. Me parece que, para vivir en sociedad y ser feliz, lo primero que hay que hacer es respetarse uno mismo para poder ejercer el verdadero respeto hacia los demás.

Lo que caracteriza a las sociedades avanzadas es la capacidad de organizarnos con respecto a unas normas comunes. Para eso elegimos a nuestros representantes cada cuatro años. Ellos tienen la misión de impulsar las leyes que tenemos que cumplir todos, sin excepción. Bueno, esta afirmación final daría para hacer otro artículo. Me lo apunto. Pero la teoría es esa. Todos cumplimos las normas dictadas, aunque alguna no nos guste, porque lo que conseguimos, con ello, es respetar al resto de la sociedad y sentirnos seguros en ella.

 De ese respeto nos beneficiamos todos. Imagínense un país en el que la gente pudiera saltarse las normas que no le gustan. Ejemplos tontos: “hoy no voy a trabajar, porque no tengo ganas”, “no pago el taxi, porque si no, no me da para el cafecito”, “puedo cantar Raphael a las 2 de la madrugada, porque los tequilas me sentaron genial”. Y así, todas las que quieran. Pero, no. La mayoría cumplimos las reglas, porque necesitamos respetar para que nos respeten.

Con las mascarillas pasa lo mismo. Yo no comparto a los negacionistas y a los anti-mascarillas, pero respeto sus ideas mientras me respeten a mí. ¡Que dicen que no está demostrada su eficacia! Pues oye, a lo mejor, hasta tienen razón. No lo sé, ni me lo cuestiono. Usar (o no) la mascarilla no es un debate de razones, es un asunto de respeto. Se ha decretado una ley que dice que tenemos que usarla. Ahí acaba la discusión. Aunque no nos guste, y juro que odio con todo mi ser tenerla que llevar en el trabajo todo el día, hay que acatar la norma, por respeto a los demás. Ni siquiera cuestiono su eficacia. Si han puesto la ley es porque, los que están para ello, han determinado que es lo mejor para todo el conjunto de la sociedad. ¿Yo soy experto en pandemias? No. Pues entonces, tendré que hacer caso de los que sí saben.

Tengo un amigo al que apreciaba mucho (sí, en pasado). Es antisistema, pero siempre se lo respeté. Hasta le escuchaba sus alegatos conspiranóicos (por respeto). Me gustaba que él, no aceptando el sistema, se haya ido, con su familia, a vivir al monte. Vive de lo que cultiva y todo ecológico cien por cien. Me encanta. No aceptas a la sociedad, te apartas de ella y vives tu propia felicidad. Eso es ser consecuente. A los que no acepto son a los que se obsesionan con la manipulación del mundo, pero siguen disfrutando de sus ventajas. ¿No es un contrasentido compartir la lucha contra la explotación de pueblos esclavizados para conseguir coltán, haciéndolo por las redes sociales desde tu propio móvil que es causante de que se necesite ese mineral? Eso es cinismo en estado puro. Pero lo que no le perdono a mi amigo es que no respete que yo crea en que tengo que ponerme la mascarilla y que no quiero beber lejía (o MMS como él lo llama). Si yo respeto su forma de vida, que no me diga que soy un manipulado más y que, siendo tan inteligente, tengo la obligación de investigar “la verdad”. ¿Cuál verdad? ¿La de quién? Perdón, pero yo, la verdad del covid la veo diariamente en el hospital. No necesito que me la cuenten. Y, a día de hoy, todavía me fio de mis ojos.

Así es que, creas o no que sea necesaria, tienes que ponerte la mascarilla. Si no lo haces por ti, hazlo por el resto de la sociedad a la que le debes una cosa muy importante: respeto.

Luis Alberto Serrano@luisalserrano

«MASCARILLAS: ANTE TODO… RESPETO»

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Me autoparafraseo con el título de mi propio cortometraje, primero con el que obtuve premio en Festivales de Cine. Me parece que, para vivir en sociedad y ser feliz, lo primero que hay que hacer es respetarse uno mismo para poder ejercer el verdadero respeto hacia los demás.

Lo que caracteriza a las sociedades avanzadas es la capacidad de organizarnos con respecto a unas normas comunes. Para eso elegimos a nuestros representantes cada cuatro años. Ellos tienen la misión de impulsar las leyes que tenemos que cumplir todos, sin excepción. Bueno, esta afirmación final daría para hacer otro artículo. Me lo apunto. Pero la teoría es esa. Todos cumplimos las normas dictadas, aunque alguna no nos guste, porque lo que conseguimos, con ello, es respetar al resto de la sociedad y sentirnos seguros en ella.

 De ese respeto nos beneficiamos todos. Imagínense un país en el que la gente pudiera saltarse las normas que no le gustan. Ejemplos tontos: “hoy no voy a trabajar, porque no tengo ganas”, “no pago el taxi, porque si no, no me da para el cafecito”, “puedo cantar Raphael a las 2 de la madrugada, porque los tequilas me sentaron genial”. Y así, todas las que quieran. Pero, no. La mayoría cumplimos las reglas, porque necesitamos respetar para que nos respeten.

Con las mascarillas pasa lo mismo. Yo no comparto a los negacionistas y a los anti-mascarillas, pero respeto sus ideas mientras me respeten a mí. ¡Que dicen que no está demostrada su eficacia! Pues oye, a lo mejor, hasta tienen razón. No lo sé, ni me lo cuestiono. Usar (o no) la mascarilla no es un debate de razones, es un asunto de respeto. Se ha decretado una ley que dice que tenemos que usarla. Ahí acaba la discusión. Aunque no nos guste, y juro que odio con todo mi ser tenerla que llevar en el trabajo todo el día, hay que acatar la norma, por respeto a los demás. Ni siquiera cuestiono su eficacia. Si han puesto la ley es porque, los que están para ello, han determinado que es lo mejor para todo el conjunto de la sociedad. ¿Yo soy experto en pandemias? No. Pues entonces, tendré que hacer caso de los que sí saben.

Tengo un amigo al que apreciaba mucho (sí, en pasado). Es antisistema, pero siempre se lo respeté. Hasta le escuchaba sus alegatos conspiranóicos (por respeto). Me gustaba que él, no aceptando el sistema, se haya ido, con su familia, a vivir al monte. Vive de lo que cultiva y todo ecológico cien por cien. Me encanta. No aceptas a la sociedad, te apartas de ella y vives tu propia felicidad. Eso es ser consecuente. A los que no acepto son a los que se obsesionan con la manipulación del mundo, pero siguen disfrutando de sus ventajas. ¿No es un contrasentido compartir la lucha contra la explotación de pueblos esclavizados para conseguir coltán, haciéndolo por las redes sociales desde tu propio móvil que es causante de que se necesite ese mineral? Eso es cinismo en estado puro. Pero lo que no le perdono a mi amigo es que no respete que yo crea en que tengo que ponerme la mascarilla y que no quiero beber lejía (o MMS como él lo llama). Si yo respeto su forma de vida, que no me diga que soy un manipulado más y que, siendo tan inteligente, tengo la obligación de investigar “la verdad”. ¿Cuál verdad? ¿La de quién? Perdón, pero yo, la verdad del covid la veo diariamente en el hospital. No necesito que me la cuenten. Y, a día de hoy, todavía me fio de mis ojos.

Así es que, creas o no que sea necesaria, tienes que ponerte la mascarilla. Si no lo haces por ti, hazlo por el resto de la sociedad a la que le debes una cosa muy importante: respeto.

Luis Alberto Serrano@luisalserrano